Hace años leí dos libros que me gustaron especialmente. El primero llevaba por título “Honra tu límite”, de Peter Ricardo. El segundo, que he releído varias veces y aún hoy sigo hojeando, “Las etapas de la vida” del teólogo y sacerdote alemán, catedrático y educador de juventud Romano Guardini quien por cierto, rechazó la propuesta de Pablo VI de ser nombrado Cardenal. Guardini fue uno de los inspiradores de las grandes decisiones de “aggiornamento” adoptadas por la Iglesia en el Concilio Vaticano II.

Ambos, pero en especial el segundo, contribuyeron a que diera algunos golpes de timón en mi navegar por la vida en pro de aprovechar mejor el empuje del viento y el discurrir de las olas, procurando tener en cuenta en cada momento, eso sí, el estado de la madera de mi nave, la calidad de mis velas y la fortaleza y resistencia de mis aparejos.
En alguna ocasión he recordado, con recatado sonrojo interior, algunas de mis actitudes en la vida, en los años en que mis capacidades eran más floridas y la savia de mis venas pugnaba por salir a borbotones en forma de palpitantes botones, nuevas ramas y verdes hojas. Eran años en que, en mi actividad profesional, no había iniciativa que no se me ocurriera ni proyecto con el que no me atreviera. Latía en todo ello una cierta “certeza” propia de la edad. Acojo el recuerdo de mi propio yo de aquel entonces con la tolerancia con la que un anciano contempla y entiende las actitudes de un joven.
Vivimos en un entorno en el que, en amplios ámbitos, se ha desarrollado la idea de que aceptar los propios límites tiene una connotación negativa. “Ponerse en valor”, “empoderarse” son conceptos bastante recientes que tratan de transmitir una idea en sí mismo positiva pero cuya generalización en cantidad y calidad dan lugar, con demasiada frecuencia, a situaciones incómodas y, a veces, catastróficas.
“γνωθι σεαυτόν” (gnozi seautón), decían los griegos. “Nosce te ipsum” los romanos. “Conócete a ti mismo” decimos en nuestra lengua. En el ámbito masónico lo tienen igual de claro cuando lo primero que se entrega al recién iniciado es un mazo y un cincel para que, simbólicamente, desprenda la primera arista de su piedra bruta.
Reflexionar, observarse, estudiarse, conocerse en definitiva, resulta esencial para lograr el bienestar y el equilibrio tanto a nivel interior como para desenvolverse en el ambiente que a cada uno corresponda. Ponemos mucho énfasis al afirmar que a la estamos en la vida para trabajar en común para el perfeccionamiento intelectual y moral de la Humanidad. Pero para poder hacer ese trabajo resulta imprescindible haberlo hecho previamente con nosotros mismos porque, de otro modo, ¿cómo podríamos dar lo que no tenemos?.
La introspección, la meditación, el sincero análisis personal, identificar y asumir nuestras “sombras”, a las que se refiere Carl Jung (y otros) constituyen herramientas imprescindibles para esta tarea, sin ninguna duda hercúlea, de conocernos. Ese proceso de autoexploración nos revelará los límites razonables, tanto físicos como intelectuales y emocionales, propios de nuestra persona. Construirnos dentro de ellos nos dará la dimensión del “Hombre” a que se refería Ruyard Kipling en su famoso poema “If”.
Los límites a los que vengo refiriéndome pueden darse en tres grandes niveles: el estrictamente personal, el social y el político o moral. No me cabe duda que habrá también otros ámbitos, pero voy a referirme a estos tres.
