EL VACIO EXISTENCIAL

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Existencialismo

No se si ustedes se dan cuenta que la humanidad, hombres y mujeres, solo saben hacer lo que les mandan, convirtiéndose en esclavos de forma tácita de lo que les rodea, y no me refiero solo al materialismo, que allá cada uno y cada una con lo que consume y de los bienes de los que se rodea, así como el uso que hacen de ellos, y de su posible dependencia. No, me estoy refiriendo a  algo superior, algo que envuelve a las personas en una mísera existencial que acaba de convertirse en su propio pozo.

Cada día, cuando suena el despertador entre las síes y media y siete de la mañana y apenas hemos despegado los párpados, en ese momento que la luz del día nos  hace daño porque nuestro cerebro todavía sigue coqueteando con Morfeo, empezamos a comportarnos como autómatas, con la misma rutina de todos los días.

Nos aseamos, vestimos y desayunamos de forma precipitada, sin otro pensamiento que el agobio de otro día de trabajo, apoderándose de nosotros un magma de sensaciones entre las que destaca una  fuerza que nos tira hacia abajo y que nos roba la energía, haciéndonos sentir más cansados que cuando nos acostamos; lo cual nos obliga a sobreponernos a la situación con un heroico ejercicio de responsabilidad en mor de nuestra propia subsistencia. Es entonces, cuando nos acordamos de aquel familiar, amigo o conocido que en apariencia parece llevar una vida mejor que la nuestra porque la suerte le ha sonreído, o quizá no, pero que  siempre se muestran satisfechos con lo que hacen o al menos dan esa apariencia.

El mismo ejercicio de heroísmo tenemos que hacer para sobrepasar el umbral de la puerta de nuestra oficina, fábrica o puñetero lugar donde dejamos más de la mitad de nuestras vidas, a veces rodeados de compañeros que solo lo son en el nombre, que hacen más difícil nuestro trabajo. Nos encontramos con el trepa-pelota insoportable, que hace suyos nuestros méritos, con el pesado que nos cuenta durante toda la mañana los chistes de un repertorio que nunca se acaba, con el plañidero que nos llora al hombro contándonos lo mal que le va la vida. Menos mal que siempre hay alguno o alguna que tira de nosotros como un buen compañero, o compañera dispuesto a ayudarnos o socorrernos cuando el trabajo no sale como esperamos,  sin pedírselo, y que siempre está ahí.

A media mañana, cuando hemos entrado en agujas, es decir, hemos empezado a empatizar -no siempre es así-, con nuestro trabajo, habiendo pasado al olvido el difícil trago del despertar, un pequeño refrigerio parece devolvernos las fuerzas que empiezan a flaquear de nuevo, algunas veces acompañado de algún compañero o compañera, empieza el momento  de despellejar a aquel que no está presente y que nos está jorobando la mañana. Aunque a veces, nos entregamos a una causa superior como es la de criticar al político de turno e intentar arreglar el mundo con una postura inflexible, con los mismos argumentos que siempre y no dispuestos a ceder ni un ápice frente a quienes piensan distinto, incluyendo al camarero que día tras día soporta nuestra petulancia pensando en el negocio. Eso sin contar el peor día de la semana, los lunes, donde este momento de aparente descanso se convierte en una batalla campal hablando de los partidos de fútbol del día anterior, en la cual sí participa el citado camarero, siendo la única intención de los presentes, incluidos aquellos que acabamos de ver por primera vez en la barra del bar, de fastidiar al contrario cuando nuestro equipo nos ha favorecido con su resultado.

Repuestas las fuerzas, racaneando, volvemos al trabajo y a la misma rutina, añadiendo en este caso un nuevo ingrediente que no estaba presente antes, o al menos no se había dejado ver el pelo hasta este momento, que es el jefe. Ese que siempre nos hecha la bronca, no porque hagamos mal nuestro trabajo, sino porque él es así, un insoportable autoritario y bocazas que nos hace suponer que quien manda en casa no es él, siendo esa, quizá, su frustración de tan histriónico comportamiento.

En momentos aislados, cuando aquel no esta presente, volvemos a sacar los mismos temas que durante el descanso, distracción que en cierto modo, hace más liviano el trabajo, hasta que el reloj de nuestro estómago nos dice que se va aproximando la hora de la comida, ansiando que el reloj vaya más deprisa para volver a nuestra casa a reponer fuerzas con la comida que hicimos la noche anterior y que compartiremos con nuestra familia, eso sí, habiendo recogido previamente a los niños en el cole, comprado el pan, y haber puesto la mesa.

Apenas hemos recogido la mesa y puesto el lavavajillas, buscamos nuestro sillón, el más cómodo de la casa, para cerrar ojos durante al menos media hora, con el objeto de reponer las pilas gastadas durante la mañana, prohibiendo que nadie nos moleste, pero que nadie cumple. De nuevo, la vuelta al trabajo con los misma rutina que durante la mañana, aunque en este turno quizá peor, pues llevamos la agenda llena de encargos para hacer a la salida del trabajo, entre los que se encuentra llevar a los niños a clases particulares de las asignaturas que no lleva bien en el cole, amen de otras actividades como el deporte, el conservatorio y no se cuantas actividades más, exigiéndoles ser los mejores porque queremos super-niños de los que presumir ante nuestros vecinos y amigos.

