EL SOLDADO ANÓNIMO

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Cap. 2           

En 1919, después de la Gran Guerra, de la caída del gobierno autocrático y corrupto del Kaiser Guillermo II, (exiliado a los Países Bajos), los alemanes acudieron en masa a votar en las urnas, deseaban ardientemente la Democracia. Eligieron la Asamblea Nacional, el primer Parlamento de la recién estrenada República de Weimar.

Adolf Hitler (izquierda)

En otoño del mismo año, en la cervecería Sternckerbrän Beer Hall de Múnich, un grupo de hombres debate acaloradamente sobre la situación política, les falta un líder que los dirija. No aceptan los cambios, atribuyen todos sus males a judíos, comunistas y bolcheviques. Precisamente, meses atrás, los líderes fundadores del Partido Comunista de Alemania (KPD), Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, han sido asesinados a tiros. Mientras hablan, un desconocido llamado Adolf Hitler los escucha con interés, es un exsoldado de la primera Guerra Mundial, un informante del ejército alemán. De pronto, se acerca al grupo, con quienes coincide plenamente en las ideas, y se impulsa en un potente discurso que les hace enmudecer.

Entre los parroquianos está un periodista y dramaturgo, ha escrito recientemente un poema donde expresa la necesidad de encontrar a un mesías – …un soldado anónimo, sin nombre, de mirada fiera que vendrá a salvar al pueblo alemán…-, como el preludio de lo que habría de llegar. Es uno de los ideólogos del movimiento nazi (Partido Obrero Alemán). Desde una concepción nacionalista y antisemita escribe artículos contra la recién constituida República de Weimar, en una publicación que él mismo ha fundado, se trata de Dietrich Eckart.

La inesperada y extravagante incursión del desconocido le deja perplejo y fascinado. ¡Allí estaba el anhelado “mesías”, aquel que llevaría los ideales arios a todo el país! Eckart no duda en tomar a Hitler bajo su manto protector y desde ese instante intentará “pulirlo”, lo hace miembro del movimiento nazi. En el grupo hay alguien más que también contribuirá a formar el círculo interno del futuro Führer; es un soldado disciplinado de familia pudiente llamado Rudolf Hess, quien hipnotizado por el ímpetu de la diatriba se convertirá en su más fiel admirador.

Rudolf Hess

Eckart, gran teórico y escritor, transforma a Hitler en un hombre trajeado; le afina los discursos que atraen a la gente, le hace partícipe de eventos, de recepciones selectas, y lo presenta a algunas élites, asegurándoles: – Este es el hombre que un día liderará Alemania y nos guiará-. El partido se rebautiza el 1 de abril de 1920, pasa a ser el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP). Eckart dirige la consigna: – ¡Alemania despierta! -. Será el himno del partido. También adoptan la cruz gamada (Svástica) como seña de identidad, uno de sus más preciados emblemas arios. En realidad, es un símbolo espiritual cuyo origen se remonta a la antigüedad, utilizado en diversos países por su significado benéfico. La Sociedad Thule (Grupo de Estudio de la Antigüedad Alemana) sostiene que su origen es ario.

Aun a pesar de la violencia y la división, empezaba a emerger el potencial de la República de Weimar. Mejoraba la economía, negociaban con los sindicatos salarios más elevados y menos horas; aumentaba el número de empleos para las mujeres, podían llevar el pelo corto y fumar, disfrutaban de libertad para hacer lo que quisieran. ¡La Democracia tenía muchas posibilidades!

El Partido gana fuerza

Los díscolos nazis, disconformes con los términos del Tratado de Versalles que había puesto fin a la primera Guerra Mundial (firmado el 28 de junio de 1919), y en cuyas negociaciones no habían participado los alemanes, prometen al pueblo recuperar todos los territorios usurpados y revertir las inviables compensaciones de guerra impuestas por los aliados; lo consideran una insoportable carga y una humillación sin parangón para el infinito orgullo germano.

Un oficial del ejército alemán, Ernst Röhm, va a ser un eslabón fundamental para el partido. Es un adicto a la violencia y el miedo, justifica su utilización como arma de persuasión con el fin de alcanzar los objetivos. Lleva a cabo un mandato del ejército en secreto, crea grupos paramilitares y practica el contrabando para reunir armas. Se comporta como el matón que es, con tendencia al autoritarismo que le otorga el poder, alardea de las cicatrices de guerra en su rostro y vive sin cautela su homosexualidad. Se une a los nazis y da a conocer a Hitler a algunos de sus superiores.

