Este es el primer artículo, y espero que no sea el último, de una nueva serie que he decidido titular “Hablando con el Alma”, aunque seguiré también con “trazos y segmentos”.

Sí, ¿Cuándo es el momento perfecto? ¿En qué circunstancias es conveniente actuar? ¿De qué, de quién o de quiénes debemos hacer caso para decidir si es ahora?
La razón nunca me da la razón, pero yo no le hago ni caso; hace mucho que no lo hago en las cosas trascendentes… Siempre que he dado en la diana lo he hecho de un golpe y a por todas, pase lo que pase y pese a quien le pese, procurando ser justa con los demás. Eso sí, el salto lo he dado después de años de dar muchas vueltas a las ideas. Así soy yo y no sabría decir por qué; pero sí sé decir, echando un vistazo a mi no corta vida, que mis mejores momentos y mis mayores aciertos han nacido de ese impulso instantáneo, del que intuyo la verdadera procedencia.
Cuando, como la manzana madura, caí del árbol, de un tajo corté lazos, emprendí caminos, dejé cosas y circunstancias que no me convenían y me atreví a mirarme con otros ojos.
La vida tiene muchos recovecos donde nos escondemos por tiempo indefinido y también tiene salidas de tono del destino que nos cogen desprevenidos, pareciendo que un sinsentido lo dirige todo; como si las leyes de la física clásica no se pudieran extrapolar a esta existencia; como si las fuerzas que lo rigen todo no estuviesen perfectamente coordinadas en empuje y retroceso.
¿De dónde procede esa fuerza que nos hace emprender un nuevo camino y no mirar hacia atrás ni para coger impulso? ¿De dónde nos viene la inspiración para saber que ese, y no otro, es el momento, el lugar y la acción adecuados?…
¿Por qué damos tantas vueltas para hacer aquellas cosas que nos gritan las ganas? ¿Por qué somos tan esquivos con las llamadas de la libertad? ¡Qué palabra tan hermosa: LIBERTAD!; pero, ¿existe en el mundo algo más aterrador que darle la mano a la dama de la antorcha? A mí me daba mucho miedo cogerme de esa mano, aun así, cada vez me va dando menos; quizás porque sé que, también cada vez, me va quedando menos tiempo.
A propósito del tiempo y de la longitud de éste en nuestras vidas, ayer leía un pensamiento: “Nunca he sido tan viejo como lo soy hoy. Nunca volveré a ser tan joven como lo soy hoy”. La verdad es que el tiempo es puro presente; el punto cero donde todo, absolutamente todo, converge. La eternidad no tiene principio ni fin.
Querer abarcar lo inabarcable -el océano en la concha de nuestra mente- es muy pretencioso y osado; pero fantástico, apasionante y genuinamente LIBRE. Me encanta recrearme en imágenes de eternidad. Pensar que existen otras vidas en las que siempre soy yo en distintas formas, pero con mi mirada.
Desde que recuerdo he imaginado los días de la semana como cubos puestos en línea de distinto tamaño y color. Los domingos son el cubo más alto; los lunes los segundos en altura; los martes quedan los terceros; el miércoles sube un poco de estatura con respecto a los martes sin llegar a los lunes; el jueves tiene la altura más equilibrada y perfecta; el viernes, no sé por qué, es el más bajito; los sábados comparten pódium con los lunes. Si os habéis dado cuenta, sólo son singulares, para mí: el miércoles, el jueves y el viernes.
Eso que he descrito más arriba es mi forma de ver el tiempo, que nuestros ancestros romanos, inspirados por los griegos, dividieron en días dedicados a las luminarias celestes. Igualmente imagino como cubos los meses del año y los años de la vida…
Me pregunto: ¿cómo los demás seres, no sólo los humanos, imaginan o perciben el tiempo? y me siento sola cuando intuyo que ningún otro ser lo ve como yo. Aun si lo describiesen de la misma forma, ¿cómo estar segura de que esa forma, al igual que los colores, son los mismos que yo veo? El nombre que se les otorga a las formas y colores coinciden; pero jamás sabré si la percepción y la imagen son las mismas.
De pequeña me hacía una pregunta repetitiva, tapándome la cabeza con la ropa de mi cama: “¿Quién soy yo, quién soy yo…?” Era terrorífica esa pregunta por la soledad que percibía en la respuesta.
A los treinta y tres años, tras la pérdida de una hijita antes de nacer y a pesar de que ya tenía dos hijos, tuve una fuerte depresión, sin que apenas nadie la notara, que duró dos años, tiempo en el que concebí y di a luz a mis dos preciosos gemelos (ellos me curaron). La depresión no me dejaba ver la vida con mis ojos; como si una desconocida se hubiera instalado en mí. Envidiaba a los más desgraciados, porque al menos ellos se tenían a sí mismos…
A veces, por escasos instantes, vuelve ese terrorífico sentimiento de haberme perdido, de sentirme “no yo”; pero precisamente al renacer de esos instantes y volver a ver con mi mirada estoy segura de que soy un ente que existe de forma individual; quizás, como lo hizo Descartes en su “Cogito ergo sum” -salvando la distancia intelectual, a su favor; aunque no la álmica, que ahí somos todos agua de la misma fuente-.
Buscar nuestra mirada desesperadamente es tan terrible como que tu hijo pequeño desaparezca por unos minutos de tu vista y se halle perdido. El abrazo del reencuentro es tan emocionante, intenso, aliviador… Ahí, y sólo ahí, se sabe cuánto nos amamos a nosotros mismos; de igual manera como las madres amamos a los hijos.

Vivir desde lo que somos es estar en el momento perfecto, ocupar el lugar perfecto y haber elegido la acción perfecta; algo que no puede hacer nuestra razón, porque no es perfecta. Este desahogo comenzaba con una pregunta: “¿Cuándo es el momento perfecto?” y parece lógico contestar: AHORA; pero no es la respuesta correcta. La respuesta correcta, para mí, es: SIEMPRE; siempre que esa fuerza misteriosa nos empuje.Ç
¿Acaso no coinciden en un mismo punto cero la quimera del comienzo y el fin de ese tiempo que divido en cubos…?
Cuando la verdadera fuerza nos impele no debería haber fuerza que nos frene.




