EL PRECIO LO PAGAN OTROS

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Una cosa es hablar mucho, y otra bien distinta es hablar claro, porque, en esto de hablar, lo importante es decir algo, que las palabras contengan algún mensaje. Ya, que lo que se dice sea verdad, en el mundo actual de la política, es una pretensión inalcanzable.

 

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Y si en el mundo de la política el mensaje es inexistente, o resulta ininteligile, no sé si por contagio, por fidelidad del mensajero, o por falta de criterio, en el mundo de la información acaba pasando tres cuartos de lo mismo. Acabamos leyendo, escuchando en radio y televisión, trasladado por los mismos protagonistas, o reproducido por periodistas y locutores, el galimatías engañabobos en el que se han convertido los discursos políticos. O se reproducen ad nauseam las respuestas que, en lenguaje críptico, en clave de discurso vacío, nuestros pretendidos representantes largan a un entrevistador con la evidente intención de decir mucho sin haber dicho absolutamente nada.

 

Y eso pasa, actualmente, con el precio de la electricidad. Nadie explica, y si lo hace apenas es escuchado, que ese precio es consecuencia de un modelo elegido, de un modelo implantado, desde los estamentos políticos, sin importar las consecuencias que esta decisión pudiera acarrear. Un modelo consistente en desmontar todo el sistema energético existente sin otra alternativa, a corto plazo, que depender del suministro exterior. Y este modelo nos lleva al disparate económico en el que nos encontramos en la actualidad.

Todos los países de la UE apostaron en su momento por una transición hacia energías renovables, limpias, que garantizaran un futuro más sostenible, eliminando la dependencia de las fuentes de energía más contaminantes y, o, perecederas. El carbón y la energía nuclear principalmente. Pero no todos diseñaron su estrategia de la misma forma, no todos buscaron los mismos tiempos ni objetivos. No todos disfrutan del mismo nivel económico, que también es importante a la hora de plantear estrategias. En España, que somos los más papistas del mundo mundial, y parece ser que los más ricos del lugar, decidimos apostar por un futuro a largo plazo, sin presente, sin pasado y sin futuro a corto y medio plazos. Y lo hemos conseguido. Al fin y al cabo el presente, y los presentes sucesivos que sean menester, se pueden comprar a otros.

Y en esta disparatada historia, en este rush final de consecuencias evidentes, tan evidentes que las estamos pagando sin remedio ni posible solución, hay tantos culpables como actores políticos. Lo único que no hay, ninguno, es inocentes.

La derecha porque en un furor liberal, perfectamente interesado para beneficio de grandes empresas y orgía económica, privatizaron todas las empresas energéticas, incluso las estratégicas, a cambio de beneficios inmediatos que ahora pagamos todos, día a día, en nuestros recibos. La derecha, cuando hablamos de dinero, siempre gana, al menos los grandes empresarios.

La izquierda, porque en una orgía de pureza ideológica, ecológica, optó por desmontar todas nuestras fuentes de energía tradicionales, centrales atómicas, hidroeléctricas, sin preocuparse de cuanto se tardaría en poner en marcha la suficiente generación para autoabastecerse, con las nuevas fuentes de energías. Ni siquiera si ese autoabastecimiento era viable y en qué plazo. Además, y tampoco lo echemos en el olvido, se borraba cualquier dependencia con un sistema que pasó a ser considerado franquista, como si el agua y los pantanos pudieran rememorar el NODO. Y la izquierda, cuando hablamos de dinero, casi siempre logra que pierdan los ciudadanos.

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Y aquí estamos, comprando energía a los franceses, que se condenarán al fuego eterno por mantener sus centrales atómicas, que conculcan el liberalismo al mantener empresas de capital público, pero que pagan una quinta parte de lo que nosotros pagamos por su energía y además ganan dinero vendiéndole lo que les sobra a los “sobraos” incapaces de pensar en términos prácticos, solidarios.

Y es que en España los políticos, los mediocres, los interesados, los visionarios, los nuestros, antes de pensar en aquellos a los que representan, piensan en sus propios intereses y consiguen que siempre, siempre, siempre, siempre, el precio lo paguen otros, nosotros. Al fin y al cabo, y como bien aclaró cierta ministra, el dinero no es de nadie. Bueno, o es suyo para lo que les conviene.

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