LA ANTÍTESIS CONSTITUCIONAL (I) EL PREAMBULO.

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Antes de meterme en harina, confío que como español bien informado y con el objeto de conocer sus derechos y deberes haya leído la Constitución Española de 1978  y no sólo opine de ella por lo que oye o le cuentan.

Como cualquier norma jurídica todo es mejorable o cambiable, aunque nuestra Constitución es calificada de rígida por su procedimiento de reforma sometido a una mayoría cualificada de tres quintos de cada una de las Cámaras con el objeto de evitar manipulaciones políticas dentro de su contenido pero que, como contrapunto, evitan que pueda prosperar y ajustase a lo que exige un mundo que no se detiene, a una realidad cambiante; con  manipulaciones de las que al final no se sustrae en su aplicación o en el intento de aprobación o reforma de leyes ordinarias que la desarrollan o adopción de medidas de gobierno que sobrepasan el poder otorgado.

Hablar de la Constitución Española, es un tema, cuanto menos, arduo y arriesgado, por lo que, al igual que sucede con determinadas profesiones peligrosas resulta de obligado cumplimiento el uso del casco, en este caso frente al uso prostituido que las ideologías partidistas hacen de su articulado, con argumentos populistas; además de un chaleco antibalas, en este caso frente los insultos de los que no tienen más argumentos que la descalificación.

Hace unos días, publicaba en una conocida red social que nunca podría odiar a alguien por pensar distinto a mi, así que, si sirve a algunos el insulto como desahogo de su frustración, adelante, porque el referido chaleco me protege frente a ellos, no sólo por absorber el impacto de las descalificaciones, sino porque además tiene la cualidad de rebotarlos poniendo en evidencia al que presiona al gatillo del arma que los lanza, casi siempre con publicaciones mediocres, pero sobre todo, propiciadoras de división y confrontación, en vez de buscar puntos de encuentro entre ideología que, aunque contrarias, si son sociales, deberían buscar el bienestar de todos, como punto de partida que la propia Constitución se propone en su preámbulo, al señalar que:

«La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclama su voluntad de:

Garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo

Propósito de garantía  de convivencia democrática que todos los partidos, sin excepción, no hacen el mínimo esfuerzo por lograr su efectividad, no sólo por la manipulación apuntada de la propia Constitución para defender programas políticos sectorizados y cada vez más populistas, en algunos casos radicalizados, tanto a la izquierda como en la derecha, por una historia que nos precede de la que parece no quieren pasar página por su rentabilidad, además como arma de manipulación masiva de ciudadanos borregos y exaltados, sujetos no solo asociales sino carentes de un humanismo mínimo para hacer posible la convivencia entre todos, pensemos o no lo mismo, todo ello con el fin,  de «Proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones

Es por ello que, la disección que con este análisis, así como con los sucesivos, se pretende hacer de cada título del texto constitucional, es desde una perspectiva lo más objetiva posible, al menos, lo más limpia posible de partidismos, los pros y contras, aciertos y desaciertos de las diferentes políticas que los distintos gobiernos han utilizado como parte de su argumentario contribuyendo cada vez más a la desconfianza de los ciudadanos en relación a quienes se les atribuye el poder de representación indirecta y a las instituciones democráticas, de manera que «Consolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley como expresión de la voluntad popular»  se ha convertido en otra ficción más, puesto que pocas leyes promulgadas satisfacen de manera plena la voluntad de los ciudadanos, en cuanto a «Promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida», sólo tenemos que echar un vistazo a nuestro alrededor  para darnos cuenta que los más débiles dentro del sistema lo son cada vez más, todo ello por falta de perspectiva política en cuanto a acuerdos de estado que nos permitan establecer leyes, no sólo con cierta vocación de permanencia sino de garantía del estado social y de derecho, y no como improntas políticas de cada partido que accede al poder como en el caso de la educación, las pensiones, las relaciones laborales, la sanidad, la seguridad  y el poder judicial, entre otros.

 

Fotomontaje Plazabieta.com

En definitiva «Establecer una sociedad democrática avanzada, y Colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra» es obligación de quienes nos representan y no contribuir a la desunión y confrontación convirtiendo la constitución en un clinex de usar y tirar, en vez de en una norma básica de convivencia y construcción de un país mejor que el que tenemos. Todos lo hacen y todos lo niegan, no porque no lo intenten o, al menos pueda ser su sana intención al dedicarse a lo público, pero que los partidos corrompen por conseguir la meta del poder a cualquier precio.

No es una opinión, es una realidad que trataré de evidenciar en el análisis de cada artículo de nuestra Norma Suprema. Es por ello que, hablar de la Constitución resulta peligroso, porque en vez de establecer un debate constructivo y de autocrítica, lleva a muchos a sacar el animal político que llevamos dentro.

¿Qué harías tú si fueras uno de ellos?, ¿Serías diferente?, ¿No somos todos responsables?…

 

 

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