Con el objeto de sentar las bases de lo que pretendo transmitir sobre la cuestionada existencia de Jesucristo, que algunos considera un cuento con el fin de conseguir el alineamiento del ser humano por la iglesia, me resulta inevitable no hacer referencia a la influencia de la religión, en mi caso católica, acerca de la figura de Cristo, con su carácter dual de hombre y Dios, como parte de la Trinidad, tres personas distintas y un solo Dios verdadero.
Sin embargo hoy por hoy, mi posición anticlerical, no en confrontación con la citada religión, ni mucho menos, pero sí en relación a los dogmas que transmiten, no por capricho, sino porque quizá, como Santo Tomas necesito meter los dedos en la herida del costado del Jesús resucitado hecha por la lanza de Longinos durante la crucifixión, para creer que tal transgresion de la vida a la muerte y de nuevo a la vida, es real.

Mea culpa, pues he sucumbido, o siguiendo con dicha transgresion, he resucitado a la racionalidad, no interesada para conseguir una espiritualidad acomodaticia a lo que la religión me enseñó, por aquello del miedo al pecado y la condena eterna de mi alma, sino porque el imperio de la razón, fruto de mi experiencia y formación, me hace ser reacio a la imposición de una idea sin poderla asimilar, es decir, catalizarla por mor de una actitud reflexiva. Ello, sin perder o prescindir del carácter mágico de los símbolos, del esoterismo, en este caso, que acompaña a la figura de Cristo y de lo que ésta representa en el mundo occidental con una influencia histórica de dos mil años que ha dado lugar a una moral cristiana que acompaña positivamente a nuestro transitar por estos valles de vida y muerte.
Si, gracias a Jesús de Nazaret, el mundo es mejor, no sólo porque supone una evolucion de un Dios castigo y penitenciario a un Dios amor que permite la entrada en el cielo a todos aquellos que se arrepienta de sus pecados. Y, si no es mejor, al menos nos da la oportunidad de serlo a través de sus enseñanza, siendo éstas la manifestación del carácter esotérico de su doble naturaleza divina y humana, en referencia a la interpretación de sus enseñanzas y vida desde una perspectiva más profunda y simbólica, a menudo asociada con el conocimiento secreto o misterioso reservado para unos pocos iniciados que nos empeñamos en transitar el camino de la vida intentando mejorar como personas, pero también como individuos inmersos en una estructura social, procurando ser esporas que contaminen a nuestros semejantes con el objeto de conseguir un mundo mejor; evitando caer en una interpretación literal y «exotérica» de los evangelios, centrada solamente en su sus milagros, los cuales no puedo negar, igual que tampoco demostrar.
Dicho de otra manera, no creo en la magia de la vida de Jesucristo a través de sus milagros, sino en la parte simbólica de sus enseñanzas que ocultan sus parábolas y la convivencia con sus discípulos los tres años que precedieron a su crucifixión, que narran los evangelios, no sólo los reconocidos por la iglesia católica, sino también en los apócrifos, siendo estos últimos, quizá por contraste con los oficiales, los que mejor ayudan a diferenciar entre el esoterismo y el «exoterismo»cristiano y, gracias a ello descubrir las verdades universales que derivan del estudio de su vida y que su camino es un camino de iniciación y transformación personal, donde los individuos pueden alcanzar la iluminación espiritual o la unión con lo divino.
En resumen, el carácter esotérico de Jesús de Nazaret implica una lectura más profunda y simbólica de sus enseñanzas y vida, para descubrir esas verdades universales siguiendo un camino de transformación personal, sin que ello suponga necesariamente comulgar con una determinada religión y ser practicante de ella, opción que depende de las preferencias de cada cual en su camino iniciático, y en la necesidad o no de crear un Dios a imagen y semejanza del hombre, en vez de moldear nuestra existencia a la imagen de Dios, concibiendo la Trinidad como la propia evolución del ser humano (hijo) a través del espiritu como interiorización de los valores universales del esoterismo cristiano (Espíritu Santo), hasta elevar nuestra existencia en identidad con la divinidad (Padre), mediante una unión espiritual con el Gran Arquitecto del Universo, no mediante la expiación por nuestros pecados, sino con fundamento en el perfeccionamiento humano mediante cadenas de unión Universal que nos lleven a tomar conciencia de la necesidad de desterrar de nuestras vidas el mal.





Hermoso artículo.
Para mí también, Jesús, El Cristo, fue distinto de como lo han mostrado las sectas cristianas, incluida la católica. Su mensaje esotérico (con «s») es, además de iniciático, devastadoramente hondo; y no sólo en su época.
Es el Hombre/Divino, liberado y liberador, en el sentido del iniciado al Maestro, que más ha influido, positivamente, en la historia de la humanidad.