ESA VOZ QUE NO RAZONA

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Hay decisiones que parecen nacer antes de que hayamos terminado de pensarlas. Algo nos dice que debemos avanzar o detenernos, confiar o desconfiar, aceptar una oportunidad o alejarnos de ella. No siempre sabemos explicar de dónde procede esa certeza y, sin embargo, la sentimos con una intensidad suficiente como para condicionar nuestra conducta. A esa forma peculiar de conocimiento la llamamos intuición, aunque quizá sería más preciso entenderla no como una voz misteriosa que surge de algún lugar desconocido, sino como un espacio intermedio entre la razón y la emoción.

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La razón necesita argumentos, compara posibilidades, establece relaciones entre causas y consecuencias y procura justificar aquello que finalmente decidimos. La emoción, por el contrario, responde de manera más inmediata ante cuanto nos sucede: sentimos miedo, entusiasmo, rechazo, confianza o inquietud antes incluso de haber comprendido plenamente sus motivos. La intuición parece encontrarse entre ambas. No prescinde necesariamente de la experiencia racional ni tampoco de la emoción, sino que puede nutrirse de las dos, transformándolas en una percepción rápida cuyo proceso no siempre somos capaces de reconstruir conscientemente.

Tal vez por ello intuimos mejor aquello que conocemos. Quien ha acumulado experiencia en una determinada actividad puede advertir que algo no encaja mucho antes de descubrir exactamente qué es. No se trata necesariamente de una facultad extraordinaria, sino de la capacidad de reconocer señales, semejanzas y pequeñas anomalías que nuestra memoria ha aprendido a identificar. La intuición puede ser, en estos casos, una especie de experiencia condensada: sabemos sin saber todavía explicar por qué sabemos.

Pero precisamente ahí reside también su peligro. No todo aquello que sentimos como evidente es verdadero. La intuición puede estar contaminada por el miedo, el deseo, los prejuicios o las experiencias negativas del pasado. Podemos creer que desconfiamos intuitivamente de alguien cuando, en realidad, estamos proyectando sobre esa persona una experiencia anterior; del mismo modo, podemos interpretar como una intuición favorable aquello que simplemente deseamos que suceda. Cuanto mayor sea nuestra implicación emocional, mayor debería ser también nuestra prudencia.

Por ello, quizá el verdadero valor de la intuición no consista en sustituir a la razón, sino en dialogar con ella. Cuando la intuición nos advierte de algo, merece ser escuchada; cuando pretende decidir por nosotros, merece ser interrogada. Podemos preguntarnos de dónde procede esa sensación, qué hechos la sostienen, qué parte pertenece a nuestra experiencia y cuál puede proceder del temor, del deseo o del prejuicio. No se trata de silenciarla, sino de comprenderla.

Las mejores decisiones probablemente no sean aquellas tomadas exclusivamente desde la fría racionalidad ni tampoco las que obedecen ciegamente a una emoción inmediata. Entre ambas existe un territorio en el que experiencia, sentimiento y pensamiento pueden encontrarse. La intuición habita precisamente allí. Puede orientarnos cuando la razón todavía no dispone de todas las respuestas, pero nunca debería convertirse en una verdad indiscutible.

Quizá madurar consista también en aprender a distinguir entre sentir que algo es cierto y saber por qué creemos que lo es. Escuchar nuestra intuición requiere sensibilidad; seguirla requiere experiencia; pero saber cuándo debemos desconfiar de ella exige algo todavía más difícil: conocernos a nosotros mismos.

 

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1 COMENTARIO

  1. ¡ Cómo me gusta este artículo! Me siento totalmente identificado. Soy muy intuitivo y, aunque, en general, acierto, he de reconocer que en cuanto a las personas, mi primera impresión suele ser errónea.

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