El coche se para sin un quejido de aviso. Anda hasta que deja de hacerlo, muerte súbita o quizá, al conductor se le ha olvidado llenarle la andorga de gasolina y el automóvil decide que sin zampa no le llevaba más allá.

Mira el móvil, ¿qué si no? Es lo primero que se hace ante una situación de urgencia, antes incluso, que el cerebro sepa que es una urgencia, mientras el coche, todavía, sigue en plena agonía.
—¡Mierda! —El móvil no tiene batería.
Llega tarde o no va a llegar visto lo visto, tiene que avisar, tiene una cita importante a cuarenta kilómetros. Se baja del coche, lo rodea, lo mira desde todos los ángulos como si así fuera a encontrar otra causa diferente a la que le ha dicho el salpicadero.
—¡Joder! —grita en medio de la nada.
En medio de la nada está. En una carretera comarcal por la que no pasa nadie y menos a esas horas, a escasos veinte minutos de la cena que iba a tener lugar con esos clientes que le han hecho ir al fin del mundo.
A lo lejos, unas luces se chivan de que hay vida cerca. Pisa un charco, sus zapatos de piel marrón ahora parecen el caparazón de una tortuga. Veinte días sin dejar de llover, y claro, la tierra está anegada, escupiendo el agua que le sobra.
Hoy parecía que el tiempo iba a dar un descanso, pero como en la escena más tétrica de una película, comienza a llover.
—¡Me cago en la puta! ¿Será posible?
Y con estas alabanzas a la buena suerte echa a correr.
Cuando llega a la puerta ya lo hace calado hasta los huesos, por mucho que se haya cubierto la cabeza con la chaqueta el agua le churretea por la cara y la corbata es una tobera.
—Buenas noches. Disculpen que les moleste, pero parece que me he quedado sin gasolina y no tengo batería en el móvil. ¿Serían ustedes tan amables de dejarme cargarlo un poco, he de hacer una llamada importante? —Este discurso lo suelta apenas sin respirar, con urgencia, intenta acelerar la voluntad de la señora que le mira sonriendo y le coge del brazo para que entre.
—¡Pero hijo mío! ¡Si estás empapado! Pasa, pasa.
—Sí, bueno, no se preocupe, solo cinco minutos, cargo un poco el teléfono y hago un par de llamadas.
—Claro, claro, pero tienes que secarte, vas a coger una pulmonía. —Y tira de él hasta meterlo en casa.
El busca un enchufe con los ojos, pero ella le arrastra. Parece mentira que esa mujer, que no pasa del metro cincuenta pueda tirar de él con tanta determinación.
—Anda, pasa al baño, quítate los zapatos, vas hecho un Adán, ahora mismo te traigo unas toallas para que te seques. Quítate también la ropa, que te traigo ropa seca. —Él, que no entiende nada, se suelta del brazo y con tono enfadado le responde.
—De verdad que no, señora, solo necesito un enchufe, tengo que marcharme, tengo una reunión y llego tarde. —En ese momento ve su salvación al lado del espejo del baño. —Este mismo, puedo utilizarlo y no le molesto más, hago las llamadas y me voy.
—¿Dónde vas a irte? De eso nada, te das una duchita con agua caliente, te cambias de ropa y te tomas un café calentito, después, ya veremos.
Un señor, aproximadamente de la misma edad, ninguno cumple los setenta y cinco, aparece tras ella y la coge de los hombros.
—Marce, ¿Quién es este señor? ¿Usted qué hace aquí? —pregunta a uno y a otro, alternando la cabeza entre los dos.
—Ha venido a vernos.
—Verá, se me ha parado el coche y solo necesito hacer unas llamadas
Responden a la vez, Marcela con cara de ofendida y el hombre señalando el cable.
—Anda, ven, vamos, ven conmigo. —Se la lleva sin soltarla de los hombros y mientras, hace un gesto al desconocido indicándole que espere.
Cuando el sin nombre, lo llamaré así, ve una rayita en el aparato se dispone a llamar antes de que nadie entre en el baño de nuevo, pero es imposible, el señor, que se llama Fermín, aparece de nuevo, esta vez con un montón de ropa entre los brazos.
