EL PIANO Y LA MÁQUINA DE ESCRIBIR

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Convivían en un mismo cuarto, en penumbra, con un abundante polvo que los vestía de un color blanquecino, y con las mismas  telarañas que colgaban del techo, mostraban su abandono y desuso, el de una hispano olivetti M-20 de los años 30 y un piano de pared, de madera carcomida, que apenas deja ver su nombre grabado en oro, Petrof, me parece leer.

La tapa de sus teclas abierta me permite acariciarlas, mientras mis dedos se sumergen en algunas de ellas, blancas y negras de forma aleatoria, despertando un sonido ronco, como un quejido por haberle sacado de su eterno sueño, prolongado durante unos largos segundos por el eco de la estancia.

El silenció volvió a inundar la sala, sólo interrumpido por los crujidos de mi peso sobre la tarima de su suelo, seca y levantada en algunos tramos, permite que mi imaginación empiece a vagar recreándome en el movimiento de las teclas del Petrof en un acompasado movimiento sin nadie que las tocase en una interpretación magistral de “tristesse” de Chopin.

Me sentí trasladado a mi adolescencia, donde mi querido amigo más que primo, era su intérprete en ese mismo piano, nuevo y reluciente, donde se reflejaba el resto del mobiliario, propio de un palacio, y la máquina de escribir, a su espalda, sobre un carro metálico  con pequeñas ruedas, pero sin el óxido que ahora la corroe, sola y triste. Con la misma música que ensalzó mi melancolía aún en mi cabeza, me dirigí hacia ella, mientras mis dedos, en este caso acostumbrado a las máquinas del siglo XXI escribía la palabra «olvido» en su carro desnudo, sin papel, que la hizo efímera como el tiempo que había transcurrido.

Un cajón apenas visible cuyo agarrador ya no existía, descubrí debajo de la máquina. Tuve que  forzarlo con mis llaves para acceder a su interior, donde albergaba un retrato con un fino marco de plata impregnado de ese mismo polvo de la estancia  que se había colado por sus rendijas. Lo cogí con delicadeza limpiándolo con la manga de mi chaqueta, para evitar cortarme con su cristal roto por la mitad, en diagonal, con el objeto de hacer visible  la foto que exhibía.

Mi sorpresa fue enorme, era la del poeta fusilado aquel 18 de agosto de 1936, en una cuneta cualquiera a las afueras de Granada,  por los fascistas que habían tomado la ciudad contra la república instituida democráticamente. Solo, sentado y escribiendo en esa misma máquina, desde entonces olvidada y triste, quizá por su desuso a causa de tan despreciable asesinato, quizá por observar como en el piano seguía trascendiendo la música compuesta con repetidos compases y melodías por quien allí habitó, o  interpretando partituras ajenas.

Ella quedó muda. Muda en el olvido, sin más poetas, sin la maestría de quienes hacen del lenguaje y la palabra un universo infinito, ni siquiera de un escribiente de oficina con pragmáticos y fríos escritos.

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