
Este trabajo nace como proyecto final de quinto año de la escuela PICA PhotoEspaña en 2020. Desde el inicio tuve claro que quería tomar las calles de Madrid y sus lugares más emblemáticos como escenario principal. La idea era intervenir esos espacios y registrar el resultado en imágenes espontáneas: introducir un elemento que alterara la rutina visual de la ciudad, algo capaz de romper con lo cotidiano y generar una interacción tanto física como emocional con el entorno.
Pero surgió la gran pregunta: ¿qué elemento podía provocar esa ruptura?
Después de darle muchas vueltas y pasar por distintas ideas —modelos, formas abstractas e incluso alienígenas— terminé llegando a la figura del ángel.

Al investigar sobre ellos descubrí un universo enorme de referencias y significados. La idea del ángel protector existe desde tiempos muy antiguos. En la antigua Mesopotamia se creía en un dios personal llamado massar sulmi, “guardián de la seguridad de las personas”. Los zoroastrianos hablaban de los fravashis, espíritus protectores; los griegos tenían sus daemons, seres que guiaban a las personas a lo largo de la vida; y los romanos creían que cada hombre poseía un espíritu guardián llamado genius y cada mujer un juno.

La figura del ángel aparece también en las principales religiones —cristianismo, judaísmo e islam— y en todas ellas comparte un mismo significado: el de mensajero. Son el vínculo entre lo divino y lo humano, seres asociados a la paz, la protección, la sanación y el apoyo emocional. Tradicionalmente se dice que se manifiestan en momentos extraordinarios, cuando alguien necesita consuelo, ayuda o guía.
Existen también interpretaciones más espirituales que describen a los ángeles como seres de luz que habitan en una frecuencia distinta a la nuestra, invisibles al ojo humano salvo en ciertos momentos en los que esa vibración cambia y su presencia puede percibirse.

Siguiendo esa línea llegué al concepto de las horas espejo, relacionado con la numerología y la espiritualidad. Son esos instantes en los que miramos el reloj y los números de la hora y los minutos se reflejan entre sí —11:11, 12:12, 20:20—. Según estas creencias, son momentos en los que los ángeles guardianes intentan manifestarse o enviar señales: mensajes de calma, energía o fortaleza para afrontar la vida cotidiana.

Con toda esa carga simbólica e histórica alrededor de los ángeles, sentí que había encontrado el elemento perfecto para el proyecto. La figura del ángel reunía todo lo que estaba buscando: algo reconocible y, al mismo tiempo, extraño dentro del espacio urbano; una presencia capaz de despertar curiosidad, emoción e incluso una interpretación personal en quienes se cruzaban con ella.

Por casualidad —o quizá no— conocí, a través de un amigo, a la modelo perfecta para encarnar a ese ángel. Le fabriqué unas alas, convencí a una compañera de clase para que me ayudara y salimos a recorrer Madrid sin demasiadas certezas, simplemente abiertos a descubrir qué podía suceder.
Con el tiempo entendí que gran parte del proyecto nació precisamente de esa incertidumbre: colocar algo imposible en medio de la realidad y observar cómo la ciudad reaccionaba ante ello.

De manera casi simbólica, aquellas intervenciones ocurrieron justo antes del confinamiento provocado por la pandemia de COVID-19. Con el tiempo, no he podido evitar pensar que quizá aquel ángel recorriendo las calles de Madrid no era solo parte de una puesta en escena, sino también una especie de presagio silencioso, una señal aparecida justo antes de que todo se detuviera.








