La foto del tren descarrilado con la clase política posando delante no es un error. Es un retrato. Un autorretrato, de hecho.
A ti te piden paciencia.
A ti te piden civismo.
A ti te piden “comprensión”.
A ti te piden que no “hagas política” con el dolor.
Y luego van y posan con el dolor.

Porque ahí está la clave: el tren está en el suelo, pero ellos están de pie. Ellos siempre están de pie. Con el abrigo bueno, la cara de circunstancia, el gesto ensayado de “qué pena, qué duro, estamos con ustedes”. Y luego se van. A lo suyo. A su coche oficial. A su agenda. A su guerra de barro. Y tú te quedas con el miedo en la boca y el billete en la mano, como un idiota que todavía cree que esto funciona.
Ese tren somos nosotros.
Somos nosotros llegando tarde a currar con la excusa gastada del transporte público, que ya ni es excusa: es rutina. Somos nosotros tragándonos la impotencia en el andén, en la carretera, en urgencias, en la ventanilla. Somos nosotros pagando impuestos como si estuviéramos financiando Suiza y recibiendo servicios como si estuviéramos en Etiopía.
Y mientras tanto, ellos juegan al tenis.
Porque han descubierto que el ciudadano se indigna… quince minutos. Que al día siguiente hay otra bronca en la tele. Otro escándalo. Otra cortina de humo. Otra pelota cruzando la pista. Y tú, como un imbécil agotado, miras la pelota en vez de mirar la pista: quién la monta, quién cobra la entrada, quién decide las reglas.
Esto ya no va de ideologías. Ya no va de izquierda o derecha. Va de arriba y de abajo. De los que mandan y los que pagan.
Han aprendido que si nos mantienen divididos, no miramos arriba. Que si nos mantienen gritando, no preguntamos. Que si nos mantienen indignados por turnos, la indignación se gasta. Y la indignación gastada es oro para el poder: porque el ciudadano cansado es un ciudadano domesticado.
Ellos viven blindados. No esperan en urgencias. No pierden el tren. No pierden el día por una avería. No se juegan el trabajo por un retraso. No se comen la ansiedad de “llego tarde otra vez”. No van en segunda. Ni en tercera. Van en “otra realidad”.
Por eso la foto es tan perfecta: porque resume el país.
Un país caído, gestionado por gente erguida.
Y mientras tú miras el vagón en el suelo, ellos miran a cámara.
Y sonríen por dentro.
Porque saben que, pase lo que pase, siempre habrá alguien abajo para pagar la reparación. Y alguien arriba para cortar la cinta.
Ese tren somos nosotros.
Y si no lo entendemos ya, no es que el tren descarrile.
Es que nos han convencido de que viajar así es normal.
Y no lo olvides. En ese tren podrías ir tú. Yo. Cualquiera. Ellos no: ellos viajan en otra España.





Me ha emocionado leerte, Mapi. Me has insuflado fuerza. Tu artículo es simplemente limpio, justo, humano…; invita a la noble rebeldía que todos deberíamos A UNA tener…
Muchas gracias.
Ni una coma que añadir. Exacto.