FALTA PERSONAL

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¿Cómo podemos tan siquiera hablar de Libertad sin nombrar al Amor? ¿Es posible alcanzar la Igualdad sin reconocer, valorar y defender la Equidad? ¿Cómo se traduce la Fraternidad al día a día sin considerar la Verdad? ¿No precisa la Dignidad de Justicia?

 

 

Yo mismo soy el primero que, de hecho y en incontables ocasiones, se ha llenado la boca de abundantes vocablos diversos, haciendo uso de un limitado intento de retórica, para defender las que creía en cada momento mis ideas y valores, enarbolando aquellas y estos, quizá y casi seguro, a una altura excesivamente forzada.

Defender lo que uno considera sensato, justo, veraz, lícito, provechoso y/o bueno es una de las más básicas pulsiones del ser humano. También considero que lo sea −otra pulsión natural del ser humano− la justificación de susodicha defensa. El ser humano no es −o, mejor dicho, no suele ser− un ser racional; lo que sí es, por seguro y en su aplastante mayoría, es un ser racionalizador. El ser humano siente: es un ser sintiente. Después de sentir, de normal, actúa. Luego racionaliza sendas razones, motivos y/o justificaciones para estas o aquellas acciones.

Veamos un ejemplo común para entender las pinceladas recientemente delineadas:

  1. Una aparente y supuesta pandemia surge e irrumpe en el día a día de las personas.
  2. El miedo, la desesperanza, la desconfianza y el terror son dispensados e injertados a cuentagotas, pero impasiblemente, tanto en el consciente como en el inconsciente de las personas; sin prisa pero sin pausa. Paralelamente y a diario, se ofrece −véase “vende”− a las personas un recetario a modo de solución, en aras de resolver, como en Fuenteovejuna, la problemática global, el cual se puede resumir en:
    1. sucumbir al uso irracional de las mascarillas quirúrgicas y obligar a los infantes, quienes se hallan en respectivas etapas críticas de desarrollo neurológico, fisiológico, social y afectivo, a obstruir su nariz y su boca, únicas vías de entrada de su sistema respiratorio, durante seguidas largas horas, mes tras mes, durante dos años −véase “La moda de las telas azules y blancas” en el actual magazín−;
    2. solidarizarse con el bien común −fíjese usted cuán subjetivo puede alcanzar a entenderse tal abstracto concepto− mediante la presuntamente filantrópica y bienintencionada acción de extender el brazo de turno para recibir un número ambiguamente predefinido de pinchazos; y
    3. aceptar de facto, no rechistar respecto de y acatar a rajatabla, sobre todo por parte de los niños y niñas, la recomendación de no visitar, mucho menos abrazar, a los más mayores durante meses.
  3. Las personas experimentan un profundo terror psicológico, el cual se ha distribuido, y por ende enquistado, sistemáticamente.
  4. Las personas experimentan la necesidad de calmar su angustiosa y retroalimentada situación psicológica negativa, la cual aparentemente es el origen de su sufrimiento, por lo que aceptan (actúan) −incluso aplauden− el dictamen, la imposición y la aplicación de tales medidas, entre otras, a pesar de que sean esencialmente restrictivas, de dudosa validez científica y perjudiciales para la salud1, aberrantemente denigrantes y anticonstitucionales2.
  5. Las personas racionalizan sus acciones, tratando de darles un sentido en apariencia lógico. Normalmente, integran los motivos que se les ofrecen casi exclusivamente por parte de los medios de manipulación −siempre estos acompañados de los necesarios matices solidarios y buenistas−, haciéndolos suyos y repitiendo como loros, de entonces en adelante y dentro de los grupos de socialización de cada cual, prácticamente idénticas versiones del falaz argumentario oficialista.
  6. Las personas experimentan sensaciones y situaciones que se oponen, parcial o totalmente, a sus incrustadas creencias. Por razones que quizá la psicología cognitivo-conductual pueda entrever, las personas suelen tender preferentemente a aferrarse a su ideario y defenderlo con uñas y dientes, en lugar de ponderar lógica y críticamente la nueva información diferente que choca con sus ideas y que por tanto les genera cierta perturbadora incomodidad psicológica −véase “Disonancia cognitiva” en este magazín− para entonces reconsiderar su perspectiva al respecto con humildad y flexibilidad. Es decir, se aferran a las racionalizaciones en vez de razonar sus acciones, los motivos de sus acciones y los valores que quizá debieran sustentar los motivos de sus acciones; actúan siguiendo la corriente y después justifican sus acciones.

