JOSÉ ANTONIO FOR PRESIDENT

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No, no es el que ustedes creen. Y tampoco es un político portugués.

 

Cuatro hombres, vestidos con ropa de faena, se amontonan los unos sobre los otros en un agujero excavado en la tierra. El hoyo no medirá más de un metro noventa por uno veinte, aproximadamente, por lo que sus cuerpos deben acomodarse realizando una extraña composición: los dos de abajo, alineados en la misma dirección, están boca arriba y con los rostros girados hacia la izquierda. Sus brazos se han torcido de cualquier manera, pero no se pueden mover debido al peso de los otros dos cuerpos que, desde arriba, los aprisionan. Estos últimos yacen orientados en el sentido opuesto al de sus compañeros, de forma que sus pies se apoyan sobre la cabeza y el cuello de los de abajo. Boca abajo, uno de ellos queda mirando al suelo, con los brazos extendidos a lo largo, mientras su compañero, con los ojos cerrados, dispone su extremidad derecha sobre el hombro del otro, en un abrazo forzado.

Podría adjuntar la foto que acompaña esta noticia, pero prefiero no hacerlo: quiero que se lo imaginen. Son cuatro voluntarios que reconstruyen el modo en el que fueron arrojados, y después enterrados, Juan García Gutiérrez, Estanislao Gil dos personas aún desconocidas, en Adradas, Soria. A los cuatro los fusilaron en octubre de 1936 y solo ahora, ochenta y ocho años después, se les ha podido exhumar, para enterrarlos como corresponde. De las personas identificadas, solo quedan nietos y bisnietos para recibir algo de consuelo; a las otras dos quizá todavía alguien las sigue llorando en silencio. Me dirán algunos que hace muchos años de todo eso, y que de qué vale remover el pasado. Argumentarán, y tendrán razón echando mano de mi cinismo materialista, que los restos que se encontraron son solo huesos en mal estado, un poco de fosfato cálcico que pertenece ya a la tierra. Y yo les respondo que, si el ser humano vive de símbolos, entonces el rescate de esos huesos puede valer para mí tanto o más que la Constitución Española y los discursos en favor de la sacrosanta unidad nacional.

Durante un tiempo todos nos creímos, ilusionados, la promesa de que habría libertad, que vendría la democracia y que el país avanzaría. El precio que hubo que pagar fue la promulgación de una amnistía que perdonó los delitos cometidos durante tantos años de horror, sin que muchos asesinos, aún vivos, tuvieran que expresar su arrepentimiento. Unos eran generales y otros llegaron a diputados. Se cambiaron los nombres de algunas calles, y poco más. Como es tradición en nuestro país, se echaron paladas de tierra sobre el asunto, como se ha hecho sobre el terrorismo vasco y seguramente pase con esta malhadada historia del independentismo catalán. Parece que nuestro país se ha aficionado a la patada hacia adelante. Amnistiar, sin embargo, no significa olvidar: creíamos, ingenuamente, que al cabo del tiempo habría un consenso sobre un hecho que cualquier historiador objetivo (seguramente un extranjero) consideraría como innegable: que tras la Guerra Civil siguió una Dictadura que fue, como aquella, sanguinaria. Que el nombre de Franco debe asociarse al terror, al dolor innecesario y a la opresión violenta en nombre de una idea de España profundamente reaccionaria. Como afirmaron las Naciones Unidas en su declaración 39 (I).

Ese consenso no solamente no se ha impuesto, sino que hay muchos empeñados en hacer todo lo posible por deshacerlo. Hubo quienes, desde el poder, no se atrevieron a derogar las leyes de memoria, sino que hicieron algo mucho más mezquino: privarlas de fondos. Otros, ahora, quieren, en un gesto inútil, derogar las normativas regionales en esta materia. Dudo que los familiares de un concejal de Iruecha y un maestro de Aguaviva de la Vega anden buscando venganza. Tan solo desean enterrar dignamente a unos antepasados que no conocieron. Porque (y es vergonzoso tener que recordar algo tan obvio) las víctimas de la violencia republicana tuvieron su restitución oficial, sus muertes reconocidas y sus tumbas fueron honradas. Y a las que, por cierto, la ley nacional de memoria las ampara también en sus artículos 1.2, 3.a y 3.l.

