
La existencia humana siempre ha ido ligada a la trascendencia, debido a que no nos conformamos con nuestro existencia terrenal, necesitamos ir más allá del límite humano o de conectar con lo divino, siendo ésta la esencia de casi todos los ritos paganos antiguos, aunque expresada de maneras muy distintas según la cultura, si bien en todos se caracterizan por un patrón universal que se concreta en las siguientes estancias evolutivas que supone el inicio y el recorrido de un camino de transformación interior regido por la voluntad de cambio, como deseo humano de ir más allá de lo puramente material, cuales son:
- Separación: el iniciado se aparta del mundo cotidiano mediante purificaciones, ayunos o aislamiento.
- Muerte simbólica: atraviesa la oscuridad, el silencio o el inframundo, enfrentando su propia sombra.
- Revelación o unión: experimenta una visión de lo divino, la verdad o el ser eterno.
- Renacimiento: regresa transformado, con una nueva conciencia.
Ese esquema, descrito por Mircea Eliade como la estructura del rito de paso, expresa el anhelo humano de volver al origen, de restablecer la unidad perdida entre el hombre, la naturaleza y lo divino.
El pensamiento humano comienza, quizá, con una pregunta acerca del inicio y el fin de nuestra existencia, llevándonos a la deducción que antes de la materia, hay orden; antes del cuerpo, hay pensamiento; antes del sonido articulado, hay una vibración de significado, por lo tanto, todo surge del Verbo, del pensamiento que dio lugar a la arquitectura del universo: Dios “dijo” y el mundo fue, de manera que la Palabra es creadora, el universo nace del acto de comunicar, de expresar.
La expresión “Lo primero fue el Verbo” que encontramos en el Evangelio de Juan 1:1, al indicar que: “En el principio era el Logos, y el Logos estaba con Dios, y el Logos era Dios.”, más allá de la concepción religiosa, puede vincularse a la razón universal, al principio ordenador del cosmos, siendo la inteligencia o conciencia que estructura el ser.

Antes de las formas visibles, antes del mundo ordenado, antes incluso de la conciencia que se sabe a sí misma, algo se pronunció. Un sonido primordial, una vibración primera que dio forma al caos y encendió la luz. De manera que, decir que “lo primero fue el Verbo”, implica que la palabra, la expresión, el pensamiento consciente son el origen de la realidad, de modo que:
- Lo que nombras, piensas o dices cobra existencia.
- La vibración del lenguaje crea el mundo que experimentas.
- En ese sentido, la palabra es poder creador — una chispa divina dentro del ser humano.
En resumen, “Lo primero fue el Verbo”, más allá de la concepción religiosa del inicio del todo, significa que la consciencia expresada —el lenguaje, el pensamiento, la intención— es la fuente de toda creación. Trascendemos cuando volvemos a esa raíz creadora dentro de nosotros, cuando comprendemos que nuestra palabra también es semilla del mundo.

En la vida cotidiana, esta fuerza creadora persiste de manera más discreta pero no menos real. Las palabras que decimos modelan la percepción, la memoria y el vínculo con los demás. Un elogio puede despertar la dignidad dormida; una ofensa puede destruir una vida. Los discursos colectivos —políticos, religiosos o mediáticos— moldean naciones y guerras. En ese sentido, la humanidad sigue creando mundos con su verbo. Cada palabra lanzada al aire participa de la sustancia del principio.
Hablar es, en cierto modo, participar del génesis. Por eso, cada palabra es ética: encierra una responsabilidad ontológica. Quién miente, desfigura el mundo; quien dice la verdad, lo restaura.
De ahí que, cuidar el lenguaje, sea cuidar el alma. Las palabras que elegimos para nombrar lo que sentimos determinan la calidad de nuestra vida interior. No es lo mismo decir “fracaso” que “aprendizaje”, ni “culpa” que “responsabilidad”. Cada palabra abre o cierra caminos en la mente. En cierto modo, nuestra trascendencia depende del vocabulario con que construimos nuestra visión del mundo.
Trascender, por lo tanto, es hablar desde el alma, pensar con lucidez, vivir en coherencia entre palabra, pensamiento y acción. En la medida en que logramos esa unidad, participamos de la divinidad del Verbo. El ser humano trasciende cuando su palabra no surge del miedo ni de la mentira, sino de la claridad interior.
Vivimos, sin embargo, en una época saturada de palabras. Las redes, los medios y los discursos incesantes han multiplicado la voz hasta volverla casi muda. En este contexto, recordar que “lo primero fue el Verbo”, es un acto de resistencia espiritual. Cada uno puede hacerlo a su manera: hablando con conciencia, escribiendo con verdad, escuchando con atención. En ese gesto humilde se esconde una forma de trascendencia contemporánea. Ser fiel al Verbo es resistir la dispersión del ruido, es volver al origen donde toda palabra era pura creación.

La palabra, despojada de silencio y de sentido, se convierte en simulacro: repite sin crear, informa sin transformar. Frente a esa inflación de lenguaje vacío, la tarea del espíritu es restaurar la dignidad del verbo, rescatarlo de la banalidad.






Qué buen artículo, Feliciano.