HACIA LA PLENITUD DEL SER HUMANO

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Imagen Ediciones Plazabierta
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Hay libros que nacen de una pregunta, otros de una respuesta y algunos, quizá los menos frecuentes, de un camino. A esta última categoría pertenece una obra concebida no para ofrecer verdades definitivas ni métodos de perfección espiritual, sino para compartir una experiencia interior y proponer al lector un espacio de reflexión sobre su propia construcción como ser humano.

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Su punto de partida es una idea sencilla: el verdadero crecimiento no consiste únicamente en acumular conocimientos, sino también en desprenderse de aquellas certezas que impiden continuar aprendiendo. Toda búsqueda auténtica acaba conduciendo hacia el interior y llega un momento en que la cuestión deja de ser dónde encontrar la luz para convertirse en algo más exigente: qué hacer con ella cuando comienza a iluminar el camino.

La luz aparece así como símbolo del conocimiento, la conciencia y la rectitud, pero nunca como una propiedad o un privilegio. Sólo adquiere verdadero sentido cuando se transforma en responsabilidad. De poco sirve iluminar el propio camino si esa claridad no permite comprender mejor a quienes lo comparten, escuchar antes de responder, evitar el juicio precipitado o actuar correctamente incluso cuando nadie observa.

Inspirado en el simbolismo y la tradición iniciática de la masonería, el libro adopta en buena medida la forma de las denominadas planchas masónicas, entendidas como instrumentos para abrir conversaciones antes que para establecer conclusiones. El símbolo ocupa un lugar fundamental porque permanece mientras cambia quien lo contempla: una misma imagen puede adquirir significados diferentes conforme avanzan la experiencia y la vida.

Sin embargo, no es necesario conocer la masonería para acercarse a estas reflexiones. Sus grandes asuntos pertenecen a la condición humana: la fraternidad, el silencio, el dominio del ego, la responsabilidad derivada del conocimiento y la permanente tarea de mejorarse para contribuir también a mejorar el mundo.

La propuesta cobra especial significado en una sociedad paradójicamente saturada de información y necesitada de reflexión. Nunca se han conocido tantos datos y, al mismo tiempo, quizá nunca haya resultado tan difícil encontrar espacios para el silencio. Las opiniones se multiplican mientras disminuye la escucha, y la inmediatez amenaza con sustituir a la contemplación. Frente a ello, estas páginas invitan a detenerse, no para apartarse del mundo, sino para regresar a él con una mirada diferente.

En ese camino aparece también la conciencia de la imperfección. La tradicional piedra bruta masónica simboliza una tarea que nunca puede considerarse completamente terminada. El progreso no reside en alcanzar una perfección imposible, sino en mantener vivo el esfuerzo por aproximarse a ella.

Y sobre todo aparece la fraternidad, entendida más allá de cualquier institución como una manera de contemplar al otro. La iniciación pierde su sentido si queda encerrada dentro del Templo. Los símbolos únicamente adquieren valor cuando se convierten en actos y la luz demuestra su existencia cuando alcanza las decisiones cotidianas.

Porque la verdadera luz no consiste en ver más lejos que los demás, sino en aprender a ver mejor, comprender con mayor profundidad y caminar con la humildad suficiente para tender la mano a quien todavía avanza entre sombras.

Amparo Perianes. Prologuista del Libro.

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