HIJOS DESNATURALIZADOS – PADRES CONTROLADORES

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Para hablar de hijos hay que hablar de padres, pero para hablar de hijos desnaturalizados hay que ver los motivos que les han llevado para alejarse emocional y moralmente de los padres, olvidando los valores de respeto y gratitud, pudiendo ser el resultado de una falta de comunicación, pero también de una comunicación tóxica o manipulativa,  de resentimientos,  de influencias externas, de la falta de reciprocidad en el amor que debería reinar entre padres e hijos, o de respeto a la individualidad de cada uno.

Fuente: istockphoto

Sólo imaginar que puedes perder a un hijo causa dolor, sin embargo, respecto de los hijos desnaturalizados no existe realmente una perdida y, de ser así, no esta todo perdido, a lo sumo, un distanciamiento que cualquiera que pueda ser la causa nos debe llevar a una reflexión, cual es aceptar, en primer lugar, la individualidad de cada uno, padres e hijos, especialmente en la edad adulta, donde cada cual tiene sus propios caminos, ideas y vida, lo que nos debe llevar a respetar sus decisiones, estén o no equivocadas.

elegir el camino

No se debe olvidar que no somos dueños de nadie, ni los padres de sus hijos, ni los hijos de sus padres, por lo tanto, hay que dejar fluir la vida de unos y otros, mostrando respeto y también amor, y a lo sumo, desde un diálogo con la intención de comunicarse y no de dominación, manifestar nuestra opinión y forma de ver las cosas, y cómo nos están influyendo; libre de todo chantaje emocional, buscando, si fuese posible, un acercamiento desde la vía de la comprensión, el consenso, pero sobre todo desde el respeto; respetando y haciéndonos respetar.

Hay quien exagera, con cierta histeria, quizá con la única  intención de llamar la atención más que de buscar una vía de encuentro, centrando sólo su actuación en juzgar  de una manera obsesiva la actuación del hijo o hija que se distancia, sin empezar por un autoanálisis, y olvidando que está ante una relación entre adultos, por lo que querer cambiar la forma de ser, pensar o actuar de los hijos, no deja de ser más que grave error. Como acostumbro a decir, cada uno es cada uno y sus «caudunadas», y quizá son estas últimas las que tenemos que cambiar.

La actitud más aceptable para liberarnos de emociones negativas es analizar de la forma más aséptica posible y libre de emociones, abandonando el papel redentor de los hijos descarriado, porque ya no es un niño o niña y tampoco un adolescente y, quizá porque, quien sabe, quienes tienen que cambiar realmente frente a tales hijos son los propios padres, o ambos a la vez o nadie; en todo caso, evitando entrar en el juego del chantaje continuo o de intercambios de conductas o exigencias y, después, protegiéndose emocionalmente, siendo esto último lo más importante.

Y, si realmente, después de dicho análisis continuamos con el pertinaz juicio de considerar que el equivocado es nuestro hijo o hija,  aunque así fuerse, debemos  darnos cuenta que en la edad adulta no somos quien para  convertirnos en guías espirituales o emocionales de nadie y, posiblemente tampoco de dar ejemplo, pues todos hemos cometido y seguimos cometiendo errores.

Sólo con nuestra conducta de amor y comprensión, y sobre todo respeto muto, se puede generar un cambio en nuestros hijos. Y, ante la posible perversión  en sus conducta de distanciamiento y falta de respeto, sea por el motivo que sea,  protegernos viviendo nuestra propia vida de una manera emocionalmente equilibrada, pues debemos aceptar que la solución ya no está sólo en nuestra manos y que, si los hijos, aunque equivocados, persistan en su distanciamiento, es una decisión libremente adopta, incluso aunque estén bajo la influencia de terceras personas con las que han decido compartir su vida, a no ser que éste hijo o hija adolezcan de alguna patología mental que si, así fuese, tampoco estaría en nuestras manos la solución si ellos mismos no quieren o no tienen la intención de cambiar o no ven la necesidad de hacerlo. Cada uno dirige su vida como le da la gana, y estén acertados o no, serán ellos quien finalmente paguen las consecuencias o se beneficien de ellas.

Sí, desde la empatía es de entender el sufrimiento de esos padres, pero también desde la misma empatía y honestidad personal hacia ellos, más  que darles una palmadita en la espalde de comprension y sentimiento compartido, hay que hacerles ver que la vida de los demás no está en nuestras manos, máxime cuando hablamos de personas adultas y libres; por lo que, sólo nos queda seguir viviendo y admitir que la vida en una encrucijada de caminos, un damero de blancos y negros, y que todo lo que está arriba puede estar  abajo y, por consiguiente,  todo pueda cambiar con el tiempo. De manera que si no vivimos o no queremos vivir, o nuestra vida de redentores, con o sin causa, sólo tiene como misión  echar la culpa a los demás, seremos los únicos responsables de nuestra propia desgracia, y no nuestros hijos por vivir su vida, equivocadamente o no.

Por lo tanto,  no empeñemos y malgastemos nuestro tiempo en cruzadas salvadoras de almas perdidas y de recate de hijos pródigos, porque intentar cambiar a cierta edad a los demás es una perdida absoluta de tiempo. Somos nosotros lo que debemos cambiar o al menos defender nuestro espacio frente a cualquier tipo de agresión externa, tanto de nuestros hijos como de cualquiera que con su actitud quiera o pretenda hacernos daño y, si decides asumir el papel de martír, no te quejes por ello. Tú lo has elegido.

 

1 COMENTARIO

  1. Un gran artículo.
    Yo comparo ser padres con ser buenos jardineros. Somos responsables directos en un noventa por ciento de la fortaleza o debilidad del arbolito plantado.

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