ESTAMPAS PITAGÓRICAS (4)

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LAS DOCTRINAS PITAGÓRICAS (2)

INMORTALIDAD DEL ALMA. METEMPSICOSIS.

► «Inspirándose en Pitágoras, los antiguos fueron los primeros que definieron Filosofía diciendo que era el amor a la sabiduría, que tal es lo que significa etimológicamente dicha palabra».

— NICÓMACO DE GERASA (60-120 d.C.). Introducción a la Aritmética. Libro I.

Entre las doctrinas pitagóricas ocupa un lugar primordial sus concepciones sobre el alma, que aparecen en el tercer grupo de los Versos Dorados y que, por fortuna, están sintetizadas en cuatro puntos de un fragmento de Porfirio (Vida de Pitágoras, 19), que alude a un testimonio de Dicearco (alumno de Aristóteles) sobre el tema:

►«… Los hechos siguientes, en particular, se convirtieron en universalmente conocidos: 1) que sostuvo que el alma es inmortal, 2) que emigra a otras especies de seres vivos, 3) que los acontecimientos pasados se repiten ellos mismos en un proceso cíclico y nada es nuevo en sentido absoluto [mito del eterno retorno de origen persa], y 4) que hay que considerar a todas las cosas dotadas de vida como del mismo género. Estas son las doctrinas que se dice que Pitágoras ha sido el primero en introducir en Grecia».

Testimonios anteriores o coetáneos a Aristóteles (Jenófanes respecto de la inmortalidad y trasmigración del alma, Empédocles respecto del parentesco de toda la naturaleza animada y Eudemo respecto del mito del eterno retorno) también atribuyen estas doctrinas a Pitágoras.

Para los pitagóricos la inmortalidad del alma es un idea de trascendental importancia en su esquema filosófico, que va mucho más allá de la mera sobrevivencia y que supone un cambio radical con el pensamiento religioso griego anterior, articulado por los poemas homéricos (que eran el equivalente de los libros sagrados de otros pueblos), en el que individuos de una edad heroica, artífices de la forja primigenia de un pueblo, adoptarán como modelo de vida feliz el arrojo corporal en el combate, las fiestas y el amor y para los que la única realidad consistente era el cuerpo. También para Homero, una especie de alma, la Psyiche, sobrevivía después de la muerte, pero este pensamiento no consolaba a los héroes, porque se trataba de un mero simulacro, carente de fuerza según la concepción homérica de las sombras de los difuntos, oníricas y afásicas. Hablar de la inmortalidad del alma humana en este ámbito de creencias era una auténtica blasfemia. Sólo los dioses eran inmortales.

La religión homérica, producto del espíritu racional de las costas jónicas prestó un inmenso servicio al espíritu helénico, liberando al ser humano del submundo oscuro de la magia y la superstición que dominaban la vida de los pueblos limítrofes y fue sin duda uno de los componentes del «milagro griego». Pero en el transcurso de los siglos, el griego común, incapaz de emular al héroe homérico, siente anhelos y deseos del corazón que no son satisfechos por la arbitrariedad de unas divinidades caprichosas, demasiado humanas; y al sentirse víctima de las injusticias de este mundo, acaricia la ilusión de encontrar compensación en otro. Entran en juego, además, por las influencias de movimientos religiosos orientales provenientes de Egipto, Persia y tal vez India, el culto mistérico de Eleusis y los rituales órficos, que al concebir la naturaleza humana como una amalgama de lo divino y lo terrenal pretenden intensificar, mediante ciertas prácticas religiosas, el elemento divino en detrimento del componente terrenal, dando una base firme a la esperanza en la inmortalidad, aunque conscientes de que tienen que soportar un ciclo desconocido de reencarnaciones.

He aquí el marco de pensamiento religioso de donde arranca y se sitúa la base de las concepciones pitagóricas sobre el alma. Los pitagóricos no sólo usaron los textos religiosos del ritual órfico sino que fueron autores de alguno de ellos, y de hecho la tradición atribuye alguno al propio Pitágoras, quien con toda la fuerza de su genio filosófico y matemático irá dando cuerpo a la idea de una asimilación de lo humano a lo divino, no sólo como una finalidad legítima de la existencia sino como móvil esencial de la vida humana.

Eleusis pretendía la inmortalidad mediante la revelación individual, tras una preparación espiritual cargada de mística y simbólica. Los Órficos añaden la práctica de una serie de prescripciones religiosas y morales. Pues bien, situándose en el marco eléusico y órfico, el camino de la salvación para Pitágoras pasa por la Filosofía, por eso el fin principal de la doctrina pitagórica era la purificación del alma mediante la especulación filosófica y matemática. En esta idea radica la suprema originalidad del Pitagorismo. Pero, además, según Aristóxeno (citado por Jámblico, Vida de Pitágoras, 137):

► «Para Pitágoras la norma de conducta debe tender a la conformidad con lo divino. … La totalidad de su vida se dispone con miras a seguir a Dios y este es el principio rector de su Filosofía».

Vemos pues que los elementos religiosos y filosóficos del Pitagorismo son aspectos indisociables de un sistema de pensamiento y de un estilo de vida, ambos llamados pitagóricos.

En efecto: Orfeo, músico, filósofo y poeta, discípulo de Hermes, cuyos cantos amansaban a las fieras, suavizaban el carácter de los hombres y calmaban las tempestades, participó en la expedición de los Argonautas y descendió a los infiernos por el amor de su esposa Eurídice (mito de Orfeo).  Al regreso de las profundidades trajo informes de cómo alcanzar el país de los bienaventurados y evitar los obstáculos que aguardan al alma en su camino ulterior. Los pitagóricos se organizan, al igual que el orfismo, como secta iniciática y mística y recogen las doctrinas órficas sobre muerte y resurrección  haciéndolas evolucionar hacia la trasmigración y el ciclo de reencarnaciones. Pero la influencia transciende los aspectos religiosos para alcanzar a los aspectos científicos, ya que en los rituales órficos ocupaban un papel importante la realidad matemática y el estudio musical, inseparables de los conceptos dogmáticos que atribuían virtudes a los números y dotes misteriosas a las notas musicales. Ambos aspectos son, asimismo, recogidos por Pitágoras, cuya Aritmología derivaría (según Jámblico) directamente del precedente numérico órfico y hallaría en el número el fundamento de la armonía musical.

En cuanto al cuarto punto del texto de Porfirio, el parentesco universal de la naturaleza animada en su totalidad, presupuesto doctrinal de la metempsicosis o trasmigración de las almas, digamos que para los pitagóricos el universo considerado como un todo era una criatura viva y eterna, manifestación del poder divino llamado Inteligencia o Alma, que es la causa del movimiento físico, y que respira en el aire o hálito del infinito que le rodea. Si el hombre también vive mediante la respiración (a veces se asociaba el alma humana con el aire) el parentesco natural del hombre (microcosmos) con el universo (macrocosmos) tiene que ser muy íntimo. El universo es uno, eterno y divino. Los hombres son muchos, están separados y son mortales. Pero la esencia del hombre, el alma, es inmortal, porque es un pequeño fragmento, una chispa del alma cósmica, divina y universal (Versos Dorados, 63), aunque temporalmente viva prisionera en un cuerpo perecedero, y a través de consecutivos procesos de purificación (Versos Dorados, 66, 67), vaya transmigrando de cuerpo en cuerpo (de hombre o de animal, que por eso en última instancia todos los componentes de la naturaleza animada son parientes), hasta desprenderse totalmente de toda impureza carnal (Versos Dorados, 70) y escapando del ciclo de la reencarnación, alcanzar la beatitud final fundiéndose con el alma universal, eterna y divina, a la que por su propia naturaleza pertenece (Versos Dorados, 71). Ahora bien, el proceso de purificación y salvación del alma puede acelerarse mediante el uso de los poderes de la razón y la observación para la obtención del conocimiento (Versos Dorados, 68, 69), es decir mediante la Filosofía.

En síntesis, para los pitagóricos el alma del hombre es de naturaleza divina, inmortal y eterna. Por causas inexplicadas el alma había sido arrojada en tiempos remotos de la morada de los dioses y encerrada como castigo en la prisión del cuerpo. Para regresar a su estancia divina, el alma debe purificarse (como el cristiano, mediante el bautismo, del pecado original) entrando en una rueda de reencarnaciones, dependiendo la vida en cada una de ellas de la precedente. La metempsicosis incitaba por tanto a una mayor perfección cada vez hasta alcanzar la máxima beatitud en un glorioso despertar religioso-moral en el que el alma digna y limpia volvería a recuperar su categoría divina.

