FELIZ EN MI DÍA…

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Me pasa con las vísperas del cumpleaños lo mismo que con la noche de fin de año, el recuento raras veces cumple las expectativas.

 

Imagen aportada por la autora del texto

Con el café entre las manos todavía, me ha dado por pensar en mañana y me ha entrado una desgana triste que no sé si mojarla, para que entre mejor por el gaznate. Abandono los cincuenta y tres, que han sido terroríficos, y tengo la pasión de una acelga pasada de cocción.

Me pregunto si todo ese desgarro que suelo acumular entre las letras, la intensidad y la vida con la que unto mis escritos se habrán quedado en ese año. Me hacía ilusión escribir un alegato al desgaste, a lo que se va borrando, a lo vivido, lo perdido y no nos engañemos, al tiempo cada vez más finito, pero no me sale, no sé si es falta de capacidad o inapetencia.

Es extraño, porque no siento nada, miro al techo buscando una explicación que no encuentro en la televisión apagada, y continúo sin ver la respuesta. Quizás eso sea hacerse mayor, quedarse en silencio, perder las aristas, ver como los bordes comienzan a perder forma y lo peor de todo, no perseguir límites por donde tirarse.

Había prometido a Feliciano, el editor de la revista, un escrito por mi cumpleaños y no sé todavía si le llegará, teniendo en cuenta que ahora mismo no soy capaz de juntar la “m” con la “a”.

Escribir es como meter una nuez dentro de un higo seco. Esconder la verdad en el centro de lo imaginado. Recubrir el núcleo para protegerlo y lo de mañana es tan cotidiano que roza lo vulgar. Cumplir años.

Ahora pienso en cuánta ficción soy en lo que muestro y qué parte de realidad se halla entre lo que no digo. Otro de mis yos, contaría las ganas que tengo de contar cosas, algunas más importantes que otras, pero creo que hoy he dejado a esa persona descansar, mi corazón está sedado.

Nunca he sido de celebrar solo un día al año. Me caen mal los símbolos, los besos en exceso y porque sí, y las tartas, esas, sobre todo, cuando intento adelgazar.

Creo más en eso de: «si lo escribo se cumple» que, en soplar los deseos a través de una vela, me da miedo que se escapen los sueños si provoco el vuelo. En general, mis 22 de mayo pasan sin algarabía. No hago fiestas ni me gusta que me las hagan, mataría a quien me estira de las orejas a tirón por año, bastante tienen ya con ir descolgándose solitas por el peso del tiempo.

Soy el Mr. Scrooge de la edad.

Pero no sé si porque ya son cincuenta y cuatro los que vienen o porque tampoco sé muy bien qué voy a hacer con ellos, que juego a darlos la vuelta. Los pongo del revés y boca abajo, se me ha ocurrido que, leídos por el otro lado, aquellos cuarenta y cinco tuvieron mucho más encanto, vivía en multitud y, además, estaba bastante más buena en fondo y forma. Han pasado otros diez desde aquellos, desgastándome que, al fin y al cabo, es de lo que va la vida, ya lo han dicho otros antes: «hasta los cincuenta recogiendo y a partir de ahí soltando».

Ayer leí en una novela que existen unos peces llamados pez plata, viven en las profundidades abisales y la hembra voraz vive pegada al macho, le da un bocado en cada cópula, no sé si por apetito o por dejar su marca, deja muescas en su revolver. Cuando el macho se queda sin chicha y se muere, la hembra lo cambia por otro y vuelve a empezar. De otro modo, pero igual de caníbal, es lo que he hecho yo con la vida, cambiar la trayectoria a base de bocados, algunos más indigestos que otros, eso también, pero tengo que reconocer que, mordisquito a mordisquito, me la voy zampando.

Lo malo de este repaso que me ha dado por hacer a las seis de la mañana, el que diferencia la lectura de izquierda a derecha de la contraria, es que he terminado encogida entre las pérdidas. Ahora, además del cansancio, añoro, siento nostalgia, soy un plato de ropa vieja lleno de residuos de alegría y restos de tristeza.

En el último sorbo del café me digo que debo hacerme a la idea: «suma más lo que falta que lo que sobra», y tal vez por eso este año sí hay motivo de celebración, por si las moscas, porque, grosso modo (siempre he querido incluir esa expresión en un escrito) han merecido todas las penas llegar hasta aquí.

Mañana no recibiré esa primera llamada de todos los años, no regalaré flores a mi madre con un clavel de más, no viviré emocionada esperando una sorpresa… pero mañana, estarán todos los que quedan que, siguen siendo muchos e inmejorables, soltaré el lastre de los últimos doce meses y estaré menos agotada de lo que estoy hoy.

 

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8 COMENTARIOS

  1. Quiero que en tiendas que debes celebrar cada año, pues desde hace casi 55 años, (pues ya saber que venías me hizo inmensamente feliz), eres lo más valioso que me ha dado la vida

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