ENTRE EL BIEN Y EL MAL

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Suele ser habitual para discernir entre lo que está bien y lo que está mal acudir a las reglas religiosas y morales, mezclando en la mayoría de los casos la religión con la bondad de las personas, lo cual es una presunción que, en Derecho, se denomina»iuris tantum», viniendo a ser algo así, aplicándolo al caso que nos ocupa que, no por ser practicante de alguna confesión alguien es bueno por necesidad, sino que se admite prueba en contrario que demuestra la no pretendida o supuesta bondad.

En todo caso, lo que no se puede negar es que tanto las religiones como las sociedad civil laica, cada una con su propio código ético, utilizan como recurso para obligar a actuar conforme a ellos, el castigo del pecado, lo que impide entrar en el paraíso de la vida eterna, y en el caso de las conductas sociales el castigo o rechazo por la Sociedad Civil, bien en forme de condena social o, cuando se trata de un ilícito penal, delito o falta, a través de la correspondiente sanción pecuniaria o de privación de libertad, en sus diversos grados según la gravedad de la conducta o ilícito.

Todo este viene a cuento de un acalorado «debate», por no decir una tensa confrontación dialéctica, por llamarla de alguna manera, entre unos amigos mios, aunque también se reproduce frecuentemente en nuestra sociedad, hasta el punto de entrar en descalificaciones  personales, lo que revelaba finalmente el dogmatismo religioso por parte de unos y el dogmatismo laico por parte de los otros. Mi única intervención, con el fin que la sangre no llegase al río, o lo que es lo mismo, no terminar con la cabeza caliente y los  pies fríos, en un día plomizo de este mes de marzo, que, quién eran ellos como yo para condenar al contrario, es decir,  a unos por no creer y a los otros por creer, si cada uno tiene su propia verdad, lo cual no la convierte en una verdad absoluta, máxime cuando lo que entra en juego es la fe, eso si, con el grave y habitual error de mezclar moralidad únicamente con religión y, a sensu contrario, considerar amoral a quien no la práctica, o incluso, condenar la fe de las personas por la relativa amoralidad de la confesión a la que pertenecen con la consiguiente falacia o amplia generalización o generalización radical, porque el todo no puede ser malo por la conducta amoral de alguno de sus acólitos o practicantes. Lo relativo no puede elevarse a la categoría absoluta, porque sería reducir o simplificar lo que por naturaleza en nuestro caso es bueno, como en esencia son las religiones, dejando al margen sus dogmatismos ortodoxos y sus estructuras o políticas organizativas y doctrinarias.

Por ello, dejando al margen las religiones, lo cual no deja de ser una pena, por la relatividad a la que reducimos su existencia, y no como transmisión de un recto proceder en su esencia; prefiero identificar lo bueno y lo malo con ese código moral o penal, al que me he referido más arriba que, no es más, que una respuesta de la conciencia social a lo que debería considerarse bueno o malo, dependiendo de su resultado final.

En definitiva, la distinción entre lo bueno y lo malo vendría a ser el fruto de un pacto social que en los albores de los tiempos provenía del propio grupo familiar, es decir de los propios progenitores y sus ancestros, transmitida a lo largo de las distintas generaciones  y que permitían un resultado óptimo para sus intereses en cuanto a convivencia y supervivencia, con traslado a los sociedades tribales y su evolución a los grupos sociales actuales, lo que se conoce como derecho natural de cuyo estudio, en el sentido de lo socialmente reprobable o no, se encarga la filosofía política, teoría del Derecho y otras disciplinas afines, dentro del denominado contrato social  que explica el origen y propósito del Estado, así como de los Derechos Humanos,  fruto de análisis en sus diferentes versiones por los contractualistas  Roseau, Hobbes y Locke, pasando finalmente a integrarse no sólo en el corpus legislativo sino también en los código morales y sociales  -no escritos-, pasando de la conciencia colectiva y social a la personal, con la modulaciones propias en cada ámbito por influencia de las diferentes religiones, de la educación familiar y del propio estudio personal y la interiorización  a nuestro fuero interno, sin olvidarnos de la influencia negativa de los estereotipos.

Se trata, por tanto, de códigos de ida y vuelta, del individuo a la sociedad para volver finalmente al individuo, como ser social.

Lo anterior nos lleva o desembocar en la propia conciencia personal que, no es otra cosa, que la consciencia o trasposición a nuestro mundo interior de ese conciencia colectiva, aspectos que ya fueron fruto de análisis en un artículo publicado en este mismo medio, bajo el título: «La conciencia»

Se trata, en consecuencia, de una realimentación entre la conciencia individual y la social que define lo que está bien o mal, haciendo posible una convivencia eficaz y en armonía en cuanto a los resultados o repercusión favorables en el propio grupo, pero también en nuestro propio ser individual por la conciencia del convencimiento de haber actuado correctamente. Ello, dejando al margen, en la medida de lo posible,  los estereotipos como una percepción exagerada y simplificada sobre una persona (o cosa) o grupo de personas (o cosas) que comparten ciertas características, cualidades y habilidades, buscando justificar o racionalizar una relativa conducta en relación a una determinada categoría o grupo social basadas en un conjunto de creencias,  cualidades y atributos que se le son adjudicados a un grupo de personas, donde se ven mezclados elementos culturales, religiosos,  sociales y económicos.

Es inevitable, que los estereotipos influyan tanto en el juicio moral personal como en el social, por tanto, en la medida que nos podamos abstraer de ellos el resultado será más objetivo y, consecuentemente, más real, siendo una muestra de su influencia los prejuicios de ese dogmatismo religioso y laico al que sucumbieron mis amigos en la anécdota que al principio he relatado, y de la mayoría de las personas entre las que me puedo incluir, casi siempre por la inferencia del ego. De ahí la necesidad de sacarlos de nuestros códigos morales sobre el juicio de lo que está bien o mal, por lo  inexacto y capcioso del resultado.

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