ELLOS Y LA GENTE NORMAL

La Política Y La Gestión Del Error

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La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.
Groucho Marx

congreso diputados
Foto de Gabriel Tovar en Unsplash

La frase que encabeza este texto encierra una de las críticas más mordaces y certeras que se han formulado contra la práctica política. Bajo su aparente simplicidad, condensa una desconfianza profunda y extendida hacia quienes ejercen el poder y hacia los mecanismos mediante los cuales se toman decisiones que afectan a millones de personas. No se trata de una ocurrencia ingeniosa ni de un mero ejercicio de cinismo, sino de una constatación incómoda de una realidad cada vez más difícil de ignorar.

Mi intención no es emitir un juicio aislado ni cargar la responsabilidad sobre un solo signo político, pues hacerlo sería una forma más de autoengaño. Como advirtió Hannah Arendt, el mayor peligro para la vida pública no reside únicamente en la maldad consciente, sino en la normalización de prácticas irresponsables y acríticas. La degradación de la política no es patrimonio exclusivo de unos pocos, sino un mal transversal que atraviesa ideologías, partidos y discursos. Condenar a unos para absolver a otros solo sirve para alimentar una ficción reconfortante: la de que el problema siempre es ajeno.

En demasiadas ocasiones, la gestión política responde prioritariamente al interés personal de quienes la ejercen y a la supervivencia de las estructuras partidistas a las que pertenecen. Max Weber ya advertía que quien se dedica a la política debe asumir una ética de la responsabilidad, consciente de las consecuencias reales de sus actos. Sin embargo, esa responsabilidad parece haber sido sustituida por una lógica puramente instrumental, en la que el poder deja de ser un medio al servicio de la sociedad para convertirse en un fin en sí mismo. Es ahí donde la frase de Groucho Marx cobra todo su sentido: mantenerse en el poder se impone como objetivo supremo, incluso a costa de la verdad y del bien común.

De este modo, la política adopta la forma de un proceso circular y perverso: se fabrican o magnifican problemas, se interpretan de manera interesada y se aplican soluciones erróneas que, lejos de resolverlos, los agravan. Este fracaso sistemático no es accidental, sino recurrente. Como señalaba Ortega y Gasset, cuando la política se separa de la realidad vital de la sociedad, degenera en una sucesión de gestos vacíos y decisiones ineficaces. El resultado es una espiral de desconfianza ciudadana que consolida la percepción de que la política no solo es incapaz de mejorar la vida colectiva, sino que contribuye activamente a su deterioro.

Esta realidad resulta aún más alarmante si se contrasta con el ideal clásico de la política. Desde Aristóteles, se concibe como la actividad orientada al bien común, como el espacio racional en el que los ciudadanos deliberan para organizar la vida colectiva de la manera más justa posible. En este marco, la política debería ser un arte noble: el arte de gobernar con prudencia, justicia y responsabilidad. Sin embargo, la distancia entre ese ideal y la práctica contemporánea es abismal. Gobierne quien gobierne, el desencanto se impone, y la política deja de percibirse como una herramienta de solución para convertirse en una fuente constante de frustración.

La dinámica dominante consiste en magnificar diferencias, construir enemigos simbólicos y fomentar una polarización artificial con fines estrictamente electorales. Arendt advirtió que la manipulación del lenguaje y de los hechos es una de las formas más eficaces de vaciar la política de contenido. El problema no es la existencia de conflictos reales —inevitables en toda sociedad plural—, sino su explotación sistemática. Se incentiva el enfrentamiento porque moviliza emociones, fideliza votantes y desvía la atención de cuestiones estructurales que requieren soluciones complejas, responsables y, sobre todo, menos rentables desde el punto de vista electoral.

En política, diagnosticar implica identificar con rigor las causas profundas de los problemas sociales, económicos y culturales. Sin embargo, el diagnóstico suele ser superficial, interesado o directamente falso. Weber insistía en que gobernar exige asumir decisiones difíciles y renunciar a la comodidad moral de las consignas. No se diagnostica mal porque falte información, sino porque reconocer la verdad exigiría asumir responsabilidades y pagar costes políticos. La falsedad, en este contexto, no es una carencia, sino una estrategia.

Sería injusto negar que existen experiencias históricas y contemporáneas en las que la política ha sido una herramienta eficaz de transformación social. Reconocer el deterioro actual no implica negar la posibilidad de una política mejor, sino precisamente exigirla. Como recordaba Ortega, una sociedad que renuncia a exigir altura intelectual y moral a sus dirigentes termina aceptando la mediocridad como norma.

La política puede ser el arte del error, pero también puede —y debe— ser el arte de la corrección. Reconocer los problemas reales, diagnosticarlos con honestidad y aplicar soluciones adecuadas exige conocimiento, ética y voluntad. Esto implica elegir mejor a nuestros representantes, castigar a aquellas formaciones que traicionan sus promesas, toleran la corrupción o se alejan del bien común. Pero, sobre todo, exige una ciudadanía crítica y coherente, que no acepte acríticamente las decisiones del poder ni limite su indignación a las acciones del adversario político.

Mientras sigamos reduciendo la política a una confrontación tribal entre bandos irreconciliables, estaremos alimentando aquello que Weber temía: una política sin responsabilidad y sin convicción, y aquello que Arendt denunció con lucidez: la banalización del mal en la vida pública. La alternativa está en manos de los ciudadanos. Abrir los ojos, mirar la realidad sin filtros partidistas y abandonar la cómoda ceguera selectiva es un acto de responsabilidad democrática. Porque una sociedad que se conforma con estar tuerta, tarde o temprano, acaba perdiendo la vista por completo. Seamos diferentes a ellos para que ellos hagan lo que nosotros les pedimos.

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