EL PUÑAL INOCENTE O LA CULPA HEREDADA

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Foto de Anis Rahman en Unsplash

CAPÍTULO I

Me llamo Pedro y recuerdo el día en que nací. Me esperaban a medias; no se habían hecho a la idea. ¿Otra vez? ¿otro niño? ¿Y si se descarría ahora, o más adelante?, ¿y si vuelve al útero y se adormece en un limbo en noches inacabables?

Pasados los años rememoran ahora cómo fue, cómo dormía sin solución. Me llevó tiempo despertar a la vida, tanta mi nostalgia de lo conocido; y así fue cómo se me fueron abriendo los ojos en sorpresa hasta que ya no los pude volver a cerrar, bien cerrados, almendrados, rasgados como cuando bebé.

Ahora, abiertos de par en par, mis ojos se sumergen en la piel del hotel propiedad de mi familia y se aplican al papel sobre la mesa larga junto con otros escritores. Parece que allí nada va a pasar, pues la calefacción templa y adormece los ánimos. No pasa nada, a no ser por los garabatos y tecleos de los escritores fundidos con el entorno.

Suenan voces extranjeras fuera, en la terraza, mientras ellos, nosotros, los escritores, dispersan gestos conocidos. El lugar es nuevo para ellos y emana ruidos, respira jadeos, bloqueos… y pareciera que allí no fuera a pasar nada de nada.

Como las palabras no me fluyen, se me ocurre abrir un cajoncillo oculto bajo la mesa larga: un puñal. El puñal en el cajón.

Aquel día no dije nada, pero andando el tiempo lo saqué a colación en la sobremesa con mis hermanos Judas y Andrés. Por lo visto, aquel puñal era de la familia …, y fue el arma del crimen. Alguien lo ocultó allí para librarse de toda sospecha. Y no porque Pedro hubiera querido matar a su hermano Judas, no. Nunca quiso hacerlo. Y siempre dudó de su imaginación. El puñal era solo un puñal sin dueño…

CAPÍTULO II

Tantas veces había soñado empuñarlo y rasgar el aire como un mercenario. Eso sí era verdad: recordaba haber rasgado las páginas de un libro y después una carta de amor, y el vestido de la abuela. Recordaba haberlo blandido y haber zanjado el jamón con el fino filo, para llenarse la boca de vida. Pero no recordaba haberlo matado a él. No, eso nunca.

Aquella noche soñó que lo apresaban. Al día siguiente soñó que lo juzgaban, a él, Pedro, mientras Judas aparecía muerto bajo su cama. Y al otro día soñó que lo colgaban como un ladrón traidor o un asesino, mientras enterraban a Judas bajo tierra, para que nadie supiera lo que había sucedido, ni él mismo.

Y siguió soñando día tras día, durante tres días, que Judas lo asediaba bajo la cama, sintiendo que él era el culpable de algo indefinido. De día, sin ser visto, visitaba el puñal en el cajón. Allí lo esperaba.

 CAPÍTULO III

Ahora, que han pasado los años, lo escribo inocente…, han pasado los años, los lustros, las décadas. Inocentes.

Ha llovido tanto, que no merece la pena que desentrañe el misterio de la culpa heredada: el puñal en el cajón del hotel.

Los escritores se afanan, sintiéndose culpables de tanta inocencia.

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