EXTERNALIDADES NEGATIVAS

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“No hay peor ciego que el que no quiere ver”, dice el dicho. No es que no queramos: es que no podemos.

El otro día me vine arriba y me prometí que escribiría un artículo sobre la ley de amnistía. De buen rollito, por supuesto, abordando el asunto con el humor que, a estas alturas, se merece. El título se me ocurrió de manera sencilla, natural: “Y también dos huevos duros”. Al leerlo, comprendí en el acto que ya no podía seguir escribiendo, porque ya estaba dicho todo. Fue triste, pero también algo reconfortante, darse cuenta de que el mejor análisis de la realidad ya lo hicieron los hermanos Marx. Propongo que se haga obligatorio el visionado de sus películas en todas las facultades de Ciencias Políticas del mundo civilizado (eso incluye, todavía, España, y hasta Estados Unidos), y que la televisión pública sustituya las conexiones con el Congreso de los Diputados por “Sopa de ganso”.

Así que, desperdiciadas ya 162 palabras, he rebuscado por la hemeroteca en busca de otras noticias dignas de comentario. Carroñear, se llama a eso en el argot periodístico. Y el economista que llevo escondido (y desempleado) dentro de mí ha sido quien ha dado con el asunto.

Como saben, o deberían saber si quieren hablar en cualquier bar con conocimiento de causa, el pasado día 24 de enero se jugó en San Mamés el partido de los cuartos de final de la Copa del Rey, entre Athletic de Bilbao y Barcelona, con el resultado que, como saben o deberían saber, supuso la clasificación del primero y la ominosa eliminación del segundo. A la victoria del equipo vasco contribuyeron enormemente, en la prórroga, dos jugadores de origen africano pero nacidos en España: los hermanos Williams. Uno de ellos juega con la selección española, pero el otro, Iñaki, eligió hacerlo con el combinado de Ghana, el país de sus padres, y cuya nacionalidad también posee.

Ocurre que la víspera de ese partido don Iñaki estaba muy lejos de Bilbao, a la espera de acontecimientos, no menos importantes, que atañían a su selección. Ghana se jugaba su continuidad en la Copa de África. Y en el minuto 91, un gol de Camerún la dejó fuera por una carambola. Su club, entonces, lo llamó: ¿estaba dispuesto a jugar, tan solo veinticuatro horas después, en el enfrentamiento trascendental contra el Barcelona? Iñaki no dudó, y embarcó en un vuelo Abiyán-París, que se convirtió en el más seguido, a nivel mundial, en la aplicación Flight Radar 24, que monitoriza todos los vuelos civiles del planeta. En Francia lo esperaba un reactor privado, contratado por el Athletic de Bilbao, que lo depositó en el aeropuerto de Sondica a las once de la mañana. También fue el vuelo más seguido de ese día. El resto es historia, que ustedes ya saben o deberían saber: Iñaki salió a jugar en la segunda parte, y marcó en la prórroga el gol que ponía en ventaja a los vascos. Su hermano remató la victoria con otro tanto.

El Español cubre la noticia bajo el título: “Iñaki Williams y el efecto mariposa”. El Periódico Español (cuánto español, muy español, mucho español y siempre español hay ahora en la prensa patria), lo celebra así: “Los 6.000 euros mejor invertidos de la historia”. Ahí quería yo llegar. Porque ese fue el coste del avión privado Le Bourget-Bilbao que el club puso a disposición de su jugador: un millón de las antiguas pesetas (bueno, con la inflación hoy serían muchos más).

Puestos a hacer un análisis económico del asunto, parece innegable que la jugada le ha salido rentable al Bilbao, perdón, al Athletic Club: para empezar, ha ingresado 225.000 euros por pasar a semifinales. Y, además, se llevará un porcentaje nada desdeñable de los ingresos por televisión. Con estas cifras ¿dudaría usted en traerse una pieza de recambio desde África si con ello consigue un resultado tan espectacular?

El análisis financiero suele hacer énfasis en los impactos visibles de cualquier decisión económica, es decir, la relación coste-beneficio que todos conocemos. Pero la ciencia económica nos dice que dejamos de lado, en numerosas ocasiones, los costes ocultos de esas decisiones. Son las llamadas “externalidades negativas”, las consecuencias no monetarizadas de hacer tal o cual cosa. Construir una carretera, por ejemplo, dinamiza el comercio, crea puestos de trabajo y favorece el turismo. Pero al incrementar la contaminación atmosférica y producir impactos en el ecosistema que atraviesa podría, por ejemplo, producir problemas de salud con el consiguiente incremento del gasto sanitario, y a la larga reducir el atractivo turístico o agrícola de una región, con la consiguiente pérdida de empleos. El caso más famoso de externalidades negativas es el del consumo de tabaco. Y ya ven que ni por esas: los impuestos y los beneficios pesan más que los millones de pulmones podridos.

Esto y no otra cosa es la política económica: un juego decisional permanente en el que, casi siempre, y pese a lo que machaconamente se nos dice, hay ganadores y perdedores. Convendrán conmigo que conseguir un balance correcto y razonable entre ambos sectores no es fácil, y que no debería estar en manos de indocumentados con carnet; porque acertar sin clavarle el codo en la garganta al prójimo requiere su aquel.

Estimaciones muy aproximadas (mis buenas cookies me ha costado) me permiten afirmar que el vuelo privado de Iñaki Williams, de una hora y cuarenta minutos de duración, supuso, al menos, un par de toneladas de emisión de CO2 a la atmósfera. Para que nos entendamos, sería lo mismo que emitirían dos coches de gana media circulando con normalidad durante un año entero. O una cuarta parte de lo que un español (aficionado del Athletic o no) genera, también, en ese mismo año. Nos harían falta unos 100.000 árboles para absorber, en doce meses, el CO2 generado por el bueno de Iñaki en un día. Unas mil veces el campo de San Mamés.

Claro que también existen, en economía, externalidades positivas: por ejemplo, se calcula que el PIB de las ciudades norteamericanas que visita doña Taylor Swift en su gira de conciertos se incrementa en un 1%, gracias al subidón de alojamientos hoteleros, y el incremento del gasto en hostelería. Es de suponer, igualmente, que a la salida del partido Bilbao-Barça, el consumo de txikitos de vino y pintxos de bacalao se disparó en el casco viejo de la ciudad. Como para no tomarse un pote con los amigos. Incluso, quién sabe, se produjo un ligero y transitorio aumento de la tasa de natalidad y hasta de los afiliados al PNV. Y por si no fuera poco, ya lo dice el anuncio: “disfrutar de la victoria de tu equipo con tu hijo, no tiene precio”. La verdad que no.

Y ahora que sabe todo esto, ¿qué haría? ¿Metería a Iñaki en el avión para engrosar las arcas y la leyenda del Bilbao, produciendo un orgasmo mental masivo en los hinchas, o se plantaría delante de San Mamés para, perdón por la redundancia, reclutar a unos cuantos miles de socios y llevárselos a plantar robles, digamos, en Soria? Porque ya les digo yo que les jodería la tarde. La respuesta, lamentablemente, está en la disonancia cognitiva que nos ha hecho triunfar como especie, y que puede resumirse en el siguiente axioma científico: “tó pá mí, tó pá mí, tó pá mí”. Nuestros políticos lo saben, los expertos de marketing lo saben, las mentes siniestras que conspiran en Meta, Google y X para hacer del mundo un sitio cada día peor lo saben… No estamos diseñados, genéticamente, para ver más allá de tres palmos delante de nuestras narices, y no digamos empatizar con el planeta entero. Así que… aúpa Athletic, y los que vengan detrás, que arreen.

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