JUNTOS

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«…Por lo general los hombres suelen morir una vez, a lo sumo vez y media.

…Esos casos curiosos que tiene la vida en los que, la muerte concede un tiempo y nunca mejor dicho, muerto, a aquellas personas que, siendo niños, enterraron una moneda pequeña de cobre o aluminio en un parque, en una playa o en el campo y después colocaron sobre ella una piedra de color negro o la concha de un mejillón contador de historias.

A los nueve años, con el primer jornal que ganó en el campo, Emilio guardó entre vides y terrones colorados, escarbando con sus manos de niño, una monedita de dos reales.

Después miró al cielo y le pidió a Dios que nunca le dejara morir, pues él era Emilio y no había en el mundo entero otro como él.

Dios no le escuchó pero la muerte, que en los campos castellanos y en los días de verano suele estar deambulando entre higueras y melonares en forma de perdiz, escuchó la petición, y aceptó el pacto, sacando la moneda en la siguiente luna llena y llevándosela en el pico hacia el lugar en el que todas las cosas sólo tienen un lado, el más negro.

Tal vez, fuera la cara pecosa del aquel muchacho de mejillas sonrosadas o el valor que demostraba siempre en las riñas y peleas con los demás chavales, quien sabe, el caso es que la de los dientes sucios y amarillos, que siempre ha sido madre, decidió tener el hijo y compañero que siempre había deseado.

Emilio vio por primera vez a su nueva madre una mañana, muy temprano, cuando volvía de cazar pájaros con carburo. Llevaba no menos de veinte o treinta avecillas, entre carboneros, herrerillos y verderones, atados a con cuerda sujeta a una traviesa de su pantalón corto.

Y al girar la esquina de la calle mayor, la vio; alta de torre, con la túnica de negro agujero, ojos de cuévano, sonriente de labios borrados.

Emilio no tuvo miedo.

-Sabes quien soy, hijo mío? -preguntó ella extendiendo su larguísimo brazo de escoba, hacia él, sujetando con sus dedos de hueso la moneda que Emilio había enterrado hacia ya más de tres años.

-Claro que lo sé…tu eres mi madre -respondió él cogiendo la monedita y guardándosela en el bolsillo de pantalón- soy inmortal?.

-Por supuesto que lo eres Emilio, lo mismo que esos pájaros que llevas, mira.

Ella se quitó la capucha, dejando al descubierto toda la belleza de aquello que no tiene carne y después agachando su cabeza, exhaló una bocanada de aire fétido sobre las aves que, al instante, comenzaron a moverse.

-Ven hijo demos un paseo.

-Si madre.

Por eso cuando los milicianos entraron en Puerto Lápice y se llevaron a empellones y culatazos a todos los varones entre quince y sesenta años a las escuelas, Emilio no tuvo ningún miedo. Estaba con su madre.

-Nos va a matar don Jesús, nos van a matar!!! -lloraba el bueno de Arcadio «el buenin» que a sus casi cincuenta años aún jugaba con la arena, sobre la sotana de ojos negros de Don Jesús el cura-.

-Van a matar a todos estos verdad madre?

-Si hijo, os van a sacar en cinco minutos de aquí y os van a llevar en un camión hasta la tapia del cementerio y allí las balas van a morder la carne.

-Pero la mía no -aseveró con seguridad Emilio-

-No la tuya no hijo, la tuya es mía desde hace mucho tiempo.

Hoy es Domingo. Llueve. Ni siquiera sé muy bien qué es lo que hago aquí. Yo no vine a este País para hacer esto.

-Eh tú, Guiri ven para acá, que vas a ver como se trata en España a los Cerdos!!…Que vengas te he dicho!!..Es que no entiendes Yankee!!!. Prepara tu cámara.

-Voy Voy Sir….voy…

Un grupo de pobrecillos salieron de la escuela del pueblo. Desde chavales llenos de mocos y lagrimas hasta ancianos que a duras penas podían andar…

Todos montamos en un camión: Verdugos, condenados, el olor de la hierba y el ojo de mi cámara Polaroid, hasta aquel día buscadora de belleza.

El trayecto fue corto y estuvo lleno de silencio y ojos de muñeco llenos de miedo.

Me sorprendió mucho ver el hueco que existía en el banco que tenía enfrente. Entre un muchacho sonriente y un hombre de barba blanca muy serio existía un espacio negro, desde luego ocupado por algo; una sombra que se comía la luz y la vida de todo lo que estaba a su alrededor.

-Y usted quién es?

Me preguntó aquel muchacho sonrosado y sonriente.

-Yo, eh…soy fotógrafo, mi nombre es Henry…

-Usted no es de aquí no?…-y guiño el ojo al aire-

-No, no soy de aquí…yo…

El camión de detuvo y los hombres fueron obligados a bajar.

La tapia Sur del Cementerio.

-A ver, echad en este cubo los relojes, las carteras, los zapatos y los cinturones…venga y después para allá y os colocáis toditos en fila…Tú pelirrojo, prepara tu cámara…

-Nos van a matar madre? -preguntó Emilio mirando hacia ninguna parte-

-Sí, pero no a ti hijo mío.

Aquella mañana Henry Nyman fotografió con su cámara el fusilamiento de treinta paisanos de Puerto Lápice.

Entre las caras de terror y miedo de aquellos, sólo un muchacho sonreía aún viéndose apuntado por veinte fusiles Mauser.

Un sonido de trueno apagó la vida de todos.

El Teniente Fresnedo obligó a Henry a retratar todos y cada uno de los tiros de gracias que él mismo daba a los fusilados con su revolver.

La sonrisa de aquel muchacho perduraba más allá del tiempo, tendido en el suelo sobre un enorme charco de sangre.

-Y este gilipollas de qué se reiría -dijo enojado Fresnedo- toma para que se te quite. Tú, fotos, fotos!!!

Y le vacío todo el cargador de su arma en la cabeza…Pero no le quitó la sonrisa de la boca.

-Será hijo Puta!!!

….Después hicieron un gran agujero y metieron dentro a todos aquellos pobres diablos. Y sobre ellos la tierra se llenó de sus nombres.

Aquella noche, en un improvisado cuartel que se había montado en un antiguo convento de Ciudad Real, pude revelar algunas de las fotos de aquel día tan horrible.

Sangre, caras desencajadas…..

El segundo carrete por alguna razón estaba prácticamente velado a excepción de dos instantáneas que me pusieron los pelos de punta.

Bajo un primer plano de aquel muchacho feliz y con la cabeza agujereada, podía verse a un ser alto, huesudo y sonriente que tendía su mano descarnada sobre el cadáver…

En la siguiente y bajo el camino alargado de cipreses que se perdía en el horizonte llano de La Mancha, dos sombras se alejaban agarradas del brazo, madre e hijo. Y bajo ellas, se escribía mi nombre y una frase: HIJO MIO…»

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