—Mi mujer insiste en que se cambie de ropa, aquí le dejo esta, mire usted si algo puede valerle.
Sin nombre intenta responder, pero Fermín no le deja, levanta la mano y así le paraliza, como un guardia urbano en un atasco en Cibeles, le entrega la ropa y se vuelve a marchar cerrando la puerta tras de sí. Por fin, a solas, llama a una de las personas que ya está en el restaurante esperando. Le cuenta, se disculpa, intenta concertar otra cita. El interlocutor, correcto, pero sin rozar la amabilidad, entiende, acepta y le dice que ya hablaran más adelante.
Ambos saben que no, no hablarán.
Sin nombre deja caer la cabeza entre las manos, llevaba preparando ese encuentro semanas, ese contrato que, en caso de haberse firmado, le habría solucionado el año y teniendo en cuenta que acaba de empezar febrero, eso es mucho tiempo.
Al cabo de quince minutos, con la carne colorada por el agua caliente y vestido con una sudadera y un pantalón marrón sale del baño. En la puerta le esperan unas zapatillas de estar en casa y sus zapatos limpios, todavía mojados. Se pone las zapatillas y con un revoltijo de prendas va hacia la habitación donde escucha el ruido de la tele.
—Perdón —dice cuando entra.— Muchas gracias por la ropa, ¿podrían ustedes dejarme una bolsa vacía para meter esto? —pregunta señalando el montón que acuna entre sus brazos.
—Claro, hijo. Siéntate, enseguida te traigo una.
Él permanece de pie, vacío por fuera y por dentro. No sabe qué decir, en la compañía de seguros le han dicho que la grúa tardará una hora más o menos, le gustaría irse al coche a esperar, pero no sabe cómo decirlo, tiene la sensación de que las paredes de esa casa le tienen secuestrado.
Se sienta al lado de Fermín, que le ha hecho un gesto para que se acerque. De no ser porque ha escuchado su voz pensaría que es sordomudo y todo lo explica con gestos.
—Creo que le recuerda a nuestro hijo, vive en Boston y hace años que no lo vemos. Quizá la altura o la corbata, no lo sé, pero está contenta. Por favor, no se vaya hasta que no se acueste, intentaré que sea lo antes posible, mañana, seguramente no se acuerde de nada.
Todo esto lo dice sin retirar la vista de un programa de televisión donde unos concursantes adivinan palabras a través de un rosco. No sabe, si no le mira para que no vea la emoción que parece transmitir su voz o porque está muy interesado en saber qué palabra que contiene la Y es la de un escritor del siglo XIX.
El hombre sin nombre mira el reloj y sin saber por qué, asiente.
Ya tiene el depósito lleno, ahora rellena el suyo, cena con ellos bajo el mantón de la mesa camilla. Sopa de picadillo, cinta de lomo y un culín de vino o dos. Sin saber cómo les cuenta cosas de hijo que no tiene padres, que los tuvo, pero sin demasiada relación.
Llega la hora y Marce se despide de él con un beso en la frente, agarrándole los carrillos como si hiciera un bocadillo con ellos.
—Me hace muy feliz que estés aquí.
Él no responde, solo la abraza, durante tres segundos. Hay que ver, cuánta ternura cabe en tan poco espacio.
Se cubre hasta el cuello con la manta que cae de la mesa, esperando a que venga Fermín para despedirse de él, el calor le sube por las piernas, le relaja y le adormece. Intenta mantener los ojos abiertos y en cambio lo que se le abre es la sonrisa, bobalicona, llena de gusto y de olvido. No recuerda clientes, ni coche, ni nada. Ni nada le falta o le sobra.
Cuando entra Fermín lo encuentra dormido en el sillón, lo despierta para que no se quede frío por la noche.
Sin nombre le agradece con la mirada que le tape en la cama, que le coloque el embozo de la sábana y le remeta la manta.
—Hasta mañana, hijo. —Le desea plantándole un beso en la frente para que crezcan pensamientos nuevos y mañana no recuerde nada.
PARA ADQUIRIR LIBROS DE LA AUTORA HAZ CLIC AQUÍ




