LA BOCAMENTE

Supongo que fue un politólogo el inventor de una de las frases capitales que tiene el idioma español para explicar la verdad de la situación política en España, en la actualidad y en cualesquiera que sean  los tiempos en los que queramos mirar.

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Me refiero a esa frase que dice que: “nada es verdad ni es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”. Ya se sabe que el simbolismo es lo que tiene, que quieres decir ideología, pero solo para avisados, pues dices cristal; que quieres hablar de derechas y de izquierdas, pues hablas de colores;  que te quieres explayar sobre la post verdad y las infinitas verdades paralelas que pueden coexistir mediante técnicas ad hoc, para que todo acabe más retorcido que una sábana escurrida por una lavandera, pues “Nada es verdad ni es mentira”. O sea, lo que estamos viviendo en nuestro día a día.

Que te hablan de espionaje ruso en el conflicto catalán, pues es que quieren que nadie repare en la sentencia de los ERE. Que te cuentan que en Bolivia tienen que dejar los ataúdes abandonados en la calle por las cargas de la policía, pues será que los pactos con los independentistas están en marcha y mejor que nadie sepa en que consisten. Que te hablan de educación pública en un acto de educación concertada, es que necesitan gente cabreada que no repare en la necesidad de un plan nacional, consensuado  y de calidad para la enseñanza. Que te hacen mirar para arriba, pues es que no quieren que repares en toda la mierda que estás pisando. Vamos, en definitiva, la ancestral estrategia del mago, pero sin acordes gloriosos finales para remarcar lo asombroso del truco. En todo caso unos acordes de la patética o de alguna marcha fúnebre que constaten que una vez más, otra vez, te la han metido hasta la bola, que para los poco aficionados a la tauromaquia dícese de la estocada que se hunde en la carne del toro hasta la bola que remata la espada taurina. Hasta la empuñadura, vamos.

Así que, y aprovechando la figura geométrica recién mencionada, y resumiendo, que estoy hasta la bola, en realidad en plural, de que me tomen por el pito del sereno, instrumento este que como todo veterano recordará servía para intimidar… a casi nadie.

El caso, el problema, la realidad, es que con tanto profeta de lo suyo, sobre todo en los cibernéticos espacios invisibles, nos encontramos con un hartazgo, con rebordes de rechifla, de falsedades interesadas sobre cualquier manifestación que esos adalides de la desinformación tienen a bien introducir,  sin permiso ni rubor por no tenerlo, en un espacio en otros tiempos sagrado, la intimidad de nuestro salón, dormitorio o estancia en la que hayamos depositado nuestro aparato de recibir, a partes iguales, mentiras y sandeces, que con la beatitud de la superioridad moral que se suponen a sí mismos tienen a bien difundir, difundirte.

Con tanto divulgador de sus verdades del barquero, de las falsas, casi siempre, barbaridades del contrario, con los repetitivos intentos de pasar los bulos, tergiversaciones y mentiras palmarias resultantes de aplicar su cristal, de su color, a toda manifestación de cualquiera de color diferente, o que simplemente varíe de tonalidad, han logrado que podamos creernos nada, creer en nada.

Para cualquiera avisado en óptica, es evidente que la aplicación de una lente que no sea totalmente plana, para observar un objeto, deforma la visión de este, en el mejor de los casos solo en tamaño, y en el peor estaremos ante una galería de esperpentos creados por la concavidad, o convexidad de la lente, y que poco tienen que ver con el original. Si además la lente está coloreada ya no podremos ni siquiera saber cual era el valor cromático original del objeto observado.

En fin , que no por mucho explicar resulta más evidente lo explicado, que lo que en principio quería decir es que por más esfuerzos que pueda realizar, por mejor voluntad que quiera poner en el empeño, no me creo nada de lo que se dice en las redes, en los periódicos o en los mítines políticos, que estoy hasta las narices de sectarios de la ideología, becarios del poder y militantes de la verdad última, una especie de iglesia adventista del último día, pero sin dios ni criterio ético o moral, y de los piratas de mi intimidad que usan de mi amistad, real en unos casos y virtual en otros, que me obligan a hacer con mi mente lo que con mi boca, limpiar y enjuagar al menos tres veces al día.

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