Mientras tomo el segundo café, el de las seis de la mañana, me entretengo viendo a una bolsa vacía jugar con las hojas, las persigue y ellas vuelan, así se tiran al menos diez minutos, y aunque sé que en realidad es el resultado de un acto de poco civismo, tirar la basura en la calle, me parece muy entretenido verlo; es como leer poesía en las paredes del váter de un tugurio a las tantas. Algo que no debería estar, pero está; el realismo sucio de la calle.

No pasa ni un alma, ni un coche que dé el disparo de salida a la mañana, solo el mismo ciclista que cruza la noche vacía como mi esperanza, y un día más me pregunto: ¿dónde irá?
Cada madrugada le invento una historia, a veces es un amante que regresa a casa; allí le estará esperando una mujer agarrada a la esquina de la cama para no juntarse con él en el centro, donde no queda ni un resto de coincidencia. Él se habrá inventado un turno de noche y ella se hará la dormida tras haberse aprendido su cuadrante de memoria de tanto repasarlo, buscando la nocturnidad de sus labores. Los niños, chico y chica, estarán durmiendo en la misma habitación, no hay otra para poder separarlos. Él se meterá en la ducha antes de acostarse para no dejar rastro de mala conciencia en las sábanas y así, sujetará el esquinazo contrario como un rato antes el manillar.
Hace una semana, el mismo siendo otro, salió a las cinco de la mañana a trabajar, cogió la bicicleta de la entrada del tercer piso sin ascensor donde vive con su madre. Bajó con ella cargada al hombro, ese es el peso que le libera. Le gusta montar de madrugada, sobre todo los días de frío, no los de lluvia ni viento; así siente cuando abre el portal que los problemas se le congelan y le caen en copos de nieve sobre los hombros, se sacude en el felpudo y los deja ahí, para recogerlos a la vuelta.
Mariano, que así se llama el hombre que vive con su madre, es el menor de tres hermanos, dos chicas bastante mayores que él que se fueron a vivir a un barrio de las afueras, cuando él apenas alcanzaba la encimera de la cocina. Se lleva diecisiete años con la pequeña y veinte con la mayor, cómo llegó, nadie lo sabe, a las cosas que ocurren a destiempo no se les da mucha importancia.
Cuando ya está agotado de pedalear vuelve a casa para ayudar a la muchacha que la cuida cuando él no está, la levanta de la cama y escucha cómo le pregunta quién es o cómo se llama una vez más, mientras ve como se desvanece en la tela de araña de esos ojos que miran, pero no saben qué ven.
Mi amigo sobre ruedas no siempre tiene vidas complicadas, el día que me despierto serena le concedo el don de la calma y la tranquilidad, entonces es un deportista de vida sana que le gusta hacer ejercicio antes de desayunar y llegar a casa para despertar a sus hijos. Les ayuda a vestirse y a prepararse antes de llevarlos al colegio, así su mujer, siempre impecable, dulce y cariñosa, no tiene que salir tan temprano de casa, ni siquiera madrugar. Se reparten las tareas, todo entre las paredes de esa casa rezuma equilibrio. Las cortinas a juego con el sofá, las lámparas de diseño, hasta las estancias forman un cuadrilátero perfecto.
Ella se asoma a la ventana cada día para verlos marchar, les tira un beso que les llueve encima cuando salen a la calle.
La bolsa cruza la carretera cuando ve pasar a mi amigo desconocido y vuela tras él, aburrida de las hojas que han decidido dormir calentándose entre ellas sobre la acera, en pequeños montones. El viento se sofoca antes de darle alcance, frenándola justo debajo de las ruedas de un coche blanco, el primero de la mañana, al que le pido cada día que cumpla mis sueños desde el balcón.
Digo adiós con la mano lánguida al cadáver de plástico que queda en el asfalto y al vehículo que ha convertido mi petición de deseos en un responso.
PARA ADQUIRIR LIBROS DE LA AUTORA HAZ CLIC AQUÍ
SUSCRÍBETE GRATIS





