HABLANDO CON EL ALMA

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Una taza de té humeante, las palabras impresas de un inmortal fallecido, el tic-tac del reloj de pared, la lluvia y el viento detrás de la ventana, una mesa de camilla muy cálida, el sillón preferido que es regazo de madre…

Hay momentos que se saborean sorbo a sorbo y despacito, con la calma del alma, con el confort de la paz. Hay momentos que son de vida verdadera, sencilla; momentos donde sabes que lo tienes todo, aunque nada te pertenezca para siempre y nadie te acompañe. La vida son sólo momentos.

Dejarse mecer por la paz del alma es estar viviendo, aunque el recuerdo duela, aunque las imágenes del proyector del ego insistan en que veas una película de terror. Dejarse mecer por la paz del alma es recordar lo que dijo un viejo monje a su discípulo: “Eres el cielo, no las nubes que pasan”.

Sí, el cielo azul intenso de la clara conciencia del testigo impertérrito que siempre te acompaña, que nunca te juzga, que ve con claridad y aun así no te aconseja; sólo te muestra la verdad, que quizás no quieras ver.

Hay momentos de té humeante que dejan huella, que impregnan el ánimo de una dulce energía renovadora, valiente, pero serena. Son momentos donde una vela brilla con una elegante llama que se mece en un contoneo dulce, bailando con tus sensaciones. Una vela que te habla, una vela con la que conversas; le preguntas y ella responde con un sí, un no, o un quizá…

Son sólo momentos que la vida va acumulando como viejas fotos en la memoria del tiempo en ocre; momentos que nos acompañan y nos recuerdan que aun en las peores circunstancias, cuando la rendición valiente llega, se puede encontrar la paz.

Mi ventana está llena de gotitas de lluvia, mi té sigue humeante, el aroma del incienso me embriaga; todo me enciende el alma. Todo me hace sentir al testigo impertérrito que habita en el cielo azul intenso, observando nubes pasajeras, sabiendo que el sol que las arrancó del mar es hermano del viento que las empuja y las hace llorar a la tierra.

Lagrimas de mar sin sal que esponjan los campos y hacen brotar las semillas que serán cosecha. Lagrimas nuevas, renovadas, pero eternas.

No cambio este instante por nada en el mundo. Este instante soy yo hablando conmigo; este instante está en mí desde siempre, aunque se esconda y me cueste encontrarlo, aunque deban ser las palabras impresas de un ilustre clásico fallecido las que me ayuden a ver con mi mirada, con la mirada del alma.

Ha salido el sol, el cielo azul intenso se deja ver a trocitos entre las nubes. Él, el cielo, sabe quién es, sabe de su poder; por eso comparece ante el mundo sin decir nada; no le habla al viento, ni al agua evaporada; pero le encanta mirarse en los lagos en calma.

Sí, mi testigo es el cielo azul intenso, apacible, impertérrito, silencioso; de un silencio eterno, que contiene todas las notas musicales, que aloja todos los sonidos de las voces que fueron, son y serán sobre la tierra o sobre el espacio entero.

A veces, cuando sale el sol por un ratito no me gusta; porque el gris es el color de lo neutro, de la calma, de la ventana llena de gotitas de agua; es el color que hace brillar con mucha intensidad la luz de mi vela, la luz de mi alma.

Mi alma necesita de la media luz; ella no gusta del espectáculo, es discreta, con la potente fuerza de lo tenue que se escapa por la rendija, desde la que se vislumbra apenas un rayito de claridad, que si se muestra entera cegaría todas las visiones. Ella es hija, como las demás almas, del Alma Primigenia.

Quiero en mi vida muchos de estos momentos; aunque de sobra sé que para lograr la paz primero debo haber sentido hambre de ella; primero debía instalarse en mi ánimo la zozobra que da la incertidumbre de no saber. Dijo el Maestro: “La verdad os hará libres”; y ¿Dónde está la verdad? La verdad, me respondo, está sentada sobre la paz en este instante.

Ya no queda en mi taza ni un sorbito de té, la vela sigue con su bailecito, con su tintineo, el reloj con su tic-tac, las palabras impresas de este inmortal han calado hondo en mi ánimo; pero, como todo lo bueno y todo lo malo, es un instante eterno en mi memoria dormida, esa que acuna el tiempo.

Vuelve la luz a mi estancia y me despierta a esto que llamamos realidad, a esto que llamamos vida, a esto que yo llamo cuarentena. Ese tiempo donde todo debe renovarse, ese retazo de vida aparente lleno de sombras vestidas de luz artificial; donde se anhelan las tierras fértiles que esperan tras la travesía del desierto; donde la luz verdadera se arropa con una capa de sosegado gris…

Volveré a esta mesa “de camilla”, me sentaré de nuevo en el regazo de este confortable sillón, me dejaré embriagar por el aroma del incienso y la luz de una vela embelesará mi pensamiento, habrá también una taza de té humeante…; unos sorbos de paz bañados por la dulce y tenue luz de un espacio gris, donde el alma discreta se asoma a conversar conmigo y con ese inmortal al que leo y que me dice:

“Más que mil palabras inútiles, vale una sola que otorgue paz” (Siddhara Gautama, el buda histórico).

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