No dejan de sorprender determinadas actitudes, sobre todo cuando se presume que los años te otorgan o, así debería ser, la suficiente madurez para afrontar la vida y las relaciones con nuestros semejantes.

Me refiero a determinados comportamientos en la forma de entender el mundo con una lógica dicotómica, polarizante y profundamente emocional que tiende a dividir la realidad en dos bandos mutuamente excluyentes y cuya manifestación se puede sintetizar en la expresión “estás conmigo o estás contra mí” que, aunque a primera vista, parece ser una frase contundente, incluso poderosa, su significado profundo revela dimensiones psicológicas, sociales y éticas que merecen una reflexión más detenida, pues traslucen una falta de madurez o infantilismo, en la manera de comprender las relaciones humanas, por su delimitación identitaria entre uno mismo y el mundo exterior, entre aliados y enemigos, dejando al margen valoraciones más profundas que deberían partir del convencimiento, por la experiencia de los años, que nuestra vida social, emocional e intelectual está llena de matices, ambivalencias, incertidumbres y contradicciones que nos deben haber servido para no pretender ordenar un mundo complejo con la simpleza que representa ese comportamiento de confrontación que, en definitiva, denota una falta de seguridad, control o validación de nuestras emociones, que hace que se perciba como una amenaza a quien no nos da la razón o nos baila el agua a nuestro antojo.
Para muchas personas -sin personalidad-, es más fácil asumir que existen dos bandos y que la lealtad absoluta es necesaria, que aceptar que otros pueden tener opiniones diferentes sin por ello convertirse en enemigos; reduciendo la complejidad de las relaciones humanas en bandos entre los que les apoyan incondicionalmente y quienes no lo hacen que, aunque puede ofrecer una sensación ilusoria de control, termina generando aislamiento y conflicto, porque obliga a los demás a posicionarse de manera forzada, en vez aceptar que la verdadera amistad está en la sinceridad de una opinión sana, constructiva, equilibrada y respetuosa que pretender ofrecer una visión diferente.
Estamos ante una división rígida que puede tener consecuencias destructivas, como nos muestra la vida diaria de discursos que demonizan al otro, que eliminan la posibilidad del diálogo y que exaltan la lealtad ciega, alimentado conflictos y tensiones que podían haberse resuelto mediante la negociación o la comprensión mutua. Lo que no deja de ser una manifestación de la incapacidad de convivir con la diversidad, sin darse cuenta que, reducir el mundo a bandos entre aliados y enemigos, se convierte en un mundo donde la convivencia plural se vuelve imposible.
Pero no sólo la actitud que estamos examinado genera conflictos sociales y emocionales como lo expuestos anteriormente, sino que, también en términos éticos, plantea problemas, pues obligar a alguien a elegir entre la adhesión total o rechazo absoluto es una forma de coacción moral. Una coacción que viola la autonomía del otro, su derecho a discernir, a evaluar, a disentir o incluso a mantenerse en una posición neutral, que no ambigua. La neutralidad, en muchos casos, no es sinónimo de indiferencia, sino de prudencia, reflexión o incluso compromiso con la justicia. Quien exige lealtad incondicional suele desear, consciente o inconscientemente, ejercer poder sobre la conciencia ajena. De ahí que la frase del título pueda considerarse una expresión autoritaria, aunque quien la pronuncie no tenga la intención explícita de imponer su voluntad.
Por supuesto que hay que dejar al margen situaciones extremas, como puede ser enfrentamientos contra injusticias, abusos o violencias estructurales, en las que adoptar una posición neutral puede perpetuar el daño. En esos casos, quienes luchan contra la injusticia pueden usar la expresión examinada para subrayar la necesidad de compromiso social y moral. Sin embargo, incluso en estos contextos, la división tajante puede ser contraproducente. Combatir una injusticia no necesariamente requiere ver al mundo en blanco y negro. De hecho, a menudo exige construir puentes, comprender las raíces del conflicto y generar soluciones que incluyan a todas las partes involucradas. La división radical puede cerrar caminos de transformación que demandan un enfoque más comprensivo.





Gracias Feli, felicidades por tu artículo, has expresado claramente la realidad, porque eso ocurre en las familias, el trabajo y por supuesto en las amistades,
«o estás conmigo o contra mi» y si uno se mantiene sin querer tomar partido, te tachan de bienqueda o te dicen que no te mojas. Para la mayoría de la gente lo correcto no es escuchar, pensar y aprender, lo correcto es irse a los extremos.
Efectivamente, querido amigo, la dicortomía aplicada a cualquier tema es un fracaso del diálogo, y una claudicación al frentismo que nos embrutece a todos. El primer paso para evitar esto es, como tantas veces he dicho, practicar con decisión la sospecha sobre cualquier cosa que creamos incuestionable, porque seguramente ahí ya estaremos en el error, en el cuñadismo, en el frentismo. UN abrazo. magnífico artículo.