LA CALIDAD DEMOCRÁTICA (II) – LOS REPRESENTANTES

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Otra pata mejorable de la democracia en España es la de los candidatos. El sistema de listas cerradas provoca tantos sinsentidos que a veces uno no tiene más remedio que ponerle apellidos a este sistema, y una democracia con apellidos ya no es exactamente una democracia.

Son varios los problemas que aquejan a esta forma de pretender la representatividad de los votantes, y ninguno de ellos es un problema menor.

El primer problema es la separación de poderes, concretamente de los poderes ejecutivo y legislativo. Tal como se ha configurado el sistema, ambos poderes están en las mismas manos, lo que impide un control efectivo del gobierno por parte de las cámaras. Habitualmente el presidente del gobierno coincide lamentablemente con el presidente del partido mayoritario en la cámara baja, o, al menos, con el presidente del partido que ha logrado el apoyo mayoritario de las cámaras, con lo que el control del partido sobre el gobierno, control que se pretendía ejercer, ha dejado de existir. De hecho el partido mayoritario preside el gobierno, preside la cámara y comparte portavoz con el gobierno o con la cámara, lo que supone, de facto, una identidad entre el poder legislativo y el ejecutivo.

El segundo problema, y mayor, es la falta de representatividad de los candidatos. Los electores tienen que optar entre listas en las que la mayor parte de los candidatos son unos perfectos desconocidos, perfectos desconocidos que muchas veces ni siquiera pertenecen a la circunscripción por la que se presentan y jamás la representarán. Claro que los que sí lo son tampoco, ya que en la mayoría de los casos serán igual de desconocidos cuando al acabar la legislatura, y, aparte de cobrar sus sueldo, sus dietas varias, y desgastar lo imprescindible el asiento, vuelvan a sus casas con el dedo, el de pulsar el botón del voto, más desarrollado y la vista, la de percibir que les ordena votar el jefe del grupo, más agudizada.

Y esa es otra ¿Por qué pagar tantos sueldos, si al final solo vota uno?, bueno, todos votan lo que dice uno. ¿No sería más razonable, en este sistema, que hubiera un señor que tuviera tantos votos y los presentara en las votaciones? Además así nos ahorraríamos el bochorno de los tránsfugas y de oír, con estos castos oídos, que ellos se deben a los votantes, cuando los votantes lo son de sus listas y a ellos ni los conocen.

Pero con ser este tema grave, que lo es, y mucho, no lo es menos que este sistema nos incapacita para votar a la gente que consideremos más acorde con nuestras expectativas, que demuestre un mayor acercamiento a nuestros problemas y a nuestras simpatías. ¿Por qué no puedo yo votar a distintos candidatos, con distintas sensibilidades si los considero adecuados? Claro que entonces se correría el riego de que un cabeza de partido no saliera elegido y sí alguno de sus secundarios. A mí me parece una opción realmente democrática, al menos mucho más democrática que las listas cerradas.

Pero, para los partidos, las listas abiertas tienen un peligro aún mayor que el anteriormente apuntado, que pueda presentarse algún candidato independiente, alguna persona de prestigio social y reconocida valía que esté fuera de las férreas disciplinas de los partidos, y que salga elegido por amplia mayoría, lo que supondría la deslegitimación para los partidos y su apropiación de la representatividad popular. Incluso un varapalo para la traumática división de la sociedad que representan las ideologías.

El tercer beneficio de las listas abiertas sería evitar un parlamento lleno de figurones, vulgo mediocres nombrados a dedo, que han sido colocados en los escaños por méritos en el partido o cercanía con el líder de turno y que no cumplen las expectativas mínimas de rigor, conciencia e interés, que se le suponen a un representante popular.

Este mismo sistema es el que nos lleva a políticos desempeñando ministerios y cargos para los que no tienen la preparación básica necesaria, un proyecto coherente de evolución, y, ni siquiera, una experiencia mínima en la sociedad, experiencia que solo se logra con el trabajo y compartiendo los problemas de día a día, para poder afrontar las soluciones a esos problemas que desconocen.

Sí, la democracia española es manifiestamente mejorable. Mejorable consiguiendo una correlación real entre los votantes y los votados, pero eso jamás se logrará con listas cerradas en las que unos y otros se desconocen, se ignoran y representan un absoluto desapego.

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