¿HACIA DÓNDE NOS DIRIGIMOS?

2
22046
99

 

 

No sé si usted, estimado lector, ha tenido últimamente la sospecha de que el mundo se ha ido al carajo. Si no la ha tenido, enhorabuena: es usted político, influencer, o idiota funcional. O todas a la vez, que últimamente coinciden. Pero si aún guarda un rincón lúcido en la azotea, habrá notado que la humanidad navega a toda máquina hacia no se sabe dónde, sin timón, sin brújula y, lo que es más grave, sin una mísera copa de coñac para digerir el naufragio.

Imagen aportada por la autora del texto

Hablamos, cómo no, del espectáculo diario. Un planeta donde las guerras ya no son conflictos entre naciones, sino reality shows con drones, propaganda en TikTok y cadáveres pixelados para que los niños no se impresionen. Las bombas son inteligentes, pero los líderes no. En Gaza, Ucrania, Sudán o donde toque esta semana, mueren civiles como si fueran estadísticas. Y nosotros, desde el sofá, les enviamos pensamientos y oraciones mientras actualizamos el feed en busca del siguiente escándalo indignatorio.

¿Y qué decir de la inteligencia artificial? Una maravilla, dicen. Ya escribe novelas, compone sinfonías, diagnostica cánceres, y, lo más preocupante: reemplaza escritores. Usted y yo estamos siendo sustituidos por un algoritmo con menos escrúpulos y mejor gramática. Una IA no duerme, no protesta, y jamás pide aumento. Es el becario ideal. El problema es que ya no sabemos si el poema que nos hizo llorar lo escribió un humano o una tostadora con conexión wifi. La emoción ha sido mecanizada.

Mientras tanto, las redes sociales han hecho lo que ni Stalin consiguió: idiotizar al mundo entero en tiempo récord. Las masas no se levantan por la libertad, sino por el último vídeo viral de un gato que canta flamenco. La democracia ya no se mide en votos sino en “likes”, y el pensamiento crítico es un molesto accesorio que estropea el algoritmo. Antes el pueblo temía a la censura; hoy la aplaude si viene con filtros de Instagram y lenguaje inclusivo.

Vivimos en la era de la indignación exprés: todo el mundo tiene una opinión, pero nadie tiene memoria. Las causas se suceden como modas. Hoy toca Palestina, mañana el Orgullo, pasado el cambio climático. Y entre tanto, seguimos consumiendo plástico, votando a criminales y celebrando la idiotez como si fuera una virtud. La estupidez ya no se esconde: lleva traje, cobra subvención y da conferencias TED.

El desorden mundial ya no es una amenaza: es un modelo de negocio. Las élites financieras juegan al Monopoly con los estados mientras nosotros discutimos si Blancanieves puede ser trans y si la Sirenita era negra o solo estaba bronceada. Como dijo alguien con más sentido común que seguidores: “La humanidad no se extinguirá por las bombas, sino por los hashtags”.

Pero no todo está perdido. Aún hay una mínima posibilidad de redención, y no, no está en el metaverso. Está, quizá, en recuperar el coraje de pensar, de leer, de desconectarse una tarde para mirar cómo la luz cae sobre un libro viejo o un vaso de vino. Está en enseñarle a un niño a distinguir entre una opinión y un meme. Está en mirar con sospecha al poder, venga disfrazado de presidente, de CEO o de youtuber vegano.

¿Hacia dónde nos dirigimos? Pues depende. Si seguimos entregando la conciencia a la máquina, el alma al algoritmo y la voluntad al trending topic, no tardaremos en llegar al paraíso perfecto de los idiotas: ese lugar donde nadie se ofende porque nadie dice nada que valga la pena. Un mundo limpio, estéril y obediente, como un hospital psiquiátrico con wifi.

Pero si, por un milagro, queda en nosotros un poco de rebeldía, un resto de ironía, un escupitajo de sentido común, entonces aún podemos dar un volantazo. No hacia atrás —la nostalgia es peligrosa—, pero sí hacia lo que de verdad importa: la verdad, la belleza, la duda, el humor. Y sí, el coñac.

Mientras tanto, y como dijo el clásico: “Apagad la luz al salir”. No por ahorrar, sino por decencia.

 

2 COMENTARIOS

  1. Creo, Mapi, que aún no hemos llegado al carajo. Pero la sociedad en general está haciendo un gran esfuerzo por conseguirlo.

    Quizá no nos sea posible (a cada uno de nosotros) evitarlo. Pero, desde luego, sí está en nuestras manos contribuir —aunque sea mínimamente— a ello.

    Señalas en tu estupendo artículo varias síntomas de esa marcha “carajil”. Bien: evitemos sumarnos a ellas. Y no nos cortemos un pelo en manifestar, pública y privadamente, nuestro disenso cuando en nuestro entorno se produzcan esos hechos a los que aludes.

    Desde luego, me sumo a tu invitación a la contemplación, a la lectura reposada, a largos ratos dedicados a pensar y otros, más largos aún, a debatir con amigos sobre ideas, alejando el chascarrillo o el comentario sobre hechos y personas.

    Saludos.

    1
    0
  2. Gracias por su comentario, lúcido y generoso. Coincido: aún no hemos llegado del todo al carajo… pero vamos con el GPS activado, sin cinturón de seguridad y con el copiloto tuiteando. Eso sí, lo hacemos con estilo, que siempre es lo último que debe perderse antes del colapso civilizatorio. Tiene usted razón, no podemos evitarlo todo, pero sí podemos evitar sumarnos al coro de los zombis sonrientes. Y si además lo hacemos con un libro bajo el brazo y un poco de escepticismo bien afilado, algo habremos salvado del naufragio, aunque solo sea nuestra dignidad personal.
    Gracias por sumarse a la defensa de la conversación lenta, del pensamiento incómodo y de la impopular, pero necesaria, costumbre de pensar antes de opinar. Puede que no ganemos, pero al menos no aplaudiremos mientras prenden fuego a la biblioteca.
    Un abrazo fuerte.

    1
    0

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí