FRANK Y OTROS SERES DE LA PLAYA

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Aquella mañana acudí a la playa del Gurugú del grao de Castellón para darme un baño mediterráneo y leer luego poemas de poetas escogidos de la escuela de Nueva York, contenidos en un libro que llevo bajo el brazo tras comprarlo en la librería Berlín de Valencia el día que Arantxa Esteban, una poeta amiga de Castellón, presentaba su “Y si me define el agua”. La playa es ancha, calculo que puede tener ochenta metros, y muy larga, delimitada en paralelo por un aeródromo, por el humedal del Marjal detrás, donde vivo, y por la sierra del Bartolo, ésta, muy al fondo, cortando el espacio en transversal con su piedra de rodeno, la cual recuerda un poco al cañón del colorado.

Amoldé con el pie la arena, apelmazándola en forma de almohadilla para la cabeza, cosas que hacemos los del septentrión, pero cuando ya me iba a tumbar distinguí la figura de Frank andando después de haberse metido cincuenta largos en la piscina del edificio Miami de Benicàssim. Nos conocimos allí, cuando yo vivía en el tercer piso. Llevo tres años y tres casas y un solo solar verdadero, el de mi alma vagando por el mundo tras el inicio de esta deriva mediterránea. Frank ya era un solitario vinculado a la sociedad únicamente por sus clases de tenis. Su rostro ya no es de este tiempo. Rubicundo, apareció con su amplia melena rizada y sus ojo azules puros y cristalinos y su barba semítica muy poblada, con tirabuzones zarandeados por el viento. Llevaba un pañuelo blanco y le gustó mucho que le comparase con un náufrago. Su imagen expuesta en un espacio natural como el Gurugú, delante del Mediterráneo intemporal donde toda suerte de filosofías, religiones e imperios han crecido, se abstrae de nuestro tiempo remontándose al Israel verdadero de los profetas, en el que incluye a Jesús de Nazaret, alguien que, a su juicio, también al mío, representa la evolución profunda y verdadera del Israel grande y verdadero, muy por encima de los usurpadores que lo mataron. Frank es el único judío que conozco que cree en Jesús rechazando el cristianismo. Si no fuera porque yo no creo en la resurrección, estaríamos de acuerdo. Mientras Frank me recitaba el evangelio        –he de reconocer que, a pesar de no tener religión formal, hablar de religión me produce placer sensual, pues me deleita y siento su necesidad por el hartazgo que siento con respecto al mundo– mientras mi amigo me recitaba el evangelio, digo que yo le explicaba que la literatura de Dios estaría más bien en la naturaleza y entonces, cuando me expresaba en estos términos, un golpe de viento azuzó nuestros rostros. Frank se dio cuenta entonces de que el viento puede representar el aliento de dios y que, en general, la creación es una forma expresiva de la inteligencia creadora, sea esta individual o panteísta o cualquiera otra al uso con la que el lector se identifique. A mí me parecía, me lo parece siempre, que nuestras miradas, las de todos, incluidos los animales, reflejan la mirada de dios.

Hace ya un par de años o tres, Frank me anunció en el ribazo de la piscina del Miami que los poderosos estaban preparando una guerra y que el señor se sirve de ellos, de esos diablos, para purgar a la especie humana e implantar el Israel verdadero. Hablamos, claro es, de la maldad. La que se residencia en individuos conocidos, los más cercanos, y de la que se ha adueñado del mundo recalando en el poder y procede de la primera. La tercera guerra mundial arrasará con todo y solo quedarán los puros, exclamó. Si no fuera porque me lo vaticinó hace un par de años o tres, quizás no hubiera dejado entrever un margen de confianza. Tengo miedo de que mis hijas no puedan vivir o vivir mal, muy mal, si la conflagración mundial acampa su tienda diabólica en la historia del primer cuarto del siglo XXI, las quiero tanto que esta intuición que sobrevuela mi ánimo, la que me viene estando tranquilo, al viento, junto a las palmeras de la Marjalería que rodean mi casa, planea como si esta calma precediera a la tempestad, lo cual me lleva a imaginar un futuro que antes no me era imaginable. Y todo porque hemos perdido los cimientos que la Ilustración europea dejó asentados en beneficio de un horizonte de mejor convivencia, todo porque hemos perdido el humanismo que hizo de nuestra civilización algo grande.

Frank es un ser marginal liberado de todo. Me augura que yo también lo seré. “Aún eres abogado y te gustan las mujeres, todavía te enamoras”. Me lo espetaba justificando así mi pertenencia al mundo, pero añadiendo que acabaré como él. Él dejó a las mujeres hacía ya mucho tiempo, antes de que yo apareciera por el Miami y me observara con un detalle que ahora ya puede matizarme con libertad. Tiene razón en que estoy más allá de lo convencional, pero tengo sujeciones al mundo todavía. Mis hijas son mujeres, y no creo que haya nada que pueda importarme más ¿verdad? Frank no tiene hijos, es un solitario y yo lo soy a mi manera, pero aún creo en la pareja y en el romanticismo a pesar de todo. La familia española creo que es una rémora para que las parejas aniden con entera libertad. Frank es suizo, con padres religiosos, su madre es cristiana, pero él, ya lo he dicho, ha ubicado a Jesús y creo que tiene razón, en el centro que hace equidistar al judaísmo del cristianismo. Ahora vive, con Jesús, una existencia bíblica atemporal que solo le impulsa a andar y a sentirse recogido en su regazo. Tiene la mirada de un niño y me recuerda mucho a Humberto Ron, mi hermano asturiano.

Delante del mar, estaba infinito. Quizás estuve charlando con un espectro de mí mismo, un solitario completo liberado de todo, el que algún día seré. Recordé a una aborigen con sombrero triangular, extremadamente delgado, negro, que viene a escuchar música por el verano y pasea por la playa. Cuando le vi por vez primera me fascinó porque entreví en él un pensador libre y espiritual, profundo, arraigado en el centro de todo. Por la tarde de ese día, me dirigía a Benicàssim en coche cuando lo avisté por el camí del Serradal. Lo saludé con la mano, a pesar de que no nos conocemos, y me devolvió el saludo rápidamente como un rayo, como si lo esperara, como si fuera el preludio de una amistad. Creo que tomaba un sendero hacia el interior del Marjal, por la acequia principal, confundiéndose entre las cañas y la masa verde natural de donde todos provenimos. En mí habitan estos seres, como también lo hacen mis amigos del Senegal o mis hermanos masones, también mis hermanos poetas, pues hace tiempo que he salido del mundo de la apariencia, esa escena fingida detrás de la cual no hay nada de lo que se promete, ese eclipse de sol que pretende usurpar la luz por la oscuridad. Que así no sea.

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