ENTRE LA TRIBUNA Y LA MESA

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Vivimos en una época en la que hablar es fácil y escuchar es raro. Las palabras circulan a una velocidad vertiginosa, pero no siempre sabemos qué pretendemos cuando las pronunciamos. ¿Queremos convencer? ¿Persuadir? ¿Enseñar? ¿O simplemente compartir?

No son lo mismo.

 

marionetas

Convencer apela a la razón. Es un ejercicio legítimo y necesario en una sociedad democrática. Se exponen argumentos, se confrontan ideas y se intenta mostrar que una postura está mejor fundamentada que otra. Convencer implica un respeto previo por la inteligencia del interlocutor: supone que el otro es capaz de evaluar razones y cambiar de opinión si encuentra mejores fundamentos.

Persuadir, en cambio, introduce un matiz distinto. No se dirige solo a la razón, sino también a la emoción. Utiliza recursos retóricos que buscan inclinar la balanza interior del oyente. La persuasión no es necesariamente negativa; de hecho, toda comunicación humana tiene un componente persuasivo. El problema surge cuando la apelación emocional sustituye al argumento y se convierte en manipulación.

Manipular es ya otra cosa. Es orientar la voluntad del otro ocultando información, exagerando datos o apelando a miedos y prejuicios. En la manipulación no se respeta la libertad del interlocutor; se le conduce hacia una conclusión predeterminada sin ofrecerle todos los elementos necesarios para un juicio libre.

Entre convencer y manipular hay una frontera ética muy clara, aunque a veces resulte difícil de delimitar en la práctica.

La tradición clásica concedió a la retórica una importancia enorme. Para Aristóteles, la retórica era el arte de encontrar los medios de persuasión adecuados en cada caso. No era sinónimo de engaño, sino herramienta para exponer la verdad de modo eficaz. Sin embargo, ya en la Antigüedad se percibía el riesgo de que el dominio de la palabra se convirtiera en instrumento de poder al servicio de intereses poco nobles.

Hoy ese riesgo se ha multiplicado. Las redes sociales, la comunicación política y el marketing han perfeccionado técnicas destinadas a captar la atención y provocar adhesión inmediata. El mensaje breve, contundente y emocional tiene más recorrido que el razonamiento matizado. La complejidad no es viral; el eslogan sí.

En este contexto, conviene preguntarse qué tipo de comunicadores queremos ser. Porque todos lo somos, en mayor o menor medida. En una conversación familiar, en un aula, en una reunión de trabajo o en una publicación en internet, cada palabra que pronunciamos tiene una intención, consciente o no.

Hay una forma de comunicación que rara vez se menciona y que quizá sea la más humilde y fecunda: compartir. Compartir no busca vencer ni dominar. No pretende imponerse ni seducir. Consiste en ofrecer una idea como quien pone algo sobre la mesa para que otros lo examinen. El que comparte no se siente amenazado por el desacuerdo, porque no ha hecho de su opinión un estandarte de identidad.

Compartir implica una actitud interior distinta. Supone reconocer que nuestra perspectiva es limitada y que puede enriquecerse con la mirada ajena. No renuncia a la firmeza, pero la despoja de agresividad. No abdica de la convicción, pero la libera de la necesidad de triunfo.

En la vida pública, esta distinción es crucial. Cuando el debate se convierte en competición permanente, la palabra deja de ser puente y se transforma en arma. Se habla para ganar, no para comprender. El adversario se convierte en enemigo y la discrepancia en amenaza.

La retórica, en su sentido noble, debería servir para aclarar, no para confundir; para iluminar, no para oscurecer. El uso ético de la palabra exige coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. De poco sirve dominar las técnicas del discurso si no existe una voluntad sincera de verdad.

Hay también una dimensión pedagógica en todo esto. Enseñar no es imponer conclusiones, sino acompañar procesos de comprensión. El buen docente no busca fabricar réplicas de sí mismo, sino ayudar a que cada alumno desarrolle su propio criterio. Enseñar se parece más a sembrar que a moldear.

Quizá el desafío contemporáneo consista en recuperar una ética de la comunicación. Preguntarnos antes de hablar: ¿quiero tener razón o quiero entender? ¿busco adhesión inmediata o reflexión duradera? ¿estoy respetando la libertad del otro o estoy intentando dirigirla?

La palabra tiene una fuerza enorme. Puede construir vínculos o romperlos; puede abrir horizontes o cerrarlos. Cuando se utiliza con honestidad, la retórica se convierte en instrumento de convivencia. Cuando se degrada, se convierte en herramienta de polarización.

No se trata de renunciar a la elocuencia ni de desconfiar de la emoción. Se trata de integrarlas en un marco de responsabilidad. Porque hablar bien no es solo hablar con eficacia; es hablar con integridad.

Tal vez convendría reivindicar una comunicación menos espectacular y más reflexiva. Menos orientada al aplauso inmediato y más atenta a la comprensión profunda. Menos obsesionada con convencer a toda costa y más dispuesta a compartir sin miedo.

En una sociedad saturada de discursos, la verdadera originalidad puede consistir en algo sencillo: decir lo que uno piensa con claridad, escuchar con respeto y aceptar que la verdad no se impone por volumen, sino por consistencia.

 

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