Naturalmente, como complemento de la metempsicosis, los pitagóricos creían en la expiación. Las desgracias o venturas de nuestra vida son el castigo o recompensa de la anterior. Los hombres no deben achacar sus males sino a ellos mismos (Versos Dorados, 54). Por tanto una vida actual disoluta o criminal llevará a una vida siguiente de expiación. Así pues, la doctrina pitagórica se adelanta al Cristianismo, que da una única oportunidad como sentencia el poeta Jorge Manrique:

► «más cumple tener buen tino / para andar esta jornada / sin errar».

 

La coherencia doctrinal en la comunidad pitagórica establece una conexión entre dogma y práctica en la abstinencia de comer carne animal. La prohibición sería total según testimonios de Eudoxo (recogido por Porfirio en Vida de Pitágoras, 7), Onesícrito (recogido por Estrabón) y poetas del siglo IV como Aristofonte, que se lo toma a chanza y hace chistes:

► «Algunos de los parásitos modernos de la secta, a pesar de su profesión de fe, están siempre listos para zampar carne, con tal de que se lo pongan delante de sus narices».

 

Jenófanes escribió un epigrama recogido por Diógenes Laercio (Vida de Filósofos, VIII, 24) que relata una anécdota de Pitágoras sobre este asunto y que transcribimos traducido en verso por J.B. Bergua (en su obra Pitágoras, pág.194):

► « ¡No pegues a ese perro, desdichado! / Dijo el maestro todo condolido, / viendo a uno que a su can pegaba airado: /”Que el alma de un amigo, en el guardado / está; lo advierto en el ladrido”».

Como en otros temas pitagóricos hay una multiplicidad de opiniones muy dispersas y heterogéneas. Aduciendo argumentos de Aristóteles, Porfirio, Jámblico y Diógenes Laercio, quizá lo más verosímil sería sintetizar la cuestión de esta forma: razones religiosas en relación con la creencia en la trasmigración de las almas y el parentesco de la vida en su totalidad impedirían a los pitagóricos la realización de sacrificios sanguinarios y la ingestión de carne, que se tomaba en cierta forma como antropofagia, pero la prohibición sería selectiva respecto de ciertas especies (creían que en algunas de ellas el alma humana no podía penetrar) y respecto a ciertas partes, como por ejemplo los testículos y la matriz, que se asociaban con la fuerza vital y representaban la misteriosa encarnación del espíritu universal de perpetuación de la vida. La disparidad de opiniones puede venir también de la evolución en el tiempo de estas prácticas o incluso de tendencias dispares entre los acusmáticos como guardianes de los fundamentos religiosos de la secta y los matemáticos cuya tendencia filosófica matemática les hacía desdeñar lo que consideraban rutinas supersticiosas.


 

LA IDEA PITAGÓRICA DE DIOS

Más difícil de desentrañar es la concepción de Pitágoras sobre la divinidad. Si realmente los Versos de Oro encierran su pensamiento, parece que Pitágoras creería en un Dios supremo, creador y ordenador del mundo, artífice y garante de la armonía universal que preside el Cosmos (a quien alude Hierocles reiteradamente en su “Comentario a los Versos de Oro”); y luego en la existencia de dioses subalternos, tres tipos de seres inferiores en jerarquía: «los dioses inmortales», «los nobles héroes» y «los genios subterráneos» (Versos Dorados, 1, 2, 3). Los primeros habitan los astros; los segundos el éter; y los terceros la tierra.