Esa idea atroz de España (es decir, la de que solo hay una España, la de ellos) facilita el gobierno, o forma parte de este, en muchas comunidades autónomas. Nadie se rasga ya las vestiduras por sentar en los parlamentos regionales, y en las consejerías, a los herederos (sí, alto y claro: a los herederos) de aquel régimen terrible. Niñatos bien que no han conocido el dolor ni la tristeza infinita, y que ahora se lanzan en tromba a por los inmigrantes, los judíos de nuestro tiempo; que se aprovechan de la ola “woke”, tan estúpidamente progre como espero que pasajera, para negar la existencia de una durísima represión tras una guerra horrible, de una violencia contra las mujeres que subyace en nuestra sociedad como algo estructural, el derecho de los seres humanos a elegir su orientación sexual y de género; que niegan a muchos enfermos terminales su capacidad de decidir cuándo y cómo morir. ¿Y con esa gente sí se puede pactar? ¿No son tan enemigos de nuestro país como los independentistas catalanes? Porque luzcan la bandera española, apropiándosela hasta convertirla en un icono partidista (porque yo también intenté hacerla mía, iluso de mí), ¿merecen un trato mejor que los lunáticos del ho tornarem a fer? Yo digo que no. Pactar con ellos es también traicionar a la nación.

Bien se merece el presidente del Gobierno todas las críticas que recibe; por algo es el presidente. Pero que nadie se sorprenda porque se ha rendido ante unos fanáticos que deliran con sus autoficciones de 1714, y que esté dispuesto a perdonarlos para mantenerse en el poder. El sapo que hay que tragar es grande y enorme; la soberbia de los enloquecidos y desorientados líderes independentistas, también. Sin embargo, la alternativa (es decir, apoyarse sin recato alguno en el neofranquismo xenófobo, homófobo y reaccionario disfrazado de moderna rebelión de la Vendée, subida en un tractor) se me sigue antojando terrorífica, por mucho que parezca inevitable y se siga vendiendo con una normalidad que es, a todas luces, falsa. Yo digo no. Aunque la bancarrota moral sea general, y la vergüenza anide en ambos lados de la trinchera (porque en eso se ha convertido la política española, al igual, por cierto, que en otras partes del mundo).

Se me responderá que existe otra salida, que es el consenso entre los grandes partidos. Y mucho se habla en estos días de los políticos portugueses, que están siendo capaces de llegar a acuerdos para evitar el ascenso de la ultraderecha. A eso ayuda, no lo olvidemos, que la izquierda portuguesa en el poder recibiera el apoyo de la derecha durante las repetidas crisis de los años recientes (covid, guerra de Ucrania): ahora no le es difícil devolver el favor a quien ha ganado, por la mínima, las elecciones. Si alguien me dice en qué medida ocurrió eso por nuestros lares, se lo agradeceré. Aunque quién sabe, quizás ese clima desprovisto de tensión existe en Portugal porque, a pesar de su siniestra dictadura, no hubo allí una guerra civil. Para nuestra desesperación, ese entendimiento resulta imposible aquí: las heridas no están cerradas.

Hay, sin embargo, un hombre bueno en nuestro país. Se llama José Antonio Nieto de Miguel, es vicepresidente de la Diputación Provincial de Soria y es del PP. Este político conservador ha acompañado a los familiares en las exhumaciones de las fosas comunes, arropándolos y proporcionando cobijo institucional. Dice que no ve en ellos rencor, sino mucha paz, y piensa que, independientemente de los colores políticos o de los partidos a los que pertenezcan, quienes están en las instituciones deben ayudar a que los descendientes de las víctimas de la Guerra Civil recuperen los restos, aunque sea muy tarde.

Visto su currículum, no creo que este caballero pueda albergar ideas más diferentes de las mías. Su gesto llena de dignidad la política, y honra a los millones de personas que, de un signo o de otro, piensan que enterrar a tu abuelo con dignidad está bien. Hoy por hoy, eso es mucho más de lo que podemos esperar. Así que sí: José Antonio for President. Si no lo han cesado antes por revoltoso, claro.

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2 COMENTARIOS

  1. Solo una puntualización, con la que, tal vez, no estés de acuerdo, Junts no está a la izquierda de Vox, yo diría que está un par de pasos más a su derecha, pero nos los venden como “progresistas” y muchos lo compran.

    Tienes razón en el 99% de lo que dices, yo al menos así lo creo, pero creo que la memoria histórica seguirá siendo de parte mientras haya quién niega la dignidad de los muertos represaliados del franquismo, y haya quién niega, o minimiza, las barbaridades que cometió la república.

    En esa época, incluso un poco antes, no hay inocentes, pero se sigue celebrando el 14 de abril, sobre el que aún hay mucho que hablar, como un día triunfante, pero esos mismo consideran el 18 de julio como una fecha nefanda, que indudablemente lo fue.

    A mi, personalmente, me horrorizan las maneras de ambos bandos, y siempre he dicho que en cuestión de muertos solo cuento ninguno o demasiados, y ahí hay demasiados, de todos los bandos, y me niego a hacer comparativas, como si habláramos de colecciones.

    Un abrazo, nacho, precioso artículo cargado de justa indignación

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