ENCUENTROS CON LA SOLEDAD

1
40511
90

 

Cada vez es más habitual cruzarse con personas que caminan por la calle, viajan en metro o en autobús adheridas a unos auriculares, a una pantalla o, en el mejor de los casos, a un libro. De una u otra forma, intentan evitar el estar consigo mismas, el ensimismamiento, el detenerse… para contemplar y fundirse, quizás, con el UNO. Se hace entonces palpable aquel célebre pensamiento de Pascal: “Toda la infelicidad del hombre se debe a una sola cosa: no saber quedarse quieto en una habitación.”

Imagen aportada por le autor del texto

En estas actitudes parece traslucirse una cierta incapacidad —o temor— de estar con uno mismo, de mirarse al espejo interior, de enfrentarse a las propias sombras reconociendo que son parte de uno, que nos han acompañado desde siempre y que, probablemente, seguirán haciéndolo mientras vivamos.

Pocos parecen haberse planteado que estar sin compañía no significa estar solo. Es, por el contrario, una oportunidad impagable para encontrarse con uno mismo, con la naturaleza y con lo trascendente. No es ausencia: es posibilidad.

Existe una diferencia profunda —y nada sutil— entre aislamiento y soledad elegida. El primero suele implicar imposición o incapacidad de comunicación y conlleva una carga negativa. La segunda, en cambio, es fértil, fecunda, un terreno abonado para plantar las semillas que pueden dar mucho fruto —al treinta, al sesenta, al ciento por uno, como diría el Evangelio.

Desde hace tiempo concibo la soledad como retiro, no como huida. Es una oportunidad privilegiada para observar con calma cuanto se extiende ante mis ojos, en esa doble mirada que intento cultivar: hacia fuera y hacia dentro. Esta última no siempre resulta fácil, pero sí siempre gratificante. Cerrar los ojos y bucear en las entretelas del alma, aceptando con paz lo que uno es y asumiéndolo como trampolín —o, al menos, como punto de partida— hacia lo que uno desea llegar a ser.

Durante una década y media tuve la fortuna de disponer de un pequeño apartamento en Lanzarote, al que acudía con frecuencia. El COVID-19 y el temor a posibles ocupaciones me llevaron a desprenderme de él. Pero durante ese largo periodo fue una fuente constante de experiencias profundas y enriquecedoras.

Mi afición al senderismo me llevó a recorrer la isla de punta a cabo, y a circunvalarla casi por completo. Lanzarote cuenta con unos 200 volcanes o bocas volcánicas. El tiempo y las inclemencias casi han borrado la silueta de algunos; otros, sin embargo, conservan su belleza intacta, con tonos rojizos y ocres que delatan la oxidación de los minerales expulsados en otro tiempo. He subido o caminado por las crestas —y en ocasiones por el interior— de unos 150 de ellos. Casi siempre en soledad… si es que al hecho de caminar sin compañía podemos llamarlo soledad.

El silencio que me envolvía, apenas interrumpido por el susurro del viento y el crujir de mis pasos sobre la gravilla volcánica, y la permanencia impasible del paisaje geológico frente a la fugacidad humana, constituían un bálsamo para el alma. Aquella calma era, sin proponérselo, una invitación constante a la introspección.

No hay soledad más fecunda que aquella en la que uno empieza a escucharse. No la voz del ego, ni la del pensamiento repetitivo, sino esa voz profunda, pausada y verdadera que habita bajo la superficie: la del Maestro Interior. Ese Maestro que, como decía Karlfried Dürckheim, solo existe “si existe aquel que se compromete en una búsqueda incondicional de la vía que le lleva a la VIDA.”

Es en la quietud del desierto, en el silencio de un cráter dormido, o en el roce que provoca el viento sobre la lava antigua, donde esa voz empieza a hacerse audible. No grita, no impone. Está. Esperando. A veces es un murmullo que orienta; otras, una imagen fugaz que nos deja pensativos durante horas; otras veces, simplemente, una certeza: “por aquí es.”

Esa voz —que todos llevamos dentro y tan pocas veces dejamos hablar— es la que nos recuerda lo esencial. Nos invita a soltar el ruido, la prisa, la necesidad de aprobación. Y nos pregunta, con dulzura: ¿Qué deseas realmente? ¿Qué temes? ¿Qué puedes dejar atrás ya? Se hace entonces tangible la intuición de Henry D. Thoreau: “No nos encontramos con nosotros mismos hasta que estamos perdidos.”

En mis largas caminatas por Lanzarote hubo momentos en los que no supe si caminaba sobre la tierra o dentro de mí mismo. La isla, tan callada, tan antigua, parecía hablar desde lo más profundo de mis huesos. Cada paso era un gesto ritual, un compás de esa danza secreta entre el mundo exterior y el alma.

A veces, en la cima de un volcán, sin más compañía que el cielo y el silencio, llegaban respuestas. No completas, no en forma de palabras, pero sí con una claridad súbita, como un relámpago que no asusta. Allí, el Maestro Interior se hacía presente, no como un guía autoritario, sino como una presencia que acompaña. Es una parte de ti que sabe… pero que solo puede hablar cuando tú callas.

Cada anécdota, cada jornada, cada recorrido, cada amanecer, ha sido —y sigue siendo— una nueva etapa en ese precioso y perpetuo camino a Ítaca, que no deseo que concluya sino después de mi muerte.

La soledad no es castigo ni privilegio. Es un derecho. Es una necesidad vital que nos permite desconectar, no como evasión, sino como un retorno a nuestro centro. Concebida así, se convierte en una verdadera escuela de sabiduría. Una escuela que, si estamos dispuestos a ser sinceros con nosotros mismos, nos permite conocernos mejor, comprender nuestras actitudes y pensamientos, corregir el rumbo cuando es necesario, y orientar la proa hacia nuestra Estrella Polar.

1 COMENTARIO

  1. Coincido plenamente con este maravilloso artículo, de hecho, escribí un artículo hace un tiempo en esta misma revista, titulado: «La solitud»; o, lo que es lo mismo, «la soledad elegida».

    Y sí, nada mejor que la naturaleza para romper la coraza y emerger en verdad para nosotros mismos.

    1
    0

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí