EL UTERINO CASO DE ALBERTO DOE

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«Fermina, la amable anciana que cada día me hacía la compra, falleció hace veinte días atropellada por un camión cargado de chatarra .

Al parecer, ella venía con prisa para ponerme los garbanzos en agua cruzando la calle por cualquier sitio, y no se percato de la llegada del camión que, sin apenas frenar, mandó a mi Fermina contra el escaparate de una Sex Shop, muriendo la pobre a los pocos minutos rodeada de consoladores y bragas comestibles.

Una pena, una terrible desgracia porque ahora ¿Qué hago? Padezco de agorafobia severa y no salgo de mi casa desde hace lo menos diez años. Fermina era la que se encargaba de toda la logística y de la relación con el mundo exterior. Decididamente estoy condenado; sin teléfono, sin Internet, sin pollas en vinagre…joder, que angustia, me estoy mareando.

La primera semana, fui víctima de un terrible ataque de gula y acabé con todas las existencias de conservas: Mejillones, berberechos, navajas, zamburiñas, se fueron todas a tomar por el culo. Todas acabaron en el retrete sin pena ni gloria; un genocidio de lamelibranqueos causado por un enfermo condenado a una muerte lenta por inanición.

Me pasé toda la tarde del lunes haciendo aviones de papel y tirándolos por la ventana del comedor que daba al paseo del General Repiso. En cada uno de ellos escribí el siguiente mensaje:

«Muy buenas tardes, o días, o noches, dependiendo de la hora en la que encuentren este desesperado mensaje. Mi nombre es Alberto y vivo en la sexta planta del número 46 de este paseo. Soy agorafóbico severo y necesito ayuda, pues no puedo salir de mi casa y mis reservas de alimentos está decreciendo muy rápidamente -no es hambre, es angustia-. No creo que pueda aguantar más de una semana. Por favor, les ruego su ayuda.» Aquella noche llovió torrencialmente; toda aeronáutica a tomar por culo, como las conservas…

Hoy es jueves. He dado boleto a toda la comida que tenía. Preparo una sopa con los geranios del balcón. Infumable. Me tumbo en la cama. Intento pensar, pero sólo consigo hacerme tres pajas. Guardo en un vaso mis fluidos corporales y los echo en la sopa de geranios. Tras un hervor, algo ha mejorado. Me tomo dos platos y tengo la sensación de que me he vuelto homosexual.

Domingo, día del señor. El hambre azota. Cojo un cuchillo   y me corto la oreja derecha. La cocino en su propia sangre, igual que la lamprea a la Bordelesa. Me sabe a gloria bendita. Cubro la herida con una gasa hasta que cesa la hemorragia; saldrá un buen caldo cociendo la gasa en caldo corto.

 Hoy se cumple un mes de la muerte de Fermina. Con la pierna derecha he tenido para casi seis días. Creo que he engordado. Soy un miserable; miserable, antropófago y marica. Decido suicidarme. Y para acabar con todo y dado mis estudios profesionales de electrónica,  huyo de la electrocución y me tumbo en el suelo esperando a que el tiempo me otorgue una muerte bien merecida;  por cagón, por cabrón. Cierro los ojos. Treinta y nueve minutos después abro los ojos. Vuelvo a tener hambre. Soy un mierda.»

© Carlos Muñoz

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