JARRONES CHINOS

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La sociedad moderna relega a los viejos al trastero. Pero ¿qué pasa cuando el trasto es un prohombre de la patria?

Sí: los paneles solares se reciclan. Entre un 85 y un 90% de sus componentes pueden ser reaprovechados, y de hecho en la Unión Europea es obligatorio que los fabricantes de placas recojan y reciclen los paneles solares cuando termine su ciclo de vida útil. Lo he investigado porque quería saber si la última salida del tiesto de Felipe González tenía alguna base o era, sencillamente, una defensa senil, y también cerril, de la energía nuclear (aunque lo más seguro es que fuese mercantil). Faltaría más que uno no pudiera argumentar sus opiniones a favor o en contra de la fisión del átomo, pero está feo hacerlo mintiendo. Pensándolo bien, qué cosas digo. Así y todo, no me lo esperaba de un prócer de la nación.

Fue el propio Felipe González quien, lúcidamente, dijo que los expresidentes del gobierno eran como jarrones chinos: todo el mundo los valoraba, pero nadie sabía que hacer con ellos. Esto los romanos lo tenían mucho mejor estudiado: el cursus honorem conducía a sus ciudadanos (varones, adinerados y libres, por supuesto; no como ahora, que cualquier perroflauta se mete en política, qué vergüenza), a través de las distintas edades de sus vidas, por los marcados escalones de una progresiva carrera pública. Sin meter demasiado la pata, podían llegar, cuando ya eran talluditos, a cónsules, y finalmente a censores. Una vez finalizada su vida política, ya procedían a retirarse honorablemente, con la satisfacción de haber servido al Senado y al Pueblo Romano, no sin haberse llenado antes los bolsillos hasta reventar. El patricio se iba a su villa en el Lacio, o mejor, en la Campania. Si no venía un pretoriano a quitarlo de en medio de mala manera por alguna rencilla del pasado, en pocos años se ponía como una pasa, pasando al inframundo de Plutón alrededor de los sesenta o setenta años, olvidado de todos. De los discursos en el Foro al túmulo funerario en un pis pas, pasando por el cultivo de zanahorias, y si te he visto no me acuerdo. Se suponía que a esos provectos años aquellos señores ya no estaban para ir dando la turra en el Senado, sino para cuidar del huerto; y no se los llamaba ni para dar una charla en la FNAC. Bendita senectutem.


Tengo para mí que el aumento de la esperanza de vida producido por la medicina de nuestros tiempos, y el estúpido edadismo de nuestra sociedad, que no soporta ver una arruga mal puesta en nuestros personajes públicos, ha generado un problema de orden inverso: nuestros próceres alcanzan la cima demasiado pronto, y terminan sus carreras apenas cumplen los cincuenta años (por cierto, que el actual presidente parece ir por el mismo camino), convirtiéndose en ancianos prematuros. Y dado que no los puedes prejubilar, como sí hicieron con tantos de nosotros llegados a la misma edad, a ver ahora qué haces con esta gente hasta que la palma. Tener un padre de la nación suelto, en buen estado de salud y, sobre todo, mortalmente aburrido, es muy peligroso, porque resulta que piensan que siguen siendo hombres egregios. Lo cual es comprensible: eso de llevar un esclavo sosteniéndote la corona de laurel, susurrándote al oído lo de “memento mori” (recuerda que vas a morir, para los ingenieros) es molesto, sobre todo si todavía puedes hacer doscientas abdominales al día. Mejor ir al Hormiguero a decir que ya no se pueden hacer chistes de maricas, llamar a la insurrección o irse a Venezuela a soltar chorradas. ¿No hubiera sido mejor que hubiesen llegado a lo más alto un poco más mayores, con la cabeza sin pelos pero mejor amueblada, y se hubiesen retirado cansados, sin ganas de dar más la lata? Sin pasarse tampoco: en Estados Unidos se les ha ido la cabeza y tienen a dos ancianos disputándose la presidencia. El estado de la salud mental de ambos da razón a los romanos.

Lo mismo ocurre con escribidores, opinadores y voceros de diversa índole, quienes, una vez pasado su momento de gloria, siguen enganchados a la noria comercial, asistiendo a tertulias y firmando artículos y libros cada vez más infumables. Digo esto con la máxima humildad que me da el saber que, frente a esos ilustres jarrones Ming, yo no soy ni seré más que una tacita de té de una tienda china de barrio, también arrinconada por el tiempo. No se trata del malestar frente a la deriva ideológica de algunos intelectuales admirables, producida por su propia reflexión o más seguramente por sus circunstancias personales y hasta económicas. Que te podrá gustar más o menos, y hasta doler; pero es legítima. Faltaría más. Son la pobreza de sus argumentos viscerales, la endeblez de sus relatos, las descalificaciones torpes que en ocasiones llegan hasta el insulto y la procacidad, lo que te hace pensar si no deberían dejar de estirar el chicle y retirarse a su pisito en Benidorm, digo a su chalet en Somosaguas.

El caso es que nadie quiere irse a plantar zanahorias: se ve que a Felipe González lo de los bonsáis y la bisutería le duró poco, mientras que la vigorexia teñida de Aznar le hizo pensar que sería eternamente joven; tanto, que acabó instalándose en el pasado. En vez de irse a la Campania, algún don Nicanor se retiró al Registro de la Propiedad, desde donde se deja invitar a manifestaciones para que lo pongan como un florero, y alguno va de radio en radio opinando con facundia de todo lo que se mueve. Cobran de consejos de administración en los que asienten con cara de pope, o presentan minutas escandalosas por dar conferencias que, en el fondo, no importan a nadie. Pero claro, a ver en qué porras empleas tu tiempo si la cabeza todavía te funciona: te entra la morriña, y en vez de ir a ver un edificio en construcción con las manos cruzadas en la espalda, que sería lo suyo, te dan ganas de sacar un decreto ley.

No digo yo que se corten las venas en una bañera por el bien de la nación. Pero, al igual que en los fiestorros de las bodas, es bueno saber parar a tiempo, que igual te haces viral en un vídeo de Tik-Tok bailando borracho. Esto es lo que ha hecho bien Mario Vargas Llosa, retirándose al darse cuenta de que, coincidiendo con su desaparición del Hola, sus inanes artículos ya no tenían interés. En ellos defendió duramente mucho tiempo unas ideas políticas que no necesariamente coincidían con las de su periódico, y lo hizo siempre con elegancia y educación. Mi admiración por su escritura, que no por su persona, sigue siendo inmensa, y en su adiós se merece ser juzgado por el conjunto de su obra, no por su final. La adquisición de su última novela ha sido mi homenaje. Otros, ¡ay! han preferido ir por el camino opuesto, secretando bilis y alejándose del Parnaso con cada nueva pieza entregada a la imprenta. Si esperan que diga de quién hablo háganlo sentados, porque aún me quedan rescoldos de cariño y respeto. Pero qué triste será verlos cuando se den cuenta de que quienes ahora los acogen con los brazos abiertos, no tienen tampoco ningún interés en sus majaderías, porque solo los quieren para dar leña al mono.

Y es que al final, la triste verdad es que ningún ser humano, tampoco el colectivo de eximios intelectuales, políticos y expresidentes escapa de ese terrible (y humano) momento en el que detrás de nosotros hay más pasado que futuro, por muy brillante que fuera aquel; y empezamos a chochear. Es conveniente para la salud, suya y la del país, darse cuenta, y aún mejor aceptarlo a tiempo. Ustedes juzgarán, a tenor de este artículo, si a mí ya me no habrá llegado esa hora. Igual sí.

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