Eckart y Röhm, difunden sus mensajes en la calle utilizando el diario semanal que han comprado con un fondo recaudado, el Volkischer Beobachter. Sus publicaciones llevan enormes titulares y un contenido grandilocuente. Eckart, no escatima en alabanzas hacia el portavoz del partido, es decir, de Hitler. Le dota de poderes extraordinarios, exalta la imaginación de sus lectores al acompañar el texto con seductoras imágenes, habla de un: – “…teutón ario mitológico…”-, está entusiasmado por ser el mentor del: – “…nuevo mesías de Alemania…”-. El propio Hitler se veía ya a sí mismo como el salvador de facultades casi divinas que rescataría a la nación germana.

pixabay.com

Los nazis eran racistas y extremistas, antisemitas y antidemócratas. Y paradójicamente la incipiente Democracia les permitía expresar sus ideas abiertamente. Hitler, pronunciaba soflamas que destilaban un profundo odio y agitaba su semilla entre la población, pretendía inculcarles la idea de que eran víctimas de: – “…los parásitos judíos…”-. En privado manifestaba una extrema radicalidad, garantizaba con crueldad: “Cuando estemos en el poder juntaremos a todos los judíos de Munich y colgaremos a un grupo de la horca en Marienplatz (la plaza principal de Munich), y los dejaremos allí colgados hasta que apesten. Luego cortaremos las sogas y colgaremos al siguiente grupo de judíos, y haremos lo mismo en cada plaza de Alemania, hasta que no quede ni un solo judío”. (En aquellas fechas los judíos constituían el 1% de la población).

De soldado anónimo a líder del partido nazi

En junio de 1921, una crisis interna convulsiona al partido nazi. Anton Drexler, el líder oficial, ha iniciado negociaciones de alianza con otros partidos. Eckart lo comenta a Hitler y éste monta en cólera. Presenta su dimisión, aunque es un movimiento impostado, pero inteligente; el exsoldado quiere más poder y exige ser el nuevo líder con poderes dictatoriales, si pretenden que vuelva. Llevan a cabo una votación en la que gana por mayoría aplastante, echan a Drexler y Hitler consigue su propósito, el control absoluto del partido nazi. A Eckart pronto le pesará.

En el otoño, Röhm, ya ha conseguido crear la Sección de Asalto (SA). Actúan con una agresividad descomunal contra los agitadores de las reuniones y emplean la intimidación para amedrentar a los adversarios políticos, aunque carecen de directrices. Röhm continúa siendo oficial del ejército y no puede atender los dos frentes a la vez. Entonces aparece el hombre perfecto para el puesto, un as de la aviación, un héroe condecorado al que la gente venera, Hermann Göring; había luchado en la misma unidad de cazas de combate que fue liderada por el comandante Manfred Albrecht von Richthofen, apodado “El Barón Rojo”, el as de ases de la primera Guerra Mundial.

Göring buscaba poder y reconocimiento, lo demás le era indiferente. Al escuchar a Hitler se dio cuenta de que no compartía el extremismo del que hacía gala, pero prefirió acallar sus escrúpulos morales con tal de dar satisfacción a sus íntimas ambiciones. Con demostrada capacidad para la política y la organización consiguió hacer de las tropas de asalto una fuerza temible. Posteriormente, Hitler diría de él: – Le di una muchedumbre desarrapada y en muy poco tiempo organizó una división de 11.000 hombres -.

Mientras Hess, Röhm y Göring afianzan sus puestos, Eckart es postergado; se vuelve taciturno y abusa de la bebida, le corroen las dudas sobre la capacidad de su discípulo, quien parece hastiado de su mentor. En una disputa Eckart reprocha a Hitler las ínfulas mesiánicas que exhibe, llegaba a comparar el movimiento nazi con el Ministerio de Jesucristo, y éste, a su vez, le tilda de engreído e inactivo. Por otro lado, la jerarquía del ejército exhorta a Röhm a apartarse de los nazis o abandonar el ejército. De momento lo ignora y recluta a un nuevo miembro; es el joven acomplejado, con inquietudes militares y obsesionado con el ocultismo, Heinrich Himmler.

Erich Ludendorff

Meses antes, unos acontecimientos relevantes agitaron el panorama político. El ministro de Exteriores, Walther Rathenau, fue abatido a tiros por miembros de extrema derecha, después de firmar el Tratado de Rapallo. La información del asesinato se manipuló con mentiras burdas e indignas. El general Erich Ludendorff culpó sin pudor a los comunistas. De manera consecutiva el país enfrentó una crisis financiera colosal. Se produjo una hiper inflación que arruinó y empobreció a las clases medias. Y para hacer frente al desastre económico el Gobierno de Weimar, cuyo presidente era Friedrich Ebert (1919-1925), decidió no satisfacer las multas de guerra. En respuesta al agravio, tropas francesas y belgas, invadieron la cuenca minera del Ruhr, en Renania, el motor industrial del país. ¡No podía existir una decisión más nefasta que la de invadir al pueblo alemán en semejante situación!

Los sucesos sirvieron de acicate para el círculo más radical de Hitler. Era la oportunidad que esperaban, ansiosos por demostrar al mundo la gran superioridad germana. Derrocarían el Gobierno de Baviera y luego marcharían hasta Berlín para hacerse con el Gobierno Nacional. Pretendían emular a los fascistas italianos; recientemente, 30.000 hombres, llamados los “camisas negras”, habían marchado sobre Roma y se habían hecho con el poder, liderados por Benito Mussolini. Los nazis veían en Hitler al “Mussolini bávaro”, pero apenas se le conocía fuera de Baviera. Necesitaban con urgencia un dirigente temporal, ilustre y respetado en el país. Lo encontraron en la figura del general prusiano de la derecha, Erich Ludendorff.

 

Próximo capítulo

Darían el golpe, después lo explicarían a la ciudadanía, pero ¿cómo hacerlo? Fue entonces cuando les llegó una noticia urgente. ¡Y debían actuar rápido!

 

 

 

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