HOY VA A SER QUE NO

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Cuando no se puede, no se puede

Hay días en los que uno no sabe qué escribir: hoy es uno de ellos. Me he pasado dos semanas estrujándome la cabeza, acumulando y descartando ideas a medida que la fecha de entrega se iba acercando. Me digo que ya está bien de mirar el mundo con los ojos del pesimismo, pero perdí mis gafas de sol (bueno, me las robaron), así que mi fe en la humanidad, especialmente en la del espécimen tontaina que se quedó con unas lentes graduadas que no le van a servir de nada, sigue en horas bajas. Pienso que puedo hablar de arte o de cultura, pero en estos momentos estoy leyendo (o releyendo, no sé) El talento de Mr. Ripley, de modo que convengamos en que no voy a aportar demasiado sobre una novela que tiene casi setenta años.

Me llama poderosamente la atención la historia de las monjas integristas de Burgos manipuladas y estafadas por un falso obispo y un cura sinvergonzón, pero cuando las veo en las redes sociales me dan tanta pena que casi quiero rezar por ellas para que vuelvan al recto camino del Señor.

Las noticias científicas que me interesan hablan casi siempre de enormes agujeros negros, en especial uno que hay en el centro de nuestra galaxia. Pero a pesar de que me atraiga enormemente (debe ser su fuerza gravitatoria), al final caigo en la cuenta de que el principal agujero negro de nuestra galaxia es la falta de vivienda. Leo que, en Cádiz, la media de edad de quienes viven en habitaciones alquiladas es de 58 años. Eso sí que es un agujero negro. Después me entero de que detrás del lío de las monjitas hay una operación inmobiliaria. Igual quieren alquilar el monasterio por cuartos, que supone un 9% de rentabilidad anual en vez del 6% que rentaría alquilarlo completo. No; ya hablé de esto el otro día, y por mucho que me repita no voy a arreglar nada. Volvemos a los tiempos de las pensiones (no las de jubilación, no; las de sopa de fideos a las nueve y ducha compartida).

Desarrollo una línea argumental en torno a la idea de nuestra dicotomía de cuerpo y mente, de cómo nuestra especie ha puesto la ingeniosidad de su cabecita al servicio de un cuerpo hambriento, y de cómo esa ventaja evolutiva puede haberse convertido, al final, en un obstáculo para nuestra permanencia en este planetita azul. Pero, aunque tenía un título buscado y todo (Mens sana in corpore sano), abandono el asunto, no sé muy bien por qué.

Me voy a la Feria del Libro, y alucino viendo las colas que hace la gente para que Sonsoles Ónega, Richard Ford o Antonio Muñoz Molina les firmen un ejemplar. Entonces se me ocurre que esto es más bien el Libro de Feria, que es otro muy buen título para un artículo, y que daría para hablar de la mercantilización de la cultura; pero tampoco da mucho de sí. Total, si mi mujer había echado al bolso un libro del señor Ford que tengo en casa, previsora como es. De no haberse formado semejante fila de gente esperando, yo ahora estaría colocando mi ejemplar garabateado en la estantería, y tan contento y mercantilizado.

Eso sí, los libros que me compro son inspiradores: “Cuchillo”, de Salman Rushdie, con sus reflexiones tras el atentado que sufrió; “Decidido”, de Robert Sapolsky, que propone la tesis de que el libre albedrío no existe (qué insensato, dirán ustedes, y sin embargo albergo la sospecha de que tiene razón); “Por qué se rompió Estados Unidos”, de Roger Senserrich, que igual me explica cómo la primera democracia mundial se va a ir por el retrete (y a lo mejor las demás con ella); y “Europa. Una historia personal”, de Timothy Garton Ash, un inglés europeísta, razonable y moderado con el que me tomaría muy a gusto un afternoon tea. Pero eso fue este sábado; no me va a dar tiempo a escribir nada sobre asuntos tan sesudos. Ya si eso, después del verano.

Paseando al perro aprovechando la fresca de la mañana, y antes de cumplir con mis deberes electorales, escucho un Podcast sobre Lenin (sí, soy un rarito). Y me digo que, pensándolo bien, la forma de razonar de la extrema derecha actual para llegar al poder se basa en muchos de los planteamientos de este señor, que era mucho más inteligente de lo que la gente se cree. Pero vaya galimatías: Fascismo-leninismo. Ni con calzador lo encajo.

Mi última esperanza era hablar de la crónica de sucesos. Camino ya de cincuenta años desde que Franco se murió, y seguimos con las noticias de El Caso. Antes era obligado, pero ahora es que la gente, asqueada de la política, parece que no quiere saber de otra cosa. Al parecer, en el asesinato de Borja Villacís tanto el homicida como la víctima estaban llenos de odio fanático, neonazi y racista. Hubo un trabajador social que trató en sus años de adolescencia al jovencito que se convertiría en criminal, y no pudo evitar la acumulación de rabia en aquel niño que vivía en un entorno social degradado. Pero el asesinado, hijo de una familia bien de Madrid, llegó a la misma ira por otro camino. No, tampoco sé qué podemos aprender de todo esto.

Y en este momento de desesperación literaria, veo que me estoy acercando a las novecientas palabras. Pues hala, misión cumplida y a otra cosa. Que tengan una buena quincena y que el cielo no se derrumbe sobre nuestras cabezas (lo cual, excepto si viven en Ucrania o en Gaza, no parece que vaya a pasar).

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