
La tierra ruge de dolor,
herida de muerte,
su voz desvaneciéndose
entre el salvaje crepitar de las llamas
y un sinfín de pavesas flotando en el aire.
La tierra enmudece de pavor
En un sepulcral silencio
derrama lágrimas de fuego y sangre
sobre sus entrañas
Arden miles de robles y castaños milenarios
atrapados por la furia del incendio,
los protectores de las Médulas,
el inestimable legado romano
que con su presencia abrigaba su historia.
Arden tallos, hojas y ramas,
y los frutos que con tanto esfuerzo
fueron sembrados.
Arden aldeas, pueblos, hogares,
y con ellos las memorias familiares
tejidas durante generaciones,
entre el hogareño calor del invierno
y las reuniones estivales bajo la sombra.
El bosque ha ardido,
y con él, la vida de unos arrojados hombres
afanados por defenderlo
Los verdes y límpidos parques naturales,
hogar de la fauna salvaje,
el sustento de la vida humana,
sucumbieron ante las feroces llamaradas
que devoraron todo a su paso.
Ahora, la tierra yace calcinada,
es un páramo negro de ceniza y silencio-
Entre el humo contaminante, favilas levitando
agitadas por un colérico viento,
hay manos firmes desafiando los elementos
y corazones audaces que no descansan.
Bomberos forestales, militares de emergencia,
policías, guardia civil, voluntarios y vecinos
siguen luchando al unísono con el alma en carne viva,
por impedir su avance, por salvar lo que aún queda,
por proteger a la ciudadanía y
la biosfera que aún respira.
Mientras nuestra tierra perece abrasada
unos se entregan exponiendo la vida,
y otros fomentan la discordia
alegando inexistentes excusas.
Levantan barreras con sus voces, insensibles y vacías
Aun así, las raíces son muy profundas
Permanecen regadas por una savia latente
Y aunque se mantienen calladas,
no olvidan, conservan la memoria.
En algún rincón oculto bajo las cenizas,
las semillas aguardarán pacientes la bendita lluvia.
Cuando llegue, la recibirán como un maná.
Brotarán en una primavera cualquiera, porque
la naturaleza ama la vida y no se rinde jamás
«Lo que hacemos a los bosques del mundo
es un espejo de lo que nos hacemos a nosotros mismos.»
– Mahatma Gandhi-
Dedicatoria final
Para mi tierra, que arde en una sinrazón. En recuerdo de las vidas que, irreparablemente, se han perdido.
A los héroes que, aun agotados, no se rinden ante la voracidad y persistencia de las llamas, GRACIAS de todo corazón.
Para la gente valiente que resiste y persiste, ante esta calamidad evitable.
Y para todos aquellos que, como yo, aman y respetan la naturaleza en cuerpo y alma.







cierto, estas líneas reflejan el sentir de todos aquellos de buena voluntad,que amamos nuestra tierra y sentimos un pesar muy hondo por estos incendios devastadores.