Siento la sacudida. Salgo corriendo hacia el mar, disfrutando de la lluvia fría que me golpea el cuerpo y de ese olor a ozono que me enciende la sangre. Los fogonazos de los rayos estampándose en el mar y el ruido de los truenos a mi alrededor hacen que la noche se convierta en una especie de parque lumínico.

Me tropiezo y me caigo. El golpe de dolor me saca de la ensoñación. Tengo frío, me duele mucho una pierna y sangro bastante. Intento serenarme, respiro hondo, pienso en cosas tranquilas. Debo volver.
Un nuevo rayo se estrella contra el mar y genera un estrépito que rasga el aire. Olvido el frío y el dolor, vuelvo a avanzar hacia el mar, cada latido de mi corazón retumba en la herida.
Queda poco para la puesta de sol. ¿Por qué no vuelvo? ¿Qué me hace seguir? No lo sé, no es nada concreto. Una llamada que viene de un tiempo muy lejano. La tormenta arrecia, el agua se escurre por mi cara y se me mete en los ojos, casi no puedo ver.
Llevo más de media hora bajo el aguacero. Paro, creo que me he desorientado, posiblemente en algún desvío de los caminos que llevan hacia el mar. Debería volver. Pienso en que mis padres se preocuparán, apenas llevamos dos días aquí, saben que no conozco a nadie y me he ido sin despedirme. Seguro que lo relacionan con mi obsesión por venir de vacaciones a una zona en la que nunca hemos estado. Busco el móvil para mandarles un mensaje, pero no lo encuentro, se ha debido caer. No importa. Vuelvo a correr hacia el mar.
Parece que la tormenta amaina un poco, empiezo a poder distinguir algunas formas. Bajo por una senda rodeada de pinos, estoy seguro de que el mar está ya cerca, oigo las olas y el olor a sal empieza a sustituir al de tierra mojada. Ya no puedo correr, empiezo a andar rápido arrastrando la pierna.
¡Por fin veo el mar cerca! En la costa abrupta puedo distinguir una península no más grande que un campo de fútbol, sé que tengo que ir allí.
Cada vez llueve menos y hay más luz, he llegado al istmo y empiezo a subir a la cima de la península. Empiezo a distinguir piedras diseminadas por el suelo, me doy cuenta de que son ruinas de algún poblado celta. Recuerdo algo sobre un castro celta, creo que se llamaba Castro de Baroña.
Paro a coger aire y me doy cuenta de que ha dejado de llover. Las nubes se van abriendo y el sol que se va empieza a reflejarse en el mar mostrando un camino amarillo que invita a seguirlo.
Busco un punto alto para poder verlo mejor y la veo. Está sentada de espaldas a mí mirando hacia la puesta de sol. Tiene el pelo empapado, pero puedo adivinar su color cobrizo y sus largos rizos. Me acerco despacio, no sé si decirle algo o hacer ruido para que sepa que hay alguien y no se asuste. Pienso que esto es un déjà vu, que ya lo he vivido antes. Pero sé que es imposible, es la primera vez que venimos a Galicia.
Avanzo despacio, siento una punzada de dolor en la pierna, pero no le doy importancia. El color atardecer y el perfil de la chica eclipsan la puesta de sol. Instintivamente busco el móvil, no lo encuentro y fugazmente recuerdo que lo he perdido. No importa. Sigo avanzando, está a menos de diez metros. Debería decir algo o hacer ruido, pero no se me ocurre nada.
Me acerco más, me fijo en que lleva una túnica de lana marrón con broches dorados. En el cuello tiene un torque de bronce con adornos y unos brazaletes a juego adornan sus brazos. Aunque es algo que me debería sorprender no lo hace.
Comprendo al fin que no he venido: me han traído siglos de memoria que late bajo mi piel. Su olor me evoca panes de horno y chisporroteos de hogueras que no he vivido. No son recuerdos míos y, sin embargo, me pertenecen.
Gira el rostro. Su mirada, verde y honda, se cruza con la mía; su sonrisa hace que mi corazón pulse al compás del suyo. Sé que la he visto: un eco de madera vieja y hierro oxidado me roza la memoria, pero no sé dónde. Las lágrimas saladas me escuecen, pero las dejo correr. Me coge la mano y vuelve a mirar la puesta de sol. «Llevo esperándote cuatro mil años, he contado cada ola desde que partiste, has tardado en volver».






Qué relato más hermoso!!!
Me ha encantado. Cuánto expresa en poco texto!
Me intriga saber cómo acaba…; Leer la narración completa.
Los buenos narradores siempre quedan al lector con ganas de más. Este artículo, sin duda, está escrito por uno de ellos.
¡¡Muchas gracias por el comentario!! Me alegra mucho que te haya gustado. Y también muy agradecido por el piropo al narrador. Quizás el relato termine en algo más largo, ya me pasó con uno que tengo publicado aquí (Paz interior) que ha desembocado en una novela que estoy terminando.