EL ÚLTIMO REFUGIO ANTES DEL MAR: DONDE EL HORIZONTE ECHA RAÍCES

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El viento soplaba con suavidad sobre la costa, acariciando las ramas de los árboles que parecían crecer directamente del agua. Sus raíces se hundían en la tierra fangosa, retorciéndose como si quisieran sujetar el mundo en su lugar. Las olas llegaban hasta ellos con la fuerza de una bestia domada, perdiendo su furia antes de alcanzar la orilla. Los habitantes del pueblo costero los veían todos los días, pero pocos les prestaban atención.

Estaban ahí desde siempre, como parte del paisaje, como el cielo o el mar.
Lo que nadie imaginaba era que esos árboles eran la última frontera entre ellos y el desastre.

Los manglares, con su apariencia humilde y enredada, son mucho más que árboles. Son ecosistemas vivos que se aferran a los litorales tropicales y subtropicales, extendiéndose por más de ciento veinte países, desde los deltas de los ríos en Asia hasta las costas de América Latina, África y Oceanía. Su hogar es un terreno inusual, donde el agua salada y la tierra firme se encuentran, creando un equilibrio frágil pero esencial. Ahí, entre sus raíces sumergidas, cientos de especies encuentran refugio: pequeños peces que aún no están listos para enfrentar el océano, cangrejos que se ocultan de los depredadores, ostras que se aferran a los troncos, camarones que buscan alimento. Más arriba, bandadas de aves migratorias descansan después de atravesar continentes. Incluso depredadores como los cocodrilos y los tigres de Bengala dependen de ellos, escondiéndose entre las sombras de sus ramas. No solo ofrecen un hogar, sino que sostienen la vida de comunidades enteras.

Pero su papel va mucho más allá de la fauna que los habita. Con cada tormenta que se acerca a la costa, los manglares se convierten en escudos silenciosos, absorbiendo la fuerza de los vientos y las marejadas.

Foto de Susana Sánchez Prieto

Sus raíces entrelazadas frenan el avance del agua, reduciendo la erosión y protegiendo las tierras costeras de ser devoradas por el mar. Sin ellos, el agua avanzaría sin freno, devorando las playas, las casas y los campos de cultivo. Son, además, aliados en la lucha contra el cambio climático: un solo bosque de manglares puede capturar hasta cinco veces más carbono que los bosques terrestres, almacenándolo en el suelo bajo sus raíces durante siglos. Lo que para muchos es solo una maraña de ramas y barro es, en realidad, un mecanismo natural capaz de contener la furia de la naturaleza.

A pesar de todo lo que ofrecen, los manglares están desapareciendo. Durante décadas, han sido talados para construir hoteles con vistas despejadas al mar, porque se prefieren playas abiertas a la sombra de sus ramas. Han sido arrasados para dar paso a granjas de camarón, cuyos estanques artificiales contaminan las aguas y agotan la tierra en pocos años. Han sido víctimas de la expansión urbana, de carreteras que los dividen, de industrias que vierten sus desechos en sus aguas. En los últimos cincuenta años, hemos perdido más de un tercio de estos bosques, una velocidad de destrucción mayor que la de los bosques tropicales.

Cada árbol que desaparece deja a su paso una costa más vulnerable, una comunidad más expuesta, un mar menos rico. Sin los manglares, las olas ganan terreno y las playas se erosionan hasta desaparecer. Las tormentas dejan de ser meros espectáculos naturales y se convierten en amenazas mortales. La pesca se reduce drásticamente y, con ella, los medios de vida de millones de personas. El equilibrio se rompe de formas que muchos solo notan cuando ya es demasiado tarde.
En algunos pueblos costeros, las consecuencias han sido devastadoras. Donde antes había playas firmes y estables, ahora hay agua cubriendo lo que una vez fueron casas y caminos. Donde antes las redes de pesca se llenaban con facilidad, ahora el mar se muestra cada vez más vacío. Sin los manglares para purificar el agua y mantener el ciclo de nutrientes, los peces han ido desapareciendo, y, con ellos, la seguridad alimentaria de muchas comunidades que dependen de la pesca para sobrevivir.

Sin embargo, hay quienes han comprendido su valor antes de perderlo por completo. En algunas regiones, la gente ha comenzado a plantar nuevos manglares, a proteger los que quedan, a reconocer que sin ellos, la vida en la costa está condenada. Países como Indonesia y Filipinas han impulsado proyectos de restauración que, poco a poco, están devolviendo el verde a sus litorales. Comunidades de pescadores han dejado de verlos como obstáculos, han aprendido a convivir con ellos, entendiendo que un árbol en el agua significa un hogar para los peces que luego alimentarán a sus familias.

Los esfuerzos han comenzado a dar frutos. En algunas zonas donde los manglares habían sido destruidos, su replantación ha devuelto la vida a los estuarios y las costas. El suelo se ha vuelto a asentar, las aguas han recuperado su claridad, y las especies que una vez huyeron están regresando. Pero el trabajo está lejos de terminar. La presión sobre estos bosques sigue siendo inmensa, sin un esfuerzo global para protegerlos, la tendencia de destrucción continuará.

El mar seguirá avanzando y las tormentas seguirán golpeando las costas. La pregunta no es si podemos evitarlo, sino si aún tendremos a los manglares para protegernos cuando llegue el momento. Cada raíz hundida en el fango es una barrera contra el desastre, cada hoja que se mece con el viento es una promesa de resiliencia. No son solo árboles, no son solo paisajes: son un valioso escudo, un gran refugio. El último antes del mar.

 

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Susana Sánchez Prieto
Nací en Salamanca, donde estudié Filología y Magisterio. Desde hace dos décadas Escocia es mi segundo hogar. Trabajando como profesora en estas Tierras Altas completé un posgrado en Autismo y Aprendizaje y me especialicé en Inclusión. Los medios audiovisuales son mi herramienta favorita desde siempre. Me apasiona crear recursos que apoyen el bienestar emocional y mental, promoviendo un mundo más inclusivo a través de la empatía y la conexión. Amante de la naturaleza y los animales, especialmente los perros, encuentro inspiración en mis largos paseos con mi pequeño Indy, con quien comparto conversaciones que escucha con atención (aunque es muy discreto y siempre se guarda su opinión).

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