EL VIRUS DE LA IA

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 Durante algún tiempo he estado tentado a escribir sobre este tema, pero la postergación motivada por la tentación de su uso, precisamente para confeccionar un texto a modo de ensayo, me ha llevado a sentir que estaría engañando al lector si me atribuyese la autoría de algo que, en esencia, no parte de mi reflexión personal, incluso si su uso  hubiese sido sólo como fuente o inspiración.

hombre inmortal
cora<ón artificial

Dicho lo anterior, no pretendo negar la utilidad de la IA, en unos sectores más que en otros, en concreto del chatGPT, sino que mi reflexión va dirigida a la  desidia que puede llegar a provocar su uso desmedido por la ausencia de motivación de ir más allá de lo que otros han pensado, porque no debemos olvidar que, en el campo de la investigación/especulación no sólo no aporta ideas ex novo, sino que, a veces, ni siquiera es certera, valga como ejemplo probado en el ámbito jurídico al que me dedico,  convirtiéndose en una simple recopilación de datos que se obtienen de la red, generando mediante un programa informático (chatbot) una conversación entre el humano y la máquina.

Por lo tanto, me surge la pregunta: ¿estamos realmente ante una inteligencia, o ante un método comparativo de reflexiones input-output, en nuestro diálogo con la máquina?.

Si tenemos en cuenta el concepto de inteligencia como la capacidad mental general que permite a un individuo razonar, planificar, resolver problemas, pensar de manera abstracta, comprender ideas complejas, aprender rápidamente y de la experiencia; considero que no se puede atribuir el adjetivo de inteligente a un constructo creado por el propio ser humano mediante el uso de algoritmos para una finalidad concreta que, en esencia, no es otra que facilitar el razonamiento mediante un método comparativo con ideas ajenas que, en absoluto supone per se un pensamiento abstracto o reflexión basado en la experiencia y conocimiento propios (de quien la utiliza).

De mismo modo, por carecer la IA de una cualidad fundamental que es la ausencia de emociones y sentimientos que, en realidad son  los motores que nos llevan a buscar más allá de la evidencia y no caer en el abandono del entusiasmo de nuestra acción humana, que es lo que nos lleva a explorar nuevas fronteras del conocimiento y continuar la lucha a pesar de nuestras equivocaciones mediante ese sistema de error/ensayo que nos hace aprender y definir nuestra personalidad; nos puede provocar caer en la postergación indefinida de lo que realmente para nosotros resulta importante, lo que lleva finalmente y de manera evidente a que ciertas oportunidades que nos ofrece el razonamiento humano pasen de largo mostrando una indiferencia general ante las circunstancias de la vida por la falta de compromiso y energía como fuerza motriz de la productividad y desarrollo tanto personal como social.

En definitiva, su utilidad no es otra que el análisis de datos, generación de predicciones y previsiones, categorización de objetos, procesamiento del lenguaje natural, ofrecimiento de recomendaciones, todo ello basado en  la recuperación de datos mediante el uso de redes neuronales artificiales dotadas de varias capas para procesar información, imitando la estructura y la función del cerebro humano, insustituible, al menos por el momento, a través del aprendizaje y la adaptación continuos pero, carente de un elemento fundamental que también debe incluirse en el atributo del concepto de inteligencia como es la autoconciencia, es decir que la IA tenga consciencia de sí misma, como capacidad de introspección, de reconocer tanto las fortalezas como las debilidades, y de entender cómo las propias acciones afectan a los demás, o lo que es lo mismo, poder ser consciente de sí misma, de sus propios pensamientos, sentimientos, emociones y comportamientos, que por carecer de ellos, como forma de interactuación con el entorno, conduce finalmente a la imposibilidad de tomar decisiones.

Por otra parte, depende de cómo se utilice la IA, puesto que su uso inadecuado y desmedido, sustituyendo finalmente nuestra capacidad de raciocinio, puede llevar a la desidia del ser humano como apatía al razonamiento, convirtiendo lo que en esencia constituye una herramienta útil, como fuente  de ideas procedentes del conocimiento ajeno, en un instrumento para rellenar una intelectualidad de la que se carece; con el riesgo final de caer en la perdida de interés debido al  uso de rutinas monótonas que superan nuestra capacidad personal de respuesta, cediendo a las de la máquina, bloqueando  nuevas formas de participar, crear y transformar la realidad, motor último que da sentido a nuestra existencia. He dicho yo y no la máquina.

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