EL TIEMPO MUERTO

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El estudioso del lenguaje, Anselmo Cicuéndez, aseguró el pasado miércoles que “… Mancillar un idioma es lo mismo que irse de lupanares y esperar a que sean las prostitutas las que paguen por los babosos servicios del cliente”; claro, que esto lo dijo en “petit comité”, borracho, harto de sí mismo y delante de tres amigos alquilados por horas.

A la mañana siguiente, Anselmo, aún desde la cama, contemplaba a través de la ventana, los primeros copos de nieve descender como paracaidistas sobre Madrid. Una resaca media-alta palpitaba sinfónicamente en su cabeza.

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Chocolate con tostadas de roscón horneado y un Ibuprofeno 600 de sobre, hicieron de él un hombre nuevo y con ciertas expectativas para el día que comenzaba. Un poco de onanismo y después rápidamente a la ducha, pues en media hora tenía una entrevista en el programa “El sí de las lenguas”, en Radio Nacional de España. Un espacio radiofónico escuchado, para qué engañarse, por cuatro gatos.

A las once menos cinco ya estaba Anselmo sentado en la butaca roja del salón, móvil en mano, esperando la llamada de la emisora que pondría su voz en las ondas. Tres minutos después sonó teléfono. Era el regidor del programa. Tras una serie de instrucciones, Anselmo quedó a la espera de la entrada que el responsable del espacio daría a su intervención. Y así fue :

“Tenemos al otro lado del hilo telefónico al profesor y catedrático de lingüística, don Anselmo Cicuéndez, que hoy nos hablará de toda la polémica que se ha suscitado en las últimas semanas acerca de la supresión de español como lengua vehicular en algunas Comunidades Autónomas y …”

Anselmo tomó aire:

“Buenos días. Mire usted…”

Diez minutos después Anselmo había dejado, aunque con otras palabras que, a su entender, mancillar un idioma era lo mismo que irse de lupanares y esperar a que fueran las prostitutas las que pagasen por los babosos servicios del cliente; claro, que esto lo dijo solo en el salón de su casa, sobrio, harto de sí mismo y delante del ignoto mundo de los hercios.

A las dos menos cuarto, Cicuéndez, ataviado con un mono de obra blanco y la última edición del diccionario María Moliner aferrada entre sus brazos, se precipitó voluntariamente al vacío a través de la ventana de la cocina; veintisiete metros de caída libre, uno por cada letra del alfabeto.

Y arriba, sobre el escritorio blanco del dormitorio, escritas con tinta azul, los lúcidos sueños del filósofo jardinero:

“I) El mundo como una totalidad de hechos en el espacio lógico
1 El mundo es todo lo que acontece.
1.1 El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.
1.11 El mundo está determinado por los hechos y por ser todos los hechos.
1.12 Ya que la totalidad de los hechos determina lo que acontece y también todo lo que no acontece.
1.13 Los hechos en el espacio lógico son el mundo.
1.2 El mundo se divide en hechos.
1.21 Cualquier hecho puede acontecer o no acontecer y todos los demás
siguen igual.”

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