La vuetla al hogar, en la tarde-noche, apenas con fuerzas para preparar la cena y comida del día siguiente, es el único tiempo que compartimos con los nuestros. Intentamos que los niños terminen sus deberes, haciendo nosotros la mitad. Al final terminamos en el mismo sillón que al medio día para ver la tele después de un buen rato haciendo zapping, imponiendo a los demás lo que queremos ver y que no vemos, consecuencia de las cabezadas fruto del cansancio.

Después de llevar a los niños a su habitación, casi dormidos, compartimos con nuestra pareja el sofá, viendo las imágenes discurrir ante nosotros sin apenas enterarnos, hasta que  la extenuación nos lleva a la cama, donde después de un beso más o menos cariñoso, nos damos la vuelta cada uno para un lado diferente.

Esta es la rutina de nuestras vidas, apenas rota por los deseados fines de semana que, en algunos casos, el ocio se reduce a reponer  las fuerzas perdidas durante la semana para así poder afrontar la que viene. Solo las vacaciones, divididas en tres turnos por imposición del jefe, nos permite disfrutar un poco más de nuestro ocio; eso quienes puedan desconectar del trabajo.

Así que, llega un momento, cuando los niños se hacen mayores y empiezan a manejarse por si mismos, alumbrando en nuestro cabello las primeras canas, que nos planteamos a qué se ha reducido y sigue reduciéndose nuestra existencia.  Llega ese momento existencialista del nido vacío, en el que parece que nuestra vida no tiene sentido.

Preguntas como ¿qué hemos hecho mal?, ¿qué puede hacerme feliz?, ¿en qué tengo cambiar?, en el mejor de los casos y con la ayuda de un psicólogo hace que nos planteemos un cambio en nuestras vidas.  Otros y otras, ni siquiera se plantean nada, siguen viviendo sumidos en la misma rutina y en la misma inercia, siendo esclavos de una existencia que no les llena, hasta que un día, adiós, todo termina.

En definitiva, pasamos por nuestra propia vida de visita, dejando que los acontecimientos y que los demás, marquen nuestra vida, a veces mediante mensajes más o menos subliminales que nos imponen de forma marquetizada desde los medios de comunicación o mediante dogmas o falsas ideologías y religiones;  basando la felicidad en una soberbia espiritual o en tener más que los demás o llegar más alto, intentando alcanzar un mejor status a base de una competitividad férrea que no nos da tregua.

«… pasamos por nuestra propia vida de visita, dejando que los acontecimientos y que los demás, marquen nuestra vida, a veces mediante mensajes más menos subliminales que nos imponen de forma marquetizada»

Es cierto que vivimos en un mundo vertiginoso, pero está en nosotros levantar el pie del acelerador  y plantearnos que es lo que queremos hacer con nuestras vidas y cómo lo vamos a conseguir. También está en aceptarnos como somos y de saber recibir y superar los envites que nos da la vida, no dejándonos machacar por los errores cometidos, sino teniendo una visión más amplia de nuestra propia existencia que nos haga salir de nosotros mismos, de nuestro egocentrismo, y llenarnos de las cosas buenas que nos rodean y de las cuales no nos damos cuenta. Es importante que todos nos observemos desde fuera, con los pies puestos en la tierra pero también con la perspectiva suficiente de que no solo lo material da la felicidad. Únicamente, si logramos ver lo sublime de nuestra existencia como parte de un todo, no buscando solamente y de forma desesperada una sensación placentera y efímera que nos llene en determinados momentos, sino transformando nuestra existencia, viviendo con plenitud el presente, quedándonos solamente con lo aprendido del pasado y pensando en el futuro como fruto de un trabajo continuo que vaya moldeando la piedra en bruto que somos todos, hasta conseguir unas aristas lo más perfectas posibles que nos conviertan en el  sillar de una construcción más amplia que es la del mundo que nos rodea.

Solo así, conseguiremos un desarrollo integral de nuestra propia vida y existencia. Saliendo de nosotros y llenándonos de las cosas buenas de los demás, de todo cuanto nos rodea y se nos da sin pedirlo, de la vida, de una existencia superior. Solo así desde esta generosidad y fraternidad con el resto de la humanidad podemos ser mejores y más felices, no quedándonos en nuestra mísera y pequeña existencia, porque así solo seremos una piedra imperfecta más sin ningún destino, sin ninguna perspectiva, nada más que el de subsistir  y estar al arbitrio de una inercia que nos llevará al vacío existencial. En ti, en mi, está el lograrlo. Detente, detengámonos y empecemos el cambio antes de que sea tarde.

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