HACIA UNA EMPRESA MÁS HUMANISTA

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Casi al terminar las dos primeras décadas del siglo XXI, es evidente que el capitalismo ha fracasado como sistema social. Hoy el mundo está inmerso en el estancamiento económico, la financiarización, el desempleo masivo, el subempleo, la precariedad, la pobreza, el hambre, y la desigualdad más extrema de la historia. Desde el punto de vista ecológico vivimos una planeta amenazado por una “espiral de muerte.” (1)

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Aunque es cierto que el sistema de producción capitalista estuvo encaminado en sus orígenes a coadyuvar que los individuos forjasen una vida para satisfacer sus propias necesidades, en cuanto que son los más capacitados, por encima del gobierno, para organizar el sistema productivo con el fin de avanzar socialmente, permitiendo a la empresa autorregularse dentro del libre mercado, donde los consumidores se inclinan al consumo o prestación de servicios al  mejor precio, fomentando de esta manera, una mayor variedad de productos dentro de cada mercado o industria; sin embargo, se puede afirmar que actualmente está en crisis.

Un sistema que permitió depués de la segunda guerra mundial la reconstrucción y un crecimiento económico, logrando de esta manera la recuperación económica y la paz, alcanzando los países implicados el nivel más alto del PIB anterior al conflicto bélico mundial, fruto de la cooperación entre ellos y la ausencia de medidas revanchistas, pronto hizo necesario la intervención de los gobiernos para proteger la inestabilidad de los mercados y, así mismo, la reivindicación de los  partidos de izquierda para evitar abusos de uno de los elementos que junto al capital es necesario para el funcionamiento de la empresa, los trabajadores, reclamando subida de salarios, pleno empleo, estabilidad de precios y, otras medidas que, con su excesivo proteccionismo llevan culpar al empresario de todos los males del sistema.

El citado intervencionismo de los gobiernos, hacen que los Estados desarrollen nuevas políticas macroeconómicas, creando empresas públicas que, junto a la nacionalización de determinados sectores productivos y de servicios básicos, a través de políticas fiscales y de rentas, contribuyeron al estado de bienestar, aunque amenazado siempre por las diferentes crisis económicas por la desconfianza del sistema monetario internacional provocando alzas de precio en las materias primas y en la producción energética, fundamentalmente, con el consiguiente desequilibrio de los importadores frente a los exportadores que, unido a la globalización ha provocado nuevos mercados con apropiación de enormes excedentes económicos por la sobreexplotación del trabajo con bajos salarios, generando grandes corporaciones multinacionales en manos de multimillonarios, así como al crecimiento de Estados que se han convertido en auténticas reservas de productos y servicios, como lo es China, curiosamente comunista, que bajo los llamados mercados libres han bloqueado la inversión productiva, consiguiendo que la especulación financiera haya creado burbujas que han explotado de forma inevitable.

 

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Una creciente desigualdad en los ingresos y la concentración de la riqueza ha degradado las condiciones materiales de la gran mayoría, con salarios para los empleados estancados frente a un brutal inflacionismo.

Por otra parte, el crecimiento de la desigualdad y de la riqueza han sido justificados como necesarios para la innovación, beneficiándose unos pocos con los avances producto del conocimiento colectivo acumulado por muchos años.

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Muchos piensan que la respuesta al neoliberalismo como política económica que tiende a reducir al mínimo la intervención del Estado que en gran medida ha llevado al fracaso del sistema capitalista, debe pasar por un retorno al estado de bienestar mediante la regulación del mercado, a través de alguna fórmula de democracia social limitada, lo que se traduciría en un capitalismo más racional; mientras que en la radicalización extrema hacia el otro lado se sitúan los que defienden un socialismo intervencionista.

Quizá la salida se encuentre en figuras más colaborativas dentro de la empresa, con un mayor equilibrio entre costes y beneficios, entre mano de obra y capital, lo que podríamos tildar de una empresa más humanista, consistente con la igualdad sustantiva, la solidaridad comunitaria y la sostenibilidad ecológica, unión y no división de las fuerzas del trabajo. En definitiva, un desarrollo humano sostenible que requiere urgentemente que la actividad creativa y productiva se utilice para los valores de uso y no para los valores de cambio del mercado.

Lo cierto es que, aunque el capitalismo pueda tildarse de un sistema fallido, la respuesta populista de transformación revolucionaria, sugiriendo su ruptura y desintegración como un régimen innecesario y destructivo, constituye tal falacia, que lleva a muchos olvidar que junto a la mano de obra, el capital es necesario, con la perspectiva del riesgo empresarial de quien invierte en la creación de empleo.

1 George Monbiot, “La Tierra está en una Espiral de la muerte. Se necesitan medidas radicales para salvarnos”, Guardian, 14 de noviembre de 2018; Leonid Bershidsky, “El subempleo es el nuevo desempleo”, Bloomberg, 26 de septiembre de 2018.

 

 

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