A nivel personal cada uno tenemos unas condiciones físicas determinadas. He practicado durante muchos años el senderismo a un nivel alto llegando a hacer un recorrido de 101 kilómetros caminando 20 horas seguidas durante toda una noche y buena parte de la jornada diurna siguiente. Una experiencia satisfactoria, pero agotadora. Me había preparado a fondo para ello. Sin embargo he visto como personas sin apenas ninguna preparación física y desprovistas del equipamiento adecuado se han sumado a marchas de 30 kilómetros, a veces con marcadas pendientes, acabando totalmente agotadas o lesionadas al cabo de pocos kilómetros. Quiero decir con esto que cada uno tenemos unas condiciones físicas determinadas, a veces marcadas por enfermedades o condicionadas por la sensibilidad de nuestra piel, por las condiciones de nuestro trabajo o por mil otras circunstancias puramente físicas. Resulta inapropiado aventurarse a trabajos que pueden resultarnos atractivos si no nos hemos preparado previamente para ellos. Es mucho más sensato aceptar nuestro estado (que, sin duda, siempre podremos tratar de mejorar) y adaptar nuestro esfuerzo al mismo.
Podemos traducir lo anterior al ámbito intelectual. No resulta, en absoluto, ni reprochable ni vergonzante carecer de una formación amplia o de unos conocimientos en campos a los que nunca les hemos dedicado especial atención. Podemos tratar de rellenar lagunas, sin duda, pero no debemos ni comprometernos a hacer trabajos sobre temas que no dominados ni tenemos por qué avergonzarnos por ello.
Sin duda es loable el deseo de aprender y crecer intelectual y espiritualmente pero ello no debe hacernos caer en una autoexigencia que desgaste. El crecimiento debe ser constante, pero no a costa de la salud mental o física. Porque, con frecuencia, saber detenerse pude ser una forma de progreso.
También dentro del ámbito personal existen límites emocionales respecto a los que no tenemos ni necesidad ni obligación de dar explicación alguna. Asumir responsabilidades, acometer determinadas tareas que nos sobrepasan o mantener relaciones con algunas personas determinadas puede poner en peligro nuestro equilibrio emocional. Ello constituye un error de primer orden. Sentar con sencillez, pero con claridad, límites en estos ámbitos ayuda a mantener la salud mental y emocional. No se trata de aislarse, sino de saber hasta dónde se puede o quiere llegar en una relación.
En lo que se refiere a nuestras relaciones sociales, la presión de los demás puede hacernos empujar nuestros límites más allá de lo que es saludable. Hemos de reflexionar sobre la necesidad de decir “NO” cuando las demandas sociales atentan contra el propio bienestar. Estamos demasiado acostumbrados a soportar la insistencia (cuando no a practicarla) de otras personas cuando tratan de conseguir de nosotros el consentimiento respecto a algo que no queremos. Hemos de aprender a decir NO a nosotros mismos y a los demás cuando entendamos que podemos sobrepasar nuestros límites. Es más importante mantener incólume nuestra paz interior que ponerla en peligro por la presión de alguien o por no haber medido prudentemente nuestras fuerzas.
No puedo dejar de referirme en este punto al llamado “principio de incompetencia”. Un magnífico vendedor ascendido a jefe de equipo de vendedores puede resultar un desastre. También puede pasarnos (y nos pasa) al hacemos cargo de tareas para las que no estamos dotados o al elegir a un alguien para desempeñarlas solo porque sea familiar, amigo o sencillamente porque nos cae bien. Así, un estupendo abogado puede ser un desastroso contable o un buen ingeniero puede revelarse como un pésimo consejero personal. El problema no es solo a quien se elige o designa. Lo es, sobre todo, de quien no se conoce lo suficiente como para saber que hay tareas para las que, sencillamente, no está bien dotado. Conocer nuestros límites y conformarnos a ello nos beneficiará a nosotros mismos, pero beneficiará también al grupo social en el que estemos integrados.
En el ámbito de la esfera pública nuestros límites deben estar claramente marcados por nuestros principios éticos respecto a los que, entiendo, debemos mantener una razonable pero clara inflexibilidad. Ninguna conveniencia social, ningún arquetipo societario que no compartamos o que nos cause la más ligera inquietud debe llevarnos a sumarnos a posiciones políticas o sociales, o a involucrarnos en ciertos debates o movimientos. En este campo, como he dicho, nuestros límites deben ser claros y precisos.
No se trata de ser valientes, sino de ser sensatos.





