LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD PERDIDA

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Hace unos días escuchaba un razonamiento sobre la verdad con el que, en cierto modo, estoy de acuerdo, afirmando que hablar de la verdad de manera absoluta puede convertirse en una falacia en el sentido de un razonamiento erróneo o un objetivo inalcanzable, pues lo único que se está haciendo es hablar de acontecimientos mediatizados por el sesgo de quien los relata; opinando sobre las cosas que observamos o sentimos, pero que obedecen inexorablemente a nuestro propio marco conginitivo y experiencial, tratándose, en definitiva, de razonamientos apriorísticos que pretenden elevarse a la categoría de verdades absolutas. De manera que tales razonamiento sólo son admisibles en el campo de la especulación.

Foto de Bruno van der Kraan en Unsplash

Pero, hay quien defiende para aseverar que existe una verdad única y absoluta que existe un código de la vida que, junto a la razón, nos permite acceder a la verdad.

Cierto es que, desde que el ser humano levantó los ojos al cielo y se preguntó quién era, comenzó una búsqueda que aún no termina, de ahí que nos lleguemos a platear si existe o no una verdad absoluta. Somos criaturas que se interrogan por su origen, su propósito y su destino.

A lo largo de la historia, hemos tratado de descifrar el gran enigma de nuestra existencia: ¿hay un código inscrito en nosotros que revele algo sobre el sentido de la vida? ¿Es la razón un instrumento capaz de acceder a esa verdad, o apenas un reflejo limitado de una inteligencia más alta?

No podemos negar que existe un genoma humano, el ADN que se representa en cuatro letras—A, T, C y G— que se combinan en patrones infinitos que determinan la forma, la función y la herencia de todo ser vivo, que algunos identifican con el citado código fuente, el lenguaje en el que el hombre está programado. A este respecto, El genetista Francis Collins —director del Proyecto Genoma Humano y creyente— describió el ADN como “el lenguaje con el que Dios escribió la vida”. Para él, el descubrimiento de este código no es una negación de la fe, sino una confirmación de que la razón puede conducirnos a una comprensión más profunda del misterio divino.

Así mismo, la proporción áurea y la serie de Fibonacci es otra manifestación en la que puede verse la mano divina en cuanto que se repiten en la naturaleza en patrones de crecimiento y disposición de elementos como en el número de pétalos de flores, las espirales de las conchas de moluscos y la distribución de hojas en un tallo, no tratándose de una disposición fruto de la casualidad, sino una estrategia evolutiva que maximiza la eficiencia, como la captación de luz o el aprovechamiento del espacio.

En el mismo sentido, la propia existencia del universo o de infinitos multiversos, nos hacen plantearnos un origen creador del que parte la Verdad ultima, el “código fuente” de la realidad. Como dijo Heráclito: “el logos gobierna todas las cosas”, entendiendo por logos la razón universal, el principio que da sentido al cosmos, a la existencia y que, la tradición cristiana la identifica con Dios. Así podemos leer al inicio del Evangelio de San Juan: “En el principio era el Logos, y el Logos era Dios, y el Logos estaba con Dios. Y el Logos se hizo carne.”

Ahora bien, si existe una Verdad última, un “código fuente” de la realidad, ¿por qué no se nos revela de forma clara y directa por el Creador?. Si partimos de la existencia de una verdad absoluta, y esa verdad es Dios, ¿cuál es el camino para llegar a ella?-

No me da paz creer en la existencia de una verdad absoluta que parte del creador y que no se revela por él, lo que me lleva a pensar que la misma creación es la verdad, y la razón la manera de explorarla, coincidiendo de esta manera con el argumento de Karl Marx, de que la verdad no se “tiene”, sino que se “busca”, y que el hombre auténtico es aquel que vive en esa búsqueda permanente. Sino es así, entonces, ¿donde encajamos el libre albedrío?.

Quizá la única verdad absoluta, seamos nosotros mismos, lo que me lleva a la famosa frase de Descartes quien propuso la duda como método y buscó en la razón la certeza absoluta, como pone de manifiesto su expresión “pienso, luego existo”,  estableciendo el pensamiento como fundamento del ser.

Somos por ello cada ser humano una manifestación de la verdad en términos absolutos cuando confluye por obra de la razón en un punto común. Dicho de otro modo,  la verdad absoluta no es más que la suma de las infinitas verdades relativas de todos los seres humanos con resultado de la razón que como infinitos existentes en el diámetro de una circunferencia confluyen en su centro, como los radios de una rueda que no deja de girar.

Ahora bien, el peligro de la razón individulal  es creerse absoluta, debido a que, cuando nos olvidamos de su límite, se convierte en soberbia y, por el contrario, cuando reconocemos nuestra pequeñez se vuelve sabia. Además, entiendo que la  razón no actúa como una máquina infalible, sino como un caminante, de manera que el conocimiento humano avanza por aproximaciones, en ciencia cada descubrimiento abre nuevas preguntas y, en filosofía, cada certeza nos obliga a mirar más hondo.

Como dice San Pablo:  “Ahora vemos como en un espejo, oscuramente; entonces veremos cara a cara” (1 Cor 13,12). Metáfora muy sugerente, en cuanto que desvela que hay una imagen, pero no nítida; es decir, la  realidad está ahí, pero nuestra percepción está filtrada por nuestros límites.

En definitiva sólo la verdad absoluta no deja de ser la suma o síntesis de todas las verdades relativas que cada ser humano percibe y construye a través de su razón, lo que nos permite distinguir entre:

Razón individual:  como la facultad de pensar, juzgar y conocer que cada persona ejerce en su vida concreta y que es limitada, histórica y culturalmente, y por eso produce verdades relativas, sujetas a contexto, lenguaje y perspectiva.

Razón universal (o logos): el principio común a todas las inteligencias, la estructura racional del ser mismo. Es lo que hace posible que la realidad sea inteligible y que podamos comunicarnos y coincidir en ciertos juicios de verdad.

La Creación. Capilla Sixtina. (fragmento) 1508-1512.

Así pues, para concluir, tres reflexiones últimas:

La razón humana no contiene toda la verdad, pero el despliegue total de la razón en la historia constituye la Verdad misma.

La verdadera razón no pretende sustituir a Dios, ni reducir el misterio a fórmulas. Su tarea es iluminar sin apagar el asombro.

Quizá, al final, la razón no sea otra cosa que la chispa divina en nosotros: el deseo insaciable de entender, de amar y de unirnos a la verdad que nos creó

Por último, una frase de mi amiga Cati, colaboradora en este medio: «La verdadera razón no pretende sustituir a Dios, ni reducir el misterio a fórmulas. Su tarea es iluminar sin apagar el asombro»

 

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