Platón, en el “Timeo”, acepta esta jerarquía de dioses e incluso explica cómo el Dios Supremo (en singular) creó a los otros, y por orden suya, los Demiurgos a los hombres. Ahora bien como se sabe el “Timeo” es un Diálogo muy impregnado de Pitagorismo, por tanto es verosímil afirmar que Pitágoras sea el autor de esta Teología, que como se ve, está bastante indefinida, pero en cualquier caso se puede asegurar que la idea pitagórica de Dios poco o nada tiene que ver con el Zeus de la mitología tradicional. Lo que sí se debe considerar es la alusión a Dios, en singular, de los biógrafos y comentadores pitagóricos, por ejemplo en Jámblico:

► «Los pitagóricos honraban mediante el silencio a Dios, principio de todas las cosas y consideraban este principio rodeado de insondables tinieblas».

Y en Porfirio:

► «El mejor culto que puedes ofrecer a Dios [según los pitagóricos] es formar tu alma a su semejanza, mediante la virtud que eleva el alma a la patria divina de donde ha salido»

 

PITAGORISMO Y CRISTIANISMO

Como se ha visto, el Pitagorismo era un sistema de pensamiento filosófico y científico, pero lo era no por sí mismo, sino como consecuencia de la doctrina religiosa. Para Pitágoras religión y ciencia son aspectos indisociables del estilo de vida adoptado. En cierto sentido, Pitágoras es uno de los grandes iniciados y se le debe considerar ante todo como el fundador de una religión con un cuerpo completo de doctrina con dogma, ética y moral. Es muy curioso, y sería ingenuo atribuirlo al azar, el constatar que el siglo VI a.C., en el que vivió Pitágoras, es una época crucial para el desarrollo de las religiones, ya que por cierto Pitágoras fue casi coetáneo de Buda, Confucio, Lao Tse, Zoroastro y los grandes profetas de Israel.

Encontramos algunas similitudes entre las doctrinas pitagóricas y el Cristianismo y en algunos aspectos podemos decir que el Pitagorismo (tal como se había injertado en Siria y Egipto) proporcionaría al Cristianismo ciertas bases en los fundamentos filosóficos de la Iglesia primitiva. En efecto, los Padres de la Iglesia extrajeron bastante de su Metafísica de la Filosofía platónica, en especial de la de contenido pitagórico. Como consecuencia algunos aspectos de la moral cristiana y su enseñanza derivan de una manera directa del Pitagorismo.

Por supuesto hay analogía manifiesta en algunos aspectos transcendentales como la inmortalidad del alma y las ideas de pecado original, expiación y salvación (con sus componentes de miedo, pero sobre todo de esperanza, castigo de malos y premios de buenos en la otra vida), que son de origen pitagórico. Las dos religiones se fundan sobre el amor. El examen de conciencia prescrito y practicado por los pitagóricos (Versos Dorados, 40-44) pasó al Cristianismo con el cambio de que el juez deja de ser la propia alma para pasar a ser Dios. El sentido de la propia Iglesia como asamblea de almas en comunión por una misma fe (Dogma) y unas mismas normas de vida (Moral) es de origen pitagórico.

Encontramos también gran similitud entre la forma poética cargada de metáforas, alegorías y sentencias, que según parece utilizaba con frecuencia Pitágoras y las famosas parábolas de los Evangelios. A veces la analogía en el significado es tan patente que debemos hablar de clara influencia pitagórica, por ejemplo la admirable frase evangélica: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto», los pitagóricos la habían formulado en la forma «El fin del hombre es imitar a Dios» (Jámblico, Vida de Pitágoras, 137). Diógenes Laercio escribe:

► «Fue [Pitágoras] tan admirado de cuantos le conocían que a sus sentencias las llamaban palabra de Dios».

El concepto de virtud siendo uno de los elementos claves de la armonía interna pitagórica (Diógenes Laercio, VIII, 21) pasará directamente a forjar la idea de virtud cristiana que tiene por tanto una clara raíz pitagórica. En concreto, las Virtudes Cardinales ya son consideradas en los Versos de Oro, la Prudencia en el 14, la Justicia en el 13, la Fortaleza en el 18 y la Templanza en el 9 y 10. En cuanto a las llamadas Virtudes Teologales, la Fe y la Esperanza son conceptos netamente pitagóricos mientras que la Caridad, gran aportación personal de Jesucristo a la humanidad, no es propiamente pitagórica pero conceptos tan próximos como la fraternidad y la filantropía eran esenciales en el Pitagorismo.

