ESTAMPAS PITAGÓRICAS (11)

La Cosmología pitagórica

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La veneración hacia el número diez tiene para los pitagóricos una implicación cosmológica trascendental en su doctrina acerca de la configuración del universo, al ser la inspiradora del primer sistema astronómico no geocéntrico.

► «Los pitagóricos se dedicaron al cultivo de las matemáticas y fueron los primeros en hacerlas progresar; estando absortos en su estudio creyeron que los principios de las matemáticas eran los principios de todas las cosas».

▬  ARISTÓTELES. Metafísica (985b, 986 a).

Según Aristóteles (Metafísica, 986 a):

► «… como creen [los pitagóricos] que la década es perfecta y que abarca la naturaleza entera de los números, afirman que también los cuerpos que se mueven en torno de los cielos son diez, pero al ser nueve solamente los visibles, se inventan, por esta razón, el décimo, la anti-tierra,… ».ç

Aristóteles desarrolla estas ideas más ampliamente en su obra “De Caelo” (293 a):

► «La mayoría de los pueblos dicen que la tierra está situada en el centro del universo,…, pero los filósofos pitagóricos sostienen lo contrario. Dicen que en el centro está el fuego y que la tierra es uno de los astros que, al moverse circularmente en torno al centro, da lugar al día y a la noche,…».

He aquí el rasgo más importante de la cosmología pitagórica, el haber desplazado a la tierra del centro del universo, ya que supone un heroico salto de imaginación científica ponderado sobremanera por Platón. No es exactamente una anticipación de la teoría heliocéntrica, pero algunos estudiosos de la Historia de la Cosmología lo consideran de rango superior en importancia a la identificación del fuego central con el sol.

Así pues, en el sistema cosmológico pitagórico, el carácter sagrado de la Década establece que la perfección del Cosmos obliga a que el número de cuerpos en órbita debe llegar a la perfección numérica de la Década y como los cinco planetas conocidos, la luna, el sol, la esfera de las estrellas fijas y la propia tierra (que se movía circularmente también alrededor de una especie de corazón inmóvil de fuego, el fuego central, situado en el centro del universo) suman nueve, añadieron en su doctrina («de modo que toda su teoría fuera coherente», como dice Aristóteles) lo que llamaron la anti-tierra, que supusieron que estaba hacia el interior, alineada con la tierra y con el fuego central y con el mismo período de revolución diaria que la tierra.

El sistema postulaba, ante todo, la existencia de una anti-tierra, en equilibrio con la tierra y de un fuego central, núcleo ígneo de un universo circular y finito, considerado con temor religioso, dotado de atributos divinos y honrado poéticamente con el título de «Corazón del Universo» y «Trono de Zeus». El sol no era el centro del cosmos, ni era el creador de su propio calor y fuego, sino que era una especie de cristal reflector que recogía la luz y el calor del fuego central, en torno al cual giraba con un período de un año. Las estrellas fijas permanecían estacionarias, mientras que la tierra mantenía, durante su movimiento, el mismo hemisferio deshabitado hacia el fuego central de modo que sus habitantes no podían ver jamás ni el fuego central ni la anti-tierra.

No se ha de ver la doctrina cosmológica pitagórica como una mera fantasía llena de arbitrariedad. De hecho el sistema proporcionaba una explicación plausible de los eclipses. La raíz de la cosmología de Pitágoras, como de casi todas las especulaciones de los pitagóricos, estriba en que en sus mentes ocupa siempre el primer lugar la necesidad inalienable de la conservación de la armonía matemática que debe presidir, con finalidad religiosa, toda elucubración hacia el descubrimiento del perfecto Cosmos (orden) del mundo, a fin de reproducirlo en el propia alma. Pero el hecho de que la motivación última fuera de carácter religioso, no resta valor científico a la mayor parte de su pensamiento.

Es muy digno de resaltar, en este campo, la originalidad de la teoría pitagórica. Para Thales y otros filósofos presocráticos como Anaxímenes, Heráclito, Parménides y Empédocles la tierra estaba ciertamente en reposo en el centro del universo esférico y más tarde Eudoxo y por supuesto Aristóteles volvieron a situar con firmeza la tierra en el centro, del que no se movería hasta los primeros balbuceos heliocéntricos de Aristarco. Para pensadores de la talla de Giordano Bruno el giro copernicano no sería una novedad sino la restauración de la antigua Cosmología pitagórica.

 

 

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