LA CALIDAD DEMOCRÁTICA (V)- LAS MAYORÍAS

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Vivir en democracia es vivir dependiente de, sujeto por, sometido a, las mayorías. Ningún otro concepto tiene la trascendencia que el de mayoría supone para analizar la calidad democrática de cualquier país. Por tanto, y como consecuencia, la calidad democrática  dependerá de la calidad del uso y conformación de las mayorías.

Y yo, personalmente en este caso, considero que la calidad de las mayorías que habitualmente se invocan en el discurrir electoral y parlamentario español son mayorías mentirosas, mayorías que nada tienen que ver con la voluntad del demos y su servicio, si no con la obtención del poder y comprometiendo valores que el demos reclama, mientras observa como sus representantes los ignoran. Mayorías conformadas a golpe de concesiones y que contradicen todo lo ofrecido en el momento de solicitar el voto.

Partamos de que la mayoría más representativa del panorama español es la mayoría silenciosa, la mayoría formada por abúlicos, descontentos y personas que no se sienten representadas por las propuestas que los partidos, auténticos protagonistas del sistema, presentan, o no se fían de su voluntad de atenerse a esas propuestas en el ejercicio de sus funciones gubernativas. Esta mayoría, que yo definiría como la mayoría, compuesta por abstencionistas, votantes en blanco y votantes nulos, incluso descontando una parte técnica que abarca a los errores de censo y errores de votación, es sistemáticamente ignorada, ninguneada, silenciada por el sistema, que, de esta manera, impide una vía que permita oponerse a la forma en la que está concebido, legislado y puesto en práctica.

Nadie puede estar conforme con la calidad democrática de un sistema que ignora de forma pertinaz a la mayoría de sus miembros, que impide manifestar el rechazo a la forma de desenvolverse, de enfocar los problemas, de resolverlos de aquellos que se apropian de una mayoría minoritaria ignorando a la mayoría mayoritaria.

He oído decir, muchas veces, hablando de este tema, ”que voten y así podrán exigir”. ¿Que voten a quién si nadie se ajusta a lo que ellos quieren? ¿Que exijan a quién si el que consigue salir elegido no respeta sus compromisos? ¿Por qué camino podrían exigir nada si las vías de comunicación entre elector y elegidos está cegadas durante cuatro años?

Cualquier análisis mínimamente riguroso que podamos hacer sobre las mayorías que gobiernan, que pretenden reclamar en nombre del demos, que se forman y rompen para lograr imponer iniciativas ajenas al demos, acaban dándose de bruces con la realidad de que su verdadero número, contrastado con el número total de electores, las convierte en mayorías mentirosas, en mayorías de conveniencia que ignoran, cuando no van decididamente en contra, de la mayoría real, simple, de la mitad más uno de ese demos que dicen defender y representar.

Para muestra basta un botón, y, aunque podría disponer de una botonera, vamos a coger solo algunos, los más significativos, de mayoría reclamadas recientemente.

  • Elecciones catalanas. Los votos totales válidos fueron algo más del 51%, de estos poco más del 51% fueron votos independentistas puros. La mayoría mentirosa es aquella que invoca que el independentismo tuvo más de la mitad de los votos, cuando solo obtuvo poco más de una cuarta parte de los votos totales del demos. Otra mayoría mentirosa sería la que reclamase lo contrario, porque tampoco representaría otra cosa que a algo menos de la cuarta parte de los electores.
  • Parlamento español. Aquí la mayoría mentirosa, la que actualmente sostiene el gobierno del país, es aún más mentirosa porque se conforma desde unas leyes electorales que desvirtúan la representatividad del demos, aparte de estar cosida con incumplimientos, con apoyos que, claramente, son contrarios a los intereses del demos, y se arrogan una representatividad que no pueden sostener ni ética, ni electoralmente,
  • El gobierno de la Comunidad de Madrid, después de las últimas elecciones, y a la espera de las próximas, representa el 41% del 69% de los electores, esto es, su mayoría supone un 28% real de los habitantes de la comunidad. Tal vez, en este caso, su mayoría no pueda tildarse de mentirosa, pero sí de impropia o de minoritaria.

¿Puede una fuerza política, o una coalición de fuerzas políticas, considerarse legitimada para representar con solvencia, para ignorar con soberbia, para legislar con desmemoria, a un demos del que solo representa a una parte menor? ¿Al 25% de los habitantes de Cataluña? ¿Al apenas 23% de los electores españoles? ¿Al 28% de los ciudadanos de Madrid?

Sólo se puede responder que sí desde una baja calidad democrática. Solo se puede decir que sí, y no poner soluciones a los evidentes problemas de representatividad, desde una avaricia de poder consustancial a los partidos políticos. Solo se puede afirmar tal inconsistencia desde un forofismo que ve favorecidas sus aspiraciones e ignora, cuando no ataca o ningunea, el derecho de los demás, de los que son más, a ser representados.

Siendo rigurosos, en España la calidad democrática está comprometida por unas minorías ambiciosas incapaces de tener una validez representativa, un apoyo mayoritario, del demos. Y, porque lo saben, las leyes electorales no cambian, ni tal cambio figura en las expectativas más cercanas.

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