HISTORIAS ENTRELAZADAS

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REFUGIADOS

A veces hechos absolutamente extraños entre sí se entrelazan en la mente hasta alcanzar un nivel de identidad que nunca se habría sospechado.

En los últimos días me ha sucedido. Unas circunstancias aparentemente  ajenas a mi día a día, que no a mi conciencia ni a mi consciencia, me han hecho rememorar el pasado.

Corrían los primeros días de enero de 1976, era ya de noche y los andenes de la Estación del Norte de Madrid estaban abarrotados. Montones de chavales entre 18 y 25 años, novias y familias se agolpaban buscando su sitio en los vagones, los unos, y espacio para la despedida final, los demás. El primer reemplazo del rey con destino a León estaba a punto de empezar su desplazamiento. Muchos uniformes, los de los mandos y la policía militar, y mucha zozobra entre los que aún vestían de paisano.

El viaje, hacinados en viejos vagones de segunda clase que debido al estado de mantenimiento eran de tercera y media, apenas acababa de empezar y pronto descubrimos que a pesar de las fechas no había más calefacción que la que proporcionara nuestro propio aliento. El viaje no fue corto, aunque pareció interminable, y la llegada a León sobre las siete de la mañana de un gélido futuro amanecer, las carreras, la subida a los camiones entre gritos e insultos fue casi una liberación después de un viaje en el que el hielo cubría por dentro las ventanillas de los departamentos.

Habría muchas más penosas circunstancias que acaecieron para contar, pero baste recordar que ese reemplazo era no solo el primero del recientemente coronado rey, también era el primero en el que era obligatorio el destino fuera de la región militar de origen. Improvisación, falta de medios, falta de interés en las consecuencias.

En el C.I.R. 12, en el Ferral del Bernesga, nos encontramos en pleno mes de enero personas, mozos que se decía, de toda España, sin equipamiento, sin ropa militar, sin enseres, que la imprevisión hizo que no estuvieran disponibles hasta varios días después de nuestra llegada. Entre todos varias decenas de canarios cuya ropa de paisano no era la idónea para el lugar y la época.

Por supuesto los barracones carecían de calefacción e incluso del aislamiento mínimo que se supone a toda edificación. No había agua caliente en los servicios, ni siquiera en el edificio habilitado para las duchas. El frío era tal que varios días los pasamos encerrados en las aulas de teórica por imposibilidad de estar en el exterior.

Las consecuencias fueron, al parecer, funestas para más de una decena de canarios. Radio macuto, único órgano informativo que intentaba desvelar el secretismo con el que todo discurría, contó que murieron de pulmonía. Que no pudieron resistir el clima y las lamentables condiciones en que nos hicieron vivir durante dos meses largos. De mi barracón salieron dos con destino al hospital militar y no volvieron.

No puedo asegurarlo, la muerte de mis compañeros, porque radio macuto no siempre era creíble, pero en todo caso esa historia vivida en primera persona, el frío, el hacinamiento, la falta de libertad y el trato que recibimos en ese periodo ha saltado en mi memoria al ver los campamentos de refugiados en el centro de Europa cubiertos de nieve en medio de una ola de frío que está causando víctimas. Familias enteras alojadas en tiendas de campaña o chabolas en campos de refugiados cubiertos por la nieve y el hielo. Familias enteras provenientes, la mayoría, de un lugar en el planeta que tiene una temperatura media anual de casi 29º perdidos, mal alojados, inadecuadamente vestidos, en un lugar ajeno a sus vidas y a sus costumbres.

Creo que es el momento de la solidaridad efectiva, afectiva, inmediata, creo que es la hora en que esas prendas de abrigo que tenemos en nuestros hogares y que no usamos acaben abrigando el cuerpo de algún refugiado que lo necesite. Creo que es el momento de buscar las vías de ayuda, la piedad interior que nos ponga en marcha. Creo que es hora de cambiar el nombre de refugiados por el de seres humanos en dolor y en peligro.

«Creo que es el momento de la solidaridad efectiva, afectiva, inmediata, creo que es la hora en que esas prendas de abrigo que tenemos en nuestros hogares y que no usamos acaben abrigando el cuerpo de algún refugiado que lo necesite.»

Yo nunca he sido refugiado, pero mi experiencia, nada cercana, hace que reviviendo mi historia, una historia de poco confort y nulo respeto humano, me sienta cerca de ellos.

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