Si nos acordáramos de las matemáticas que estudiábamos en el bachillerato (esto para los de letras; los de ciencias se acordarán), sabríamos que: cualquier base de una potencia – excepto la base cero- elevada al exponente cero es igual a uno (lo que es lo mismo: cualquier número real, que no sea cero, elevado a cero es uno).
Aº = 1 – donde A no = 0
¿Por qué me pongo un tanto pedante con lo anterior? Pues no por aburrir, sino por una simple extrapolación de ideas que se me ocurren:
Si una persona, tomemos como ejemplo, mi persona (No por nada, sólo que me tengo más cerca para la observación), eleva sus expectativas a nada o lo que es lo mismo a cero, la ecuación queda así: Aº = 1 – donde A no = 0 – (utilizo el “álgebra”, que me permite el teclado, para fijar el concepto). ¿Qué quiere decir esto en términos de prosperidad humana?; pues quiere decir lo siguiente:
Conformarme con el “uno” que ya soy (en este punto imaginario del espacio/tiempo), poniendo como excusa: ¿Para qué más?, ya tengo mi vida hecha…; es irme desgastando poco a poco; quedando de mí lo que fui ayer, que se va borrando, minuto a minuto, de mi memoria.

Si soy información y la información que sobre mí tengo son mis experiencias del pasado con los datos que mi cerebro archiva, aunque esos datos siempre estén en la “nube de los registros universales” (no me refiero a la nube de internet) o en mi subconsciente y me configuren, como uno, en realidad, para mi consciente, yo voy a dejar de ser quien fui; porque se me irá borrando ese “yo” de la memoria, poco a poco.
Por esa razón, es tan importante elevar nuestras expectativas futuras a un exponente cada vez más alto, tanto como nos sea posible. Debemos ser seres en continua evolución e irnos configurando de manera que sumemos a ese uno, que ya somos, otros muchos unos que, metidos en un paréntesis, vayamos elevando a potencias sucesivas.
La ecuación de nuestras expectativas debería ser: (A+A+A) elevado el paréntesis al cuadrado, al cubo, a la cuarta… Eso nos daría como resultado un número tal que casi ilimitara nuestras posibilidades en esta vida.

Sé que parece una obra titánica y que el sofá, las pantallas o la cama atrapan a veces con tenacidad; pero, el que propongo, es un esfuerzo que se puede acometer y, por experiencia, he comprobado que, cuanto más se hace, más se quiere. Esa regla se cumple también con signo negativo y lo malo es que, en este caso, la ecuación sería: A – A = 0.
Cuando hablo de hacer, teniendo ya “la vida hecha”, me refiero a hacer todo aquello que nos apetezca y nos sume a números positivos; es decir, comenzar de nuevo en lo que nos sea satisfactorio y nos rinda beneficios, sin disminuir injustamente los ajenos. En definitiva: vivir con intensidad el tiempo que nos reste, porque ya hemos aprendido que un sólo segundo puede cambiarlo todo.
Si ya se ha reflexionado lo suficiente y aun así no se ha entendido – quiénes somos, para qué estamos aquí, de dónde venimos, ni qué nos espera después de esto…-, lo lógico, pienso yo, es, al menos, dejar que nos abrace la vida en su danza de bucle, llevándonos a un futuro desconocido, que, por ende, nos debe mantener expectantes, apasionados y activos (seguir utilizando la razón, sí; pero sobre todo para hacer realidad los sueños).
Descansar de la vida es morir. Los buenos descansos se hacen después del almuerzo en una agradable siesta y, por supuesto, en el sueño nocturno y reparador; el resto de las horas, debemos estar moviendo las ideas, las manos, el corazón, las piernas…, el esqueleto entero.
No me gusta trabajar, nunca me ha gustado; será que mi profesión no es mi pasión, aunque me ha ofrecido una vida cómoda y tranquila (espero mi jubilación como un gran premio). Considero trabajo a todo aquello que se hace sólo por una contraprestación económica y considero actividad enriquecedora a todo aquello que se hace con pasión, aunque no exista esa contraprestación o merme en algo nuestra economía.
Hablando de economía: economizar el tiempo que nos queda, gastándolo muy poco en actividades banales, nos hace muy ricos. Aprender a decirnos a nosotros mismos y a los demás un “NO” elegante, pero muy grande, cuando se trata de realizar esfuerzos que no nos dan satisfacciones, es muy necesario (siempre, claro está, que no contravenga nuestra obligación).
La vida nos parece muy larga al estarla comenzando. Cuando en expectativas nos va quedando menos por vivir que lo vivido, el tiempo es el mayor de los tesoros y como ya sabemos que él depende de la velocidad, es muy sabio estar en movimiento y darle la razón a “Alberto el Relativo”, moviéndonos tan rápido como nos sea posible.
Por supuesto, cuando me refiero a movernos rápido, quiero decir: ir sin vacilación a por todas aquellas experiencias agradables que nos nutran las ganas de vivir y, por ende, la salud y el bienestar; como siempre, sin injusto perjuicio ajeno.
Para unos, será viajar a lugares exóticos; para otros, a ciudades europeas cargadas de historia; habrá quienes vean el jardín de su casa o los jardines de su ciudad como un paraíso; algunos consideramos que, en medio de una dehesa de fuertes encinas, reventando de flores en primavera, por la que circulan limpios arroyuelos, ya hemos encontrado la puerta hacía el nirvana. ¿Gustos?: la diversidad del espíritu humano.
Aun lo anterior, el movimiento no es sólo moverse o caminar… Para quienes no puedan hacerlo, existe el viaje más apasionante de todos: el viaje interior. A veces la vida a los más fuertes puede privarlos de movimiento físico; para, precisamente, ser seres avanzados en ese viaje hacia los confines de lo que realmente somos.
Esto ha sido una conversación con mi alma, que comparto con quien haya llegado hasta aquí leyendo, lo que agradezco. No he querido dar consejos, pero ahí quedo mis sugerencias álmicas por si a alguien le sirven.

No puedo resistirme; termino diciendo:
La vida no debe elevarse a cero, porque no somos uno; albergamos, en potencia, multitudes…




