No sé si poner una coma o punto y coma. Termino por poner un punto y continúo aparte.
Vuelvo a mirar la frase una y otra vez, dudo, y a la tercera vez que la leo escucho un golpe, como de cabeza contra el suelo, pero metálico. El teléfono ha salido por la ventana. Lo he tirado yo, lo sé, sería imposible de otro modo, en cambio, no he sentido ninguna fuerza de empuje desde la mano al móvil, lo he visto deslizarse como si algo lo atrajera, o tal vez, ha sido lo contrario, lo que no atrae, repele, y ha salido volando.

Me asomaría solo por ver dónde ha ido a parar, pero no me apetece, estoy pegada al sofá, sentada en un pegote de Loctite. Eso me recuerda aquel documental en el que hablaban de un jugador de baloncesto que se pegaba las heridas con ese pegamento, sonrío, si eso fuera tan fácil, si ese fuera el modo de cerrarlo todo, pero no.
Encuentro la vida en el desgarro, tengo alma de faquir. Y claro, por una cuestión física, después del desgarro llega el vacío, así que ahora tengo los ojos clavados en un techo lleno de vísceras y un eco por dentro que provoca sordera en cada respiración.
Estoy pendiente de que el intestino grueso no se vacíe en mis ojos, demasiado pequeños para tanta mierda, por lo demás, siento calma dentro del hueco. Tengo un solar ruinoso en la hondonada de las tripas, Ucrania y Gaza, la devastación de una guerra que no ha dejado nada y, por lo tanto, no queda nada por destruir.
«Hasta aquí he llegado» le digo al trozo de corazón que lleva de sombrero la matrioska mediana. Ella me mira churretosa de sangre desde la segunda balda del mueble, con aire de superioridad. Por primera vez, ella, la desapercibida, la mediana, marca las diferencias con todas las demás.
Con todo lo que ha espurreado mi cuerpo y sigue dentro eso que me aprieta, es como tener una sandwichera metálica que sella dos trozos de pan con fiambre dentro, pienso en fiambre y me veo a mí.
De repente estoy sentada delante de un río o un estanque o quizás un pantano, ya no sé, el agua no corre porque no tiene dónde ir. Respiro muy despacio, estirando cada exhalación hasta que la veo girar por el pasillo, dicen que si lo haces así la pesa de veinte kilos termina por abrirse paso.
Anoche me mareé antes de dormir, perdí la conciencia durante unos segundos, la cabeza se tiró de la almohada como ahora el teléfono por la ventana. Creo que, también, quería dejar su impronta.
«Todo lo importante cava una fosa», pienso: El desalojo del feto cuando es arrojado entre las piernas de la madre, dejando el vacío de su ocupación durante nueve meses.
La muerte consume órganos de a pocos, cada una que sobrevives desgasta vida, abre un orificio doliente en el corazón, cráteres que se unen unos a otros hasta que una erupción lo revienta todo. También las ausencias acumulan vanos en todos los lugares donde existieron habitantes, otros miembros que ahora ya no están y eran los que encajaban sin dejar espacio a una sola grieta.
Estar vivo y estar muerto a veces es la misma cosa. Tan solo es el paso de esta a esto, dejar de tener género, convertirte en algo neutro que lo mismo da. Un pronombre demostrativo que nunca se debe utilizar para personas ni animales y, sin embargo, es en lo que termina todo, en el baile de una vocal que no sabe dónde ponerse.
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Leyéndote se me ha hecho un nudo en la garganta; eres explícitamente profunda y genial.
Jo, Catalina… Es precioso eso que has dicho. Millones de gracias.
Un abrazo enorme