Hay un dicho que versa: “Rectificar es de sabios.” Desafortunadamente, vivimos dentro de una cultura donde el fallo se considera un fracaso y no una oportunidad para comprender, mejorar, crecer. Vivimos en una cultura en la que el fallo propio se disimula y el ajeno se señala. Muchas relaciones humanas, breves o longevas, se fundamentan en la humillación, en el desprecio, en el ostracismo al otro. Considero que, aunque la esperanza quizá nunca debiera ser abandonada, poco se puede esperar de aquellas personas que día a día actúan de modo que alimentan tales desdichas mediante el silencio cómplice; nada se puede esperar seguramente de aquellos que las generan.

Entonces, ¿qué podemos hacer? Si la sociedad general, por falta de voluntad, apetencia, conocimiento, interés y/o sentido, continúa cayendo en los trucos y engaños del prestidigitador, si las personas siguen siendo engañadas y estafadas, y si además parece que esto les importa tres −incluso cuatro− pimientos, pues todavía hay Champions, cervecita y paro, ¿qué se puede hacer? ¿Cómo se le hace ver a un ciego la oscuridad? ¿Cómo se le hace entender a un sordo el silencio? ¿Cómo se intercambia opiniones con un fanático religioso sobre el vacío? ¿Cómo se le transmite a un escéptico ateo la fe?

Todo lo que se ha llevado a término en los últimos dos años y pico es desesperanzador, exasperante, repulsivo, dañino, peligroso e inhumano. Se ha culpabilizado a la juventud de matar a sus propios abuelos por el mero hecho de respirar libremente y se ha hecho como si nada. Se ha forzado a los más peques y a los más mayores a inspirar pobremente y a reinhalar sus deshechos respiratorios de forma cuanto menos prolongada y se ha hecho como si nada. Se ha aislado masivamente a la población mundial occidental sin ninguna prueba de que tal cosa fuese necesariamente útil y se ha hecho como si nada. Se ha producido a lo largo de los meses una absurda concatenación de normativas disparatadas y, lo peor de todo, se han vendido estas como rosquilletas, además de aceptarse, casi unánimemente, su presupuesta validez y eficacia como si de agua bendita se tratasen y se ha hecho como si nada. Se ha aceptado también a usar un sistema homogéneo de clasificación social basado en el historial médico y se ha hecho como si nada. Se ha señalado, apartado y castigado, por aquello de suavizar los matices, a todo aquel que, libre, legítima y pacíficamente, ha considerado no acatar algunas de −o todas− las recalcitrantemente cansinas normas incongruentes aquí comentadas y se ha hecho como si nada.

La doble moral se la juega al triple sobre la bocina, finge recibir falta personal, se la pitan, tablerazo, entra y le conceden el tiro adicional fuera de tiempo.

Referencias

1 Kisielinski K, Giboni P, Prescher A, Klosterhalfen B, Graessel D, Funken S, Kempski O, Hirsch O. Is a Mask That Covers the Mouth and Nose Free from Undesirable Side Effects in Everyday Use and Free of Potential Hazards? International Journal of Environmental Research and Public Health. 2021; 18(8):4344. https://doi.org/10.3390/ijerph18084344

2 https://www.rtve.es/noticias/20220602/tribunal-cosntitucional-estado-alarma-espana-anula-reforma/2357

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