HACE VEINTE AÑOS

 
 

 
Cada vez que vuelvo a mi ciudad suelo pasar por una calle desde la que siempre veo aquella ventana pequeñita, redonda y roja. Siempre la miro porque al verla retrocedo en el tiempo por un instante, sonrío y continúo caminando comprimiendo un pensamiento que parece que no se borra, o no quiere irse.
Fue hace mucho tiempo, la palabra feminismo sonaba a superioridad femenina, había manadas pero no salían en la tele, había violencia hacia la mujer, pero no era violencia, se silenciaba con amenazas, las mujeres, como hoy todavía, cobraban menos que los hombres. 
Esa ventana daba a una habitación abuhardillada donde compartí por primera vez cama con una chica. Todo iba a ir genial.
Nos metimos en la cama, todo estaba yendo genial. Todos mis amigos ya lo habían hecho y yo sentía que esas larvas que arañaban a su paso por mis entresijos saldrían catapultadas por aquella ventana pequeñita, redonda y roja convertidas en mariposas multicolores a la mañana siguiente.
Y entonces ella, como despertando de una pesadilla, abrió sus ojos y volcó en mí un empujón en forma de aire.
¡PARA!
Yo me asusté y paré. Le pregunté si todo iba bien y ella respondió con el mismo imperativo.
Paré y, sin saber qué había hecho mal, en silencio, me aparté. Innato.
Dormimos hasta el día siguiente.

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