«Entre mis sueños siempre hay una casa que mira al mar y me regala historias. Es un lugar que no existe, pero donde yo me escondo. A veces pienso en arreglarlo, dejar la puerta abierta y plantar flores de colores en las grietas del cemento».

Es lo que llamo «pensamiento recurrente»; toda mi vida he tenido uno donde escapar. En ocasiones, alguna imagen fija. Una pared blanca fue mi primer escondite; pensaba que, si fijaba la vista en ella hasta que me venciera el sueño, nada malo podría ocurrirme. Técnicas de relajación inventadas por una niña de seis años; así dormía sin pesadillas, mirando ese muro. Para no sentir dolor, me hundía en la ceguera.
Huía sin moverme. La vaguería, la pereza —mi mancha original— impedían que corriera, que saliera a jugar o, simplemente, me alejaba para no ver. Me ausentaba del mundo casi hasta el desvanecimiento; practiqué tanto que lo hacía de día y de noche, sola o acompañada.
Terminaron por llevarme al médico y me vigilaron por si se trataba de epilepsia. A menudo mi cabeza iba tan lejos que le costaba volver. Escuchaba mi nombre a lo lejos, una y otra vez, pero no podía regresar; la niebla tiraba de mí, y lo hacía con tanta fuerza que, en alguna ocasión, tras preguntar «¿qué?», me ponía a vomitar.
Tuve que dejar esos viajes solo para la noche y, por el día, intentar prestar atención. Así, poco a poco, dejé de tener media docena de ojos clavados en mí, pendientes de dónde estaban los míos.
La pared blanca se fue adornando. Alguna vez pienso que todas las historias posteriores, las escritas o las soñadas, nacieron de ahí. Hoy, por primera vez, siento que también podría ser un lienzo o una hoja de papel que había que rellenar, y no solamente un espacio vacío.
Así fue como levanté una casa del mismo color que el plano original, ese lugar que no existe más allá de mi cabeza: un balneario, mi centro de bienestar, mi refugio. Y, como de pequeña hacía con la cocinita de madera, la fui amueblando y habitando de personajes que me hacen compañía cuando la de fuera no me basta.
Está clavada en la hierba y el mar lo tengo tan cerca que, a veces, me salpica la almohada.
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Realmente hermoso y conmovedor.
Da gusto leerte.
Muchas gracias, Catalina. eres muy generosa conmigo.
La inspiración ha salido de la fotografía que forma parte de mi último libro: «La casa del acantilado donde creció un magnolio»