Pero es quizá en los Diez Mandamientos de la Ley de Dios donde mejor advertimos las reminiscencias pitagóricas y los vínculos recíprocos con la Ley de Moisés, que pudo conocer Pitágoras durante su estancia en Egipto. El Decálogo está realmente contenido en los Versos de Oro según la correspondencia de la tabla que se adjunta.

Los Versos de Oro no aluden al precepto del quinto mandamiento «No matarás» ya que su mensaje estaba tan anclado en el espíritu pitagórico que incluirlo hubiera sido redundante. El respeto a la vida no sólo de todo hombre sino de todo ser viviente, con la condena formal de la violencia formaba parte esencial, como se ha visto, de la moral pitagórica.

La alusión al séptimo mandamiento «No hurtarás» tampoco está muy explicitada en los Versos de Oro. Como en el quinto, su mensaje formaba parte también de la moral pitagórica («respeto al prójimo y a lo ajeno»). La interpretación que da Hierocles en su Comentario del verso16 («No te apoderes nunca del bien ajeno»), aconseja la correspondencia Séptimo Mandamiento-Verso de Oro 16.

En cuanto al mandamiento noveno y décimo es natural que no tengan correspondencia en los Versos de Oro ya que son versiones del sexto y el séptimo, introducidos para la alcanzar el número 10, considerado sagrado, como para los pitagóricos.

En el Pitagorismo, que ensalzando la vida ascética y contemplativa exigía la renuncia a la ambición material de las riquezas y los goces de los sentidos, encontramos las raíces de las órdenes monásticas cristianas, el noviciado, el «Ora et labora», la comunicación con Dios a través de la oración, la fraternidad, el comunismo integral y la normativa.

Hay otros aspectos de similitud o influencia como por ejemplo la purificación pitagórica y el bautismo cristiano, la fusión mística con Dios del misticismo cristiano y pitagórico, el rito de la excomunión, en el caso de los pitagóricos reservada para quien revelara los supremos secretos, como la aplicada a Hipasos de Metaponto (según relatos de Proclo y Jámblico) por haber difundido la construcción del Dodecaedro y el descubrimiento de las magnitudes inconmensurables en relación con las sagradas propiedades del Pentagrama místico.

Otra hipótesis que va tomando cuerpo señala que Jesucristo entre los 12 y los 30 años (ignorados por Los Evangelios) pudo estar conviviendo con los Esenios, una secta judía disidente de vida retirada y ascética, que según Flavio Josefo (en “Antigüedades judías”) había asimilado una gran parte de la doctrina pitagórica que a lo largo de los siglos se había ido extendiendo por todo el Mediterráneo y en particular en Oriente Medio. La confirmación de la hipótesis explicaría, por una parte, las manifiestas similitudes entre Pitagorismo y Cristianismo, y por otra, la rápida difusión del Cristianismo en el mundo greco-romano.

Según Bertrand Russell: (Historia de la Filosofía Occidental, Vol.I, págs. 67-75):

► «Si no fuera por Pitágoras, los cristianos no habrían considerado a Cristo como el Verbo; a él deben los teólogos la búsqueda de pruebas lógicas de la existencia de Dios y de la inmortalidad».

La influencia o similitud entre el Pitagorismo y el Cristianismo se ha querido a veces llevar tan lejos (hasta los mismos orígenes comparando aspectos personales de los fundadores) como en una versión del nacimiento de Pitágoras que imita a la de Jesús (cuya fuente probable es Nicómaco de Gerasa) que relata Jámblico (Vida de Pitágoras, 2), en la que se enfatiza que no hubo relación sexual en la concepción de Pitágoras y se añaden detalles como la relación genealógica de Pitágoras con el fundador de su pueblo, diversas profecías, el traslado a una nueva ciudad para el nacimiento, etc. Diógenes Laercio también cae en excesos cuando habla de la bilocuidad de Pitágoras y de su fama de milagrero. En este caso la influencia sería absurdamente retrospectiva del Cristianismo sobre el Pitagorismo, o más bien sobre la tardía hagiografía pitagórica.

 

 

1 COMENTARIO

  1. Una muy buena recopilación de ideas pitagóricas y, asimismo, una síntesis muy potente de lo que significó o significa el pitagorismo (tanto en este artículo como en